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Javier Muguerza: Sobre la guerra

 LA INDIGNACIÓN ANTE LA INJUSTICIA*




(Palabras de apertura del Foro de Debate: La filosofía frente a la guerra, celebrado el día 31 de marzo de 2003 en el Instituto de Filosofía del CSIC)


Javier Muguerza


"Buenos días a todos. El filósofo Inmanuel Kant escribió acerca de los movimientos revolucionarios de su tiempo -el caso, por ejemplo, de la Revolución Francesa de finales del siglo XVIII. Kant dijo de ellos que la ola de entusiasmo que habían despertado en todo el mundo revelaba "una profunda disposición moral del alma humana", movida por "un interés común a todos los seres de nuestra especie" y traducida en "la voluntad de luchar conjuntamente en defensa de los derechos de la humanidad". Si Kant hubiera podido presenciar el clamor mundial hoy desatado, en los comienzos del siglo XXI, contra la guerra de agresión preventiva que se desarrolla actualmente en Irak, Kant habría repetido punto por punto esas palabras, cambiando sólo su alusión al "entusiasmo" por otro sentimiento moral no menos extendido entre los seres humanos, pero acaso más profundo, como es la indignación. A diferencia del entusiasmo suscitado en tiempos de Kant por lo que sus contemporáneos interpretaban como "un paso adelante en la realización de la justicia", la "indignación" no se halla tanto promovida por el sentido de la justicia cuanto por el sentido de la injusticia; y se trata como decía, de un sentimiento más profundo porque -mientras que acerca de la "justicia" no es tan fácil que nos pongamos de acuerdo (los filósofos, desde luego, no lo han logrado pese a llevar discutiendo sobre ella desde Sócrates a nuestros días) y hasta se ha podido decir- que la justicia "no es cosa de este mundo", razón por la que nadie ha podido ver hasta hoy su rostro en plenitud -mientras que eso es lo que sucede con la justicia-, la injusticia es, en cambio, inmediatamente perceptible, sobre todo para quienes la padecen, y el espectáculo del sufrimiento de esas víctimas dispara de manera irresistible la solidaridad para con ellas... por lo menos entre quienes conserven todavía "un adarme de humanidad", cosa que al parecer no puede predicarse de todos los miembros de la especie humana, comenzando por aquellos políticos a los que la sabiduría popular acostumbra a describir como "aves de rapiña", "perros de presa" y otras variedades del reino animal caracterizadas por su afición a la depredación y la carnicería.


¿Y por qué traigo a colación a Kant en este acto? Pues porque Kant ha sido, de manera eminente, el filósofo de la paz, a la que dedicó un célebre opúsculo precisamente titulado "Hacia la paz perpetua". Como su título indica, "Hacia la paz perpetua" (y no, como se cita de ordinario, "La paz perpetua" sin más), Kant no creía que la paz perpetua estuviese al alcance de la mano, y hasta incluso desconfiaba de que fuera invariablemente una buena cosa. Por el contrario, "la paz perpetua" era -como nos cuenta Kant- el rótulo que figuraba en la fachada de una posada holandesa, acompañado significativamente de un grabado en el que el posadero había hecho dibujar ¡nada menos que un cementerio!, convirtiéndose de este modo en precursor de lo que deben entender por "paz", la paz de los camposantos, tanto Bush como Blair y, por lo visto, nuestro ínclito Presidente del Gobierno. El título de Kant, Hacia la paz perpetua, daba a entender en cambio que se trata de un proceso inacabado y hasta quien sabe si inacabable, como parecía serlo la "justicia" que decíamos antes que no era cosa de este mundo: la paz tampoco es cosa de este mundo sino lo que suele llamarse una utopía, algo que quiere decir en griego un "no- lugar" o, si se prefiere decir así, un "lugar" que -al igual que la línea del horizonte cuando avanzamos hacia él- se aleja de nosotros precisamente en la medida en que tratamos de alcanzarlo, de donde no se sigue, sin embargo, que haya por eso que dejar de perseguirlo. Y de ahí que, cuando le preguntaron a un poeta que para qué diablos servían las utopías, su respuesta no fuera sino la de que sirven para no estarnos quietos y continuar incesantemente luchando por aproximarnos a la meta que nos señalan.


