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Entrevista a Jürgen Habermas (1929-2026)

 Entrevista a Jürgen Habermas: la Modernitat, obsoleta?

Jürgen Habermas (1929-2026): el último filósofo de la modernidad

Entrevistas In Memoriam





Hoy publicamos la versión inédita de una de sus últimas grandes entrevistas —una defensa sin ilusiones de la Ilustración y de Europa—.


Daniel Steinmetz-Jenkins 14 de marzo de 2026, leGrandContinent

Esta entrevista es la versión íntegra de una entrevista publicada en The Nation el 7 de julio de 2025.


El título de su libro, Auch eine Geschichte der Philosophie (literalmente, «También una historia de la filosofía*»), despierta inmediatamente la curiosidad, sobre todo en cuanto a lo que puede significar ese «también». ¿Por qué eligió este título?

A primera vista, se trata simplemente de un gesto de modestia. Toda historia revela la perspectiva de su autor. ¡Necesito incluso la totalidad del primer volumen de la traducción inglesa en tres tomos para explicar mi perspectiva! Sin embargo, si se analiza más de cerca, mi enfoque de la historia de la filosofía occidental es totalmente distintivo —y quiero también llamar la atención sobre este punto—.


Quiero mostrar que «nuestra» comprensión moderna de la razón y la autonomía es el resultado de procesos de aprendizaje. Con este proyecto, me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.


¿Por qué?

Estamos asistiendo, y no sólo en Alemania, a una profusión de estudios, incluso entre mis colegas de las ciencias sociales, que dan por sentado el fin de la modernidad con cierta indiferencia —o incluso cierta dureza—.


Y, en efecto, existen numerosos indicios empíricos de que no sólo están amenazados los grandes logros políticos de la modernidad, sino también de que el estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza. Lo que más me llama la atención en estos rechazos, con un simple encogimiento de hombros, de toda una época, es la insensibilidad ante el hecho de que esta forma moderna de pensar se ha llevado a cabo de manera autocrítica desde el principio.


Un legado intelectual de este tipo, cuyo propio modo de transmisión implica una autotransformación, no puede ser indiferentemente dejado de lado, descartado y olvidado como un período pasado de la historia humana. Pero hoy resulta igualmente insuficiente limitarse a insistir una vez más en una tradición que en su día se afirmó contra todo lo que era pura tradición. Por eso emprendo la ambiciosa tarea de demostrar, a través de una filosofía de la historia, que nuestros conceptos autoritarios de razón y autonomía son el producto de largos procesos de aprendizaje. Si esto puede demostrarse, entonces estos conceptos poseen una resistencia muy diferente.


Lo que hemos adquirido mediante el aprendizaje sólo puede, en el mejor de los casos, ser superado por un aprendizaje posterior. Mientras no sea así, lo aprendido puede, como mucho, ser reprimido, pero no olvidado por completo. Al estar reprimido, no desaparece, sino que permanece activo como resistencia.


No es casualidad que mi libro concluya con capítulos dedicados a las condiciones de posibilidad de la investigación cooperativa y a las prácticas de la moralidad racional y la democracia constitucional. Dado que son el resultado de largos procesos de aprendizaje filosófico, tales logros pueden, en el peor de los casos, ser suprimidos, pero no sin dejar huellas en la historia a las que las generaciones futuras podrán volver.


Me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.

Jürgen Habermas


Usted adopta en la historia de la filosofía una posición más hegeliana de lo que sin duda había hecho nunca, al destacar una continuidad de preocupaciones desde los presocráticos hasta el siglo XIX. ¿Por qué este énfasis en la continuidad en lugar de en la ruptura —o al menos en la discontinuidad discursiva—?

Yo no veo las cosas así.


La impresión —que quizás tiene usted— de que mi exposición sigue la lógica interna de los problemas planteados de manera convencional se debe quizás al hecho de que me esfuerzo por sacar a la luz los procesos de aprendizaje. Ahora bien, a través de estos procesos de aprendizaje, la filosofía responde a los retos que se le plantean de manera más o menos contingente. Tal y como yo la concibo, la tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente el tipo de comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos a la que siempre nos enfrentamos en nuestro mundo vivido (Lebenswelt).