 Pero Kant, que asimismo nos incitaba a no cejar en ese empeño utópico, nos prevenía contra la ilusión de haber alcanzado la meta de "una paz justa" demasiado pronto, cuando no al precio de desfigurar el objetivo final. Ese objetivo no era otro que el de lograr un mundo presidido por el imperio de la ley -si no, por excesivamente utópico, el de la ley moral, al menos sí el de la ley representada por el Derecho internacional-, y de ahí que recelara de que ese "Imperio de la Ley" pudiera verse suplantado por la Ley del Imperio; cosa que por su parte trató de conjurar recomendando la configuración de una confederación de pueblos libres o "Liga de Naciones" (un claro precedente de la actual Organización de las Naciones Unidas) como la fórmula más indicada para asegurar la paz del mundo frente a la hegemonía de alguna gran potencia convertida en un Super-Estado o un Estado imperial. Pero contra los pronósticos de Kant, y desde luego contra sus deseos, el mundo tiende hoy a configurarse imperialmente, con un imperialismo sin tapujos que no sólo no tiene inconveniente en servirse de las Naciones Unidas para maquillar si se tercia sus decisiones unilaterales, sino que tampoco vacila en hacer caso omiso de sus recomendaciones cuandoquiera que tales recomendaciones contrarias a sus intereses, como ha venido a ocurrir en definitiva con la catastrófica guerra que nos congrega a los presentes esta mañana.


Ante catástrofes de tamaña magnitud, la filosofía se halla con toda probabilidad condenada a la impotencia, y no es mucho, desde luego, lo que los filósofos podamos oponerles. El propio Kant no les oponía sino algo tan frágil, y a menudo tan "inaudible", como lo que llamaba la voz de la conciencia. E incluso con esta última hay que tener presente que se trata de un voz polifónica, y que ningún filósofo podría atreverse a monopolizarla, so pena de convertirse en émulo del Presidente Bush y de sus acólitos inglés y español cuando infatuadamente se arrogan la potestad de definir qué sean el Bien y el Mal con mayúsculas, acompañados de sus correspondientes ejes (o como hacía ese ex-colega nuestro partidario de la austera pedagogía según la cual "la letra con sangre entra" y que, en la prensa de días pasados, se sentía moralmente capaz de "justificar el recurso a medios tales como la matanza indiscriminada de niños, mujeres y ancianos siempre que la finalidad fuera instruir de una buena vez a los pueblos árabes sobre las ventajas de la democracia). Pero peor sería aún, si cabe, proclamar que esa voz de la conciencia se haya quedado afónica, como parecía desprenderse de las declaraciones de una prominente personalidad de nuestro entorno gubernamental cuando, ante las devastadoras consecuencias de los bombardeos reflejadas en la primera plana de los periódicos, declaraba desvergonzadamente que "no tenía problemas de conciencia". Y, dejando a un lado la denuncia de la desvergüenza, lo que los filósofos sí que tendrían que hacer es insistir en que la carencia de problemas de conciencia es el peor síntoma de inhumanidad que podría exhibir quienquiera que desee hacerse pasar por ser humano.


   Además de observaciones de esa índole, después de todo perfectamente inanes, lo cierto es, lo repito, que los filósofos no podemos hacer gran cosa. No podemos parar el curso de la historia ni reorientarlo en una dirección más bonancible o siquiera menos funesta. Pero lo que sí que podemos hacer, por modestamente que sea, es contribuir a que esa historia no transcurra sin protesta.


Y para eso nos hemos reunido aquí y ahora, en esta sesión que a continuación va a dar comienzo."


PD: Aquestes paraules segueixen sent tant actuals -atac d'Israel i els EEUU a Iran- com el 2003.


Karl Marx: Contra la pena de muerte (I)



 (Contra la pena de muerte)

(...). La historia y la estadística demuestran, además, de manera total, que desde Caín el mundo jamás ha sido corregido ni intimidado por el castigo (el subrayado es mío). No hay más que una teoría filosófica del castigo que presupone el reconocimiento abstracto de la dignidad humana; es la teoría anunciada por Kant y precisada por Hegel. (...) Hegel lo eleva [al criminal] al rango de un sujeto libre y autónomo; pero aquí como en otros sitios, es fácil ver que el idealismo alemán no hace más que revestir con un manto metafísico las leyes de la sociedad existente, y así las consagra. (...). En realidad, la pena de muerte es un medio por el cual la sociedad se defiende contra todo aquello que amenace sus condiciones de existencia. Que es por tanto miserable esta sociedad que no ha encontrado otro medio de defensa que el verdugo y que proclama su brutalidad como si fuera una ley eterna*.” (pág.431) (Marx, New York Daily Tribune, 17-18 de febrero de 1853)


*Karl Marx, Llamando a las puertas de la revolución. Antología. Edición de Constantino Bértolo, Penguin clásicos, Barcelona, 2017.


Criticas al utillitarismo

 Críticas al utilitarismo*


En 1884 el barco Mignonette sufrió un naufragio del cual salieron con vida cuatro marineros. Éstos estuvieron a merced de las aguas durante 14 días sin agua y una lata de comida. Al cabo de estos 14 días la situación era desesperada, el grumete Parker, yacía en la proa del bote salvavidas, más cerca de la muerte que de la vida. Unos días después los restantes tripulantes llegaron a plantearse la posibilidad de echar a suertes quien debía morir. Finalmente, los tres marinos más experimentados decidieron sacrificar a Parker para poder alimentarse y sobrevivir.



Jean Louis Théodore Géricault


Las cuestiones morales se plantean en estos dos términos:

1) La moralidad de un acto depende sólo de sus consecuencias; deberá hacerse aquello que produzca el mejor estado de cosas, una vez consideradas todos los factores;

2) No solo debemos preocuparnos, en lo que se refiere a la moral, por las consecuencias, hay deberes y derechos que debemos respetar por razones que van más allá de las consecuencias.

En conclusión, ¿se reduce la moral a contar vidas y echar el balance de costes y beneficios, o hay deberes morales y derechos humanos tan fundamentales que están por encima de tales cálculos? Y si hay derechos así de fundamentales –sean naturales, sagrados, inalienables o categóricos-, ¿cómo sabremos cuáles son y qué les hace ser fundamentales?


I.- El utilitarismo de J.Bentham (1748-1832)


Su idea principal consiste en el principio de la máxima felicidad para el mayor número de personas. Maximizar la felicidad que supone el saldo favorable entre el placer y el dolor. Según Bentham, debe hacerse aquello que maximice la utilidad. Ésta hay que entenderla como cualquier cosa que produjese placer o felicidad y cualquiera que evitase el dolor o sufrimiento.

Este principio tiene su razón de ser, según Bentham, en que el ser humano está gobernado por placer y el dolor. Además éstos determinan que debemos hacer; el patrón de lo que está bien y de lo que está mal.

La afirmación del utilitarismo se basa en la idea común de que a todos nos gusta el placer y huimos de dolor. Sobre esta base el utilitarismo funda su idea de la vida moral y política. El maximizar la utilidad es un principio que puede extenderse tanto a los individuos como a los legisladores.

II.- Objeciones al utilitarismo.

1.- Los derechos individuales.

 Se le critica al utilitarismo su falta de sensibilidad a los derechos individuales. Para los utilitaristas los individuos son importantes, pero sólo en el sentido de que las preferencias de cada uno deben contar junto con las demás. La lógica utilitarista supondría poder aceptar lo siguiente:

Echar cristianos a los leones.

¿Está justificada a tortura en alguna ocasión? Un terrorista coloca una bomba en la ciudad, ¿está justificado la tortura para descubrir dónde está?

La ciudad de la felicidad. Ursula K. Le Guin, “Los que andando se marchaban de Omelas” (Doce moradas del viento, Edhasa, Barcelona, 2004).


2.- Una unidad común de valor.

El utilitarismo quiere una ciencia de la moral fundada en una contabilidad moral en la que sea posible medir, agregar y calcular la felicidad. Evalúa las preferencias sin juzgarlas. ¿Por qué debería ser juzgada mis preferencias por la lucha libre americana en vez de asistir a un recital de poesía? ¿Cómo medir preferencias diferentes? El utilitarismo encuentra una regla para medirlas. Es la utilidad el canon para medirlas.

Los críticos al utilitarismo ponen en cuestión precisamente que sea ese el canon para medirlas.

El análisis coste y beneficio intenta aportar racionalidad y rigor cuando hay que tomar decisiones sociales complejas; para ello traduce todos los costes y beneficios a un valor monetario y entonces los compara.

Los beneficios del cáncer de pulmón.

La tabaquera Philip Morris –Checoslovaquia- encargó un análisis en el que se concluía que el Estado checo ingresaba más por el tabaco de lo que gastaba en salud. El Tesoro ganaba 147 millones de $ al año.

Los depósitos de gasolina explosiva.

Los fabricantes de coche preferían indemnizar a las posibles víctimas que cambiar el sistema que hacía vulnerable al coche. La indemnización era de unos 200000$ por la vida humana.

Todos los críticos del utilitarismo, afirman que no es posible medir y comparar todos los valores y bienes con una sola escala. Las legislaciones actuales, tienden a valorar la vida en términos monetarios, en función de una serie de parámetros.


III.- J.S. Mill (1086-1873)



Las objeciones contra el principio de Bentham de la “mayor felicidad” suponía dos presupuestos:

1) No da la importancia que se merece la “dignidad humana” y a los derechos individuales, y

2) Se equivoca a reducir cualquier aspecto que tenga importancia moral a una sola escala de placer y dolor. ¿Son convincentes?