Esto es lo que significa la expectativa que se tiene de la filosofía: contribuir a «una mejor comprensión del mundo». La filosofía logra esto a la luz de los mejores conocimientos disponibles en la sociedad sobre el mundo. En su interpretación, se siente especialmente desafiada por los nuevos avances del conocimiento o por cambios históricos sorprendentes que devalúan o amplían la comprensión actual de uno mismo.


Entre los ejemplos contemporáneos se incluyen el papel de los descubrimientos biogenéticos en la medicina reproductiva, el papel de los procesos de inteligencia artificial en el mundo laboral o los cambios geopolíticos más profundos a raíz del declive de la superpotencia. El papel de la filosofía es ayudar a explicar lo que los descubrimientos revolucionarios o los cambios históricos significan en cada caso para nosotros como seres humanos, contemporáneos e individuos. En cualquier caso, la filosofía se distingue de la ciencia en sentido estricto por esta referencia reflexiva a la comprensión individual y colectiva de uno mismo y del mundo que se da en la sociedad. 


La filosofía es, sin duda, también una forma de pensamiento científico —y su modo de elaborar una comprensión de uno mismo iluminada por la ciencia requiere asimismo un enfoque científico para tratar los conocimientos científicos relevantes para el mundo vivido o para hacer frente a los cambios políticos invasivos—. Sin embargo, sería fácil confundir este papel particular de la filosofía con la ciencia en general, ya que la actividad científica se desarrolló en gran parte en el marco institucional de la filosofía hasta que surgió la ciencia natural moderna y adquirió su independencia.


Pero, en mi opinión, la filosofía se distingue como tal por su modo de elaborar una comprensión general de uno mismo en relación con todo lo que afecta al trasfondo de nuestro mundo vivido orientador.


En este sentido, la filosofía no es sólo una ciencia entre otras: articula nuestra comprensión de nosotros mismos respondiendo a los nuevos conocimientos y a las nuevas situaciones de la vida, en la medida en que estos perturban y amplían nuestra comprensión anterior del mundo y de nosotros mismos.


Así es como explico el inicio de la filosofía y, más ampliamente, la aparición de esas visiones del mundo axiales que caracterizo brevemente y comparo en el primer volumen de mi obra.


Estas visiones del mundo pueden vincularse al intento de explicar las disonancias cognitivas que debieron surgir cuando la comprensión mítica del mundo y el pensamiento mágico ya no podían explicar las sofisticadas observaciones cosmológicas, los experimentos médicos o las consideraciones matemáticas de las civilizaciones avanzadas de la Antigüedad. A lo largo de su historia, y sobre todo desde el advenimiento de la ciencia moderna, la filosofía ha respondido de manera similar al aumento de los conocimientos sobre los acontecimientos del mundo y, en un sentido más amplio, a los choques sufridos por nuestra comprensión de nosotros mismos.


La tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente la comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos.

Jürgen Habermas


Pero más allá de su función interpretativa, ¿no tiene la filosofía también verdaderos objetos científicos y no produce sus propios conocimientos?

Sí, en este sentido, el campo de investigación propio de la filosofía comprende naturalmente las condiciones de la percepción y de todo conocimiento posible en general, así como el análisis de las condiciones de la acción y de la comprensión lingüística.


Sin embargo, su verdadero tema es más general: una elucidación guiada metódicamente de la comprensión general del mundo y de nosotros mismos, en la que nosotros y nuestros contemporáneos debemos apoyarnos siempre para orientarnos en el mundo vivido. La filosofía estudia generalmente la socialización comunicativa de los sujetos capaces de actuar como condiciones de posibilidad de la comprensión de sí mismo y del mundo propio del mundo vivido. Pero una historia de la filosofía también debe abordar los cambios que su papel sufre dentro de su propia sociedad. Su función más manifiesta es aportar contribuciones críticas a la legitimación de la forma respectiva de poder político. En nuestras sociedades occidentales modernas, sigue siendo una voz influyente en los debates sobre cuestiones constitucionales fundamentales.


El libro vincula el poder de la razón moderna con el desarrollo de las primeras religiones y las visiones antiguas del mundo.

A primera vista, puede parecer sorprendente que haga del discurso sobre la fe y el saber el tema de una historia de la filosofía occidental. Pero hay varias razones para ello. Karl Jaspers me convenció en primer lugar cuando sostuvo que la filosofía occidental pertenece a las visiones del mundo que surgieron durante lo que él denomina la «edad axial» (Achsenzeit), es decir, hacia mediados del primer milenio antes de nuestra era, en el marco de las cinco o seis civilizaciones más avanzadas de la época.


Por eso, antes de presentar la historia de la filosofía en sentido estricto, propuse primero una breve comparación de los orígenes del judaísmo, el budismo, el confucianismo y el taoísmo, así como de la filosofía griega clásica hasta Platón. Por un lado, esto al menos pone en perspectiva la historia de la filosofía occidental. Porque, a pesar de los ambiciosos discursos interculturales suscitados por ocasiones particulares, seguimos careciendo de una comparación suficientemente sistemática de las trayectorias históricas de las grandes tradiciones mencionadas, que se extienden hasta los discursos políticos contemporáneos. Los intereses conflictivos y las amenazas potenciales son una cosa. Pero las justificaciones que se les aportan constituyen la única moneda con la que los problemas acuciantes que deben negociarse en una sociedad mundial económicamente integrada pueden resolverse de manera cooperativa.


En nuestro contexto, el examen de la era axial nos recuerda además que la filosofía occidental moderna también surge de la combinación de dos visiones del mundo axiales con estructuras muy opuestas. 


La combinación del platonismo y las enseñanzas del cristianismo primitivo, que tuvo lugar bajo el Imperio romano, influyó en la filosofía occidental durante mil quinientos años. Me interesan especialmente las consecuencias decisivas que tuvo el legado bíblico al determinar el curso del desarrollo. Por un lado, moldeó los supuestos ontológicos de la ciencia natural moderna a través del nominalismo; por otro, determinó la historia del derecho natural europeo a través de la recepción del derecho romano.


Hoy, considero especialmente importante recordar cómo el desarrollo hacia el derecho natural racional moderno, acelerado por las guerras de religión, ya condujo a la idea kantiana de una «condición general del derecho» (allgemeiner Rechtszustand) vinculante para todos los Estados. Según esta idea, un sistema de leyes universales y estrictamente vinculantes, válido a escala mundial, debería garantizar que los ciudadanos de todos los países disfruten, en principio, de los mismos derechos individuales. El concepto actual de derechos humanos refleja los principios de la teoría moral de Kant: la universalidad, el carácter individualista y la validez vinculante de las normas justificadas.


Sin embargo, el contexto histórico, político y social en el que esta idea abstracta puede hacerse realidad fue tomado en serio por primera vez por Hegel y los grandes pensadores que le sucedieron, aunque en un sentido profundamente crítico. Feuerbach, Marx, Kierkegaard y los pragmatistas estadounidenses fueron los primeros en comprometerse simultáneamente con Kant y Hegel y su legado religioso, preparando así el terreno para la filosofía contemporánea.


Nunca he creído en la idea ingenua del fin de la historia. 

Jürgen Habermas


¿Pero no surgieron enfoques filosóficos totalmente diferentes a raíz de Hume?


Por supuesto. Y por eso, por cierto, mi construcción de la historia de la filosofía se basa en el debate entre Kant y Hume. 


El resultado de este debate determina también la forma en que se entiende la tarea de la filosofía en general y el tipo de filosofía que se desea practicar.


¿Es la filosofía una ciencia particular —una de las muchas disciplinas que utiliza sus herramientas de análisis conceptual para estudiar su propio objeto claramente delimitado—?. ¿O bien, más que una ciencia en sentido estricto, no es su función esencialmente la de un intérprete que se esfuerza por elucidar metódicamente la comprensión de uno mismo y del mundo en un momento dado a la luz de lo que se conoce del mundo?


Con Hume y Kant, estas dos vías de la filosofía moderna no divergen, naturalmente, de forma tan clara como para que los pensadores puedan asignarse siempre fácilmente a una u otra —y ciertamente no tan claramente como para que ambas partes no aprendan constantemente unas de otras. No obstante, es posible distinguir una comprensión estrecha, científicamente limitada, de la pretensión interpretativa más amplia de un discurso de la modernidad. Este último sigue la línea trazada por el idealismo alemán. Independientemente de los intercambios entre estas dos corrientes, esta distinción puede hacerse sin juicio de valor. En su propio trabajo, sin embargo, se tiende a alinearse con uno u otro lado.