J.S.Mill, creía que tenía replica a estos dos reproches, desde la óptica del utilitarismo.

1.- El argumento a favor de la libertad.

Mill intenta reconciliar los derechos individuales con la filosofía utilitarista. En su obra “Sobre la libertad” (1859) ofrece una defensa cerrada de la libertad individual. Su principio es que las personas deberían ser libres de hacer lo que quieran con tal de que no perjudiquen a otros. El Estado no debe interferir en la libertad individual para proteger a una persona de sí misma o para imponer la que la mayoría crea que es la mejor manera de vivir. Los únicos actos por los que una persona ha de rendir cuentas a la sociedad son los que afecten a otros.

Mill Afirma que “ (...) Considero que la utilidad es la instancia decisiva en todas las cuestiones éticas; pero ha de ser utilidad es el sentido más vasto, fundamentado en los intereses permanentes del hombre en cuanto ser capaz de progresar” (Sobre la libertad)

Mill piensa que la maximización de la utilidad debe verse a largo plazo. Pues, con el tiempo, respetar la libertad individual conducirá a la mayor felicidad humana. Permitir que la mayoría imponga sus ideas, es a largo plazo nefasto, pues haría que la sociedad fuese más infeliz a largo plazo. Piensa que la controversia entre diferentes maneras de concebir la felicidad, propiciara una discusión que puede disipar prejuicios arraigados en la sociedad y elevar el tono moral de la sociedad. Una sociedad donde no haya discusión, piensa Mill, acaba siendo una sociedad opresiva que mina cualquier atisbo de individualidad.

Mill intenta la defensa de la libertad individual en los límites del utilitarismo. Para Mill coartar la libertad individual es inaceptable porque le impide desarrollarse como persona. El ideal de autodesarrollo y autonomía de la persona supone, llegar a los límites que el utilitarismo clásico estaría dispuesto a aceptar. El conformismo social es el peor enemigo para ese autodesarrollo individual.

Mill se enfrentaba a la aparición del fenómenos de las masas y veía en ellas una “tiranía” que podía ser mayor que cualquier gobierno despótico. Ésta idea proviene de Alexis de Tocqueville. Mill piensa que el carácter es un elemento a tener en cuenta en la idea de autonomía. Una sociedad masificada, piensa, creará personas adocenadas, fácilmente manipulables e influenciables, creando así, a seres pasivos. Los actos y sus consecuencias siendo importantes no son lo único importante. Importa el carácter, porque determina en qué clase de hombre me convierto.

2.- Placeres más elevados.

La réplica de Mill a la segunda objeción contra el utilitarismo –que reduce todos los valores a una sola escala- también descansa en ideas morales independientes de la utilidad. En el utilitarismo (1861), intenta mostrar que los utilitaristas pueden distinguir los placeres más elevados de los que son menos.

En Bentham no hay distinción de valores superiores o inferiores, lo que hay es la intensidad y duración del placer o el dolor que produce. Es decir, sólo se tiene en cuenta lo cuantitativo. Para Bentham eso que llamamos virtudes nobles, son los que producen un placer más fuerte, más prolongado. La falta de distinción entre placeres superiores e inferiores tiene que ver con la idea que las preferencias pueden medirse con la misma escala de utilidad.

Mill quiere ir más lejos que Bentham al distinguir entre placeres superiores y placeres inferiores, es decir, es posible evaluarlos no solo por la cantidad sino por su cualidad.

Mill afirma las tesis del utilitarismo: “ (...) tota acció és bona en proporció a la seva tendencia a promoure la felicitat, i dolenta n proporció a la seva tendencia a produir el contari de la felicitat. Per felicitat s’enten plaer i absència de dolor; per infelicitat, dolor i privació de plaer”(El utilitarisme, cap.2,[8], pàg.56)

Esta promoción de fe de las tesis utilitaristas se matiza con la introducción de la siguiente idea: Existen placeres que son superiores a otros. ¿Cómo podemos determinarlo? Mill propone un criterio simple: “Si de dos plaers n’hi ha un que decididament tothom prefereix, o almenys tots els que els han experimentat, i axiò sense tenir en compte cap sentiment d’obligació moral a preferir-lo, aquest plaer és el més desitjable” (Idem, [11] pàg.58).

Este criterio supone introducir una idea aristocrática: no todos los juicios de valor valen lo mismo. Para determinar la bondad de un juicio valorativo deberemos atenernos a la calidad del juez en cuestión. Dónde calidad significa la introducción de un ideal humano de autodesarrollo e independencia de juicio. Además, este criterio de moralidad se asienta en nuestro auténticos deseos: “El únic indici que pot haver de que qualcom és desitjable és que realment sigui desitjat per la gent” (Idem.)

Este criterio de excelencia choca con la constatación que preferimos muchas veces placeres inferiores a superiores. ¿No estamos deseando salir volando de un concierto de música clásica –hemos asistido por compromiso-, y encender la televisión para presenciar nuestro culebrón favorito?

3.- Shakespeare contra Los Simpson.

Casi nadie quiere reconocer que les apetece más ver un capítulo de Los Simpson que en enfrascarse en la lectura de una obra de Shalespeare. Si se les pregunta si creen que Shakespeare es superior a Los Simpson todos contestaran que sí. ¿Por qué muchos prefieren ver a Los Simpson en vez de leer al inmortal escritor inglés? Para Mill la respuesta habría que buscarla en el autodesarrollo de la personalidad que choca con limitaciones en las esferas institucionales y de la propia sociedad que prefiere las simples de Homer a las desaguisados de Otelo. Para que pueda interesar más Otelo que Homer deberíamos elevar el nivel de la sociedad a través de aquellas personas que por sus cualidades excepcionales puedan elevar el “tono moral de la sociedad”. Es en este contexto donde se afirma: “És millor ser una persona insatisfeta que no un gorrí  satisfet; millor ser Sòcrates insatisfet que no un ximple satisfet. I si el ximple o el gorrí opinen de forma diferent, és perquè només coneixen el seu propi costat de la questió. L’altra part, en aquesta comparació, coniex tots dos costats” (El utilitarisme, cap.2, pàg.61)

Mill parece deslizarse hacia una visión de la condición humana más compleja que la simple visión de J.Bentham, el ideal humano parece que no puede ser encerrado en las consideración de placer y dolor; sino que dibujamos un ideal que nos hace querer acercarnos a él. Juzgamos que el Fedón, por ejemplo, es un gran obra de arte, no porque nos guste más que diversiones menores, sino porque activa nuestras facultades superiores y nos vuelve más planamente humanos.


*El presente texto sigue el desarrollo del capítulo 2, con algunos retoques, el texto de Michael J.Sandel, capítulo 2 de “Justicia. ¿Hacemos lo que debemos?”. Ed.Debate, 2011.

J.S.Mill, L’utilitarisme, estudi preliminar de Miquel Costa, ed.62.


David Hume (IV)

5. El escepticismo de Hume.


La filosofía nos exige rigor y el rigor nos lleva al escepticismo. La vida, por su parte, exige acción y en tal premura el escepticismo filosófico no es sino una entelequia. La vida, más fuerte, gana la partida a la filosofía, aunque la filosofía misma sea una parte de la vida.

   “La naturaleza me cura de toda melancolía y de todo delirio filosófico. Yo como, juego una partida de tablas reales, charlo y me divierto con mis amigos, y si, luego de tres o cuatro horas de distracción, me propongo volver a mis especulaciones, éstas me parecen tan frías, tan forzadas, tan ridículas que no tengo el valor de sumergirme de nuevo en ellas”.

Hume puede aparecer como un especulativo puro hasta el punto de que para él las exigencias de la filosofía son precisamente las inversas de las de la acción: en la acción sería inconveniente e imposible no fiarse de creencias tan naturales como la existencia del mundo exterior o la causalidad; la filosofía, por el contrario, debe buscar con empeño la justificación de dichas creencias.



Hume nos dice fundamentalmente que si no existen verdades absolutas lo que tenemos que decir es aventurar nuestras ideas con desconfianza y modestia. Cierto que hay principios más seguros que otros. Si la voz de la razón no nos sirve de guía en el mundo, la firme creencia de las pruebas y probabilidades basadas en la imaginación hace de la experiencia, engendrando el hábito o costumbre, bastan para establecer una vida humana (convivencia) razonable y duradera.

Precisamente de este empeño filosófico por justificar lo que según Hume no se puede, aparece en el escenario la figura de Immanuel Kant para enderezar, solventar y justificar lo que Hume había puesto en tela de juicio. Y el resultado será el idealismo trascendental. Éste dejará planteada en su famosa tercera antinomia – libertad y necesidad-, la cuestión fundamental de la que partirá el idealismo alemán (Fitche, Schelling y Hegel) y por extensión el pensamiento contemporáneo.

Javier Muguerza: Sobre la guerra

  LA INDIGNACIÓN ANTE LA INJUSTICIA* (Palabras de apertura del Foro de Debate: La filosofía frente a la guerra, celebrado el día 31 de marzo...