Su crítica de la «racionalidad científica», formulada a finales de la década de 1960, la presenta como una ideología que legitima las sociedades capitalistas al reducir la racionalidad a la resolución de problemas, la política a la administración y el cambio social a la eficacia. En su libro, el cientificismo funciona como una respuesta a la pérdida de la seguridad metafísica, comparable al literalismo de los cristianos fundamentalistas. Por otro lado, el falibilismo, como concepto claramente científico, define un núcleo esencial de su enfoque. ¿Cómo describiría su actitud hacia el conocimiento y la ciencia? ¿Ha cambiado esta actitud?


Nunca he criticado la racionalidad científica como tal. La filosofía también debe hacer uso de esta racionalidad. Tanto ayer como hoy, mis reservas nunca se han dirigido contra el esclarecimiento científico —y mucho menos contra las ciencias en sí mismas—, sino contra el «cientificismo» (Szientismus), que busca construir una «visión del mundo» sobre la base de los resultados de sentido común de las diversas ciencias.


Esta tendencia era más evidente en el positivismo lógico del Círculo de Viena, que volvió a cobrar influencia tras la Segunda Guerra Mundial gracias a los conocidos emigrados en Estados Unidos. Independientemente de su importante labor filosófica, es esta intención la que siempre me ha parecido engañosa. La idea de una «cosmovisión científica» pasa por alto la necesidad de conectarse con una comprensión de uno mismo y del mundo que la filosofía encuentra siempre ya en el mundo vivido. Pues incluso en la alusión a la naturaleza holística de una «imagen» del mundo en su conjunto contenida en el concepto de «cosmovisión», se refleja algo del carácter de esa comprensión de fondo ya presente y encontrada en «nuestro» mundo vivido —que nunca es plenamente objetivable y a través de la cual una persona se relaciona con algo en el mundo—.


El cientificismo no busca explicitar y, si es necesario, corregir el sentido común como tal mediante interpretaciones filosóficas, sino sustituirlo por una visión del mundo construida científicamente.


En la década de 1960, critiqué sobre todo las consecuencias políticas de esta idea, a saber, la desposesión de los ciudadanos de los Estados democráticos por parte de políticos que querían utilizar tal adoctrinamiento para promover un régimen tecnocrático supuestamente inevitable. En la América de Elon Musk, esto vuelve a resultar familiar… 


En la concepción de su historia de la filosofía, ¿en qué medida le ha influido Theodor W. Adorno, quien suponía que el contenido teológico se transformaría y migraría de algún modo al ámbito de lo secular?

Adorno se interesaba por las transformaciones que sufren los contenidos teológicos una vez que migran al ámbito secular y, es cierto, esta idea siempre me ha conmovido.


Ya fue determinante para mí cuando exploré la apropiación de los motivos teológicos en este sentido transformador en El discurso filosófico de la modernidad. En mi historia de la filosofía, sin embargo, quería trazar las etapas por las que el desarrollo mencionado del derecho natural cristiano hacia el derecho natural racional moderno conduce a una justificación discursiva de los derechos fundamentales y los derechos humanos. De este modo, la filosofía puede proporcionar una justificación razonable de los principios constitucionales del Estado de derecho democrático frente al creciente potencial de extremismo de derecha actual. Así, la filosofía puede aportar al Estado constitucional un apoyo de un orden totalmente distinto al de la visión jurídica positivista, que, en definitiva, fundamenta la pretensión de validez de una constitución no en la fuerza de las buenas razones, sino únicamente en la expresión de la voluntad del legislador.


La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundado en la naturaleza humana.

Jürgen Habermas


Adorno no sólo creía que el mito ya contenía la Ilustración; también parecía sugerir que la propia Ilustración se asemeja a un mito. ¿Está de acuerdo?


Adorno siguió a Horkheimer en esta línea de pensamiento en la Dialéctica de la razón, y no fue hasta la Dialéctica negativa cuando esta fue sustituida por una interpretación estrictamente adorniana. Peter Gordon lo ha explicado recientemente con gran claridad.


El punto de partida de Adorno es la idea de que el todo es falso (das Ganze ist das Unwahre). Pero entonces la dialéctica negativa muestra cómo, desde el interior de ese «todo falso» y en el resplandor de su violencia, podemos, no obstante, asegurarnos de retener fragmentos de felicidad. Aunque concebida en términos totalmente seculares, la radicalidad de esta idea delata su origen teológico. He intentado explicar por qué no puedo seguir esta idea en mi larga conversación con Stefan Müller-Doohm y Roman Yos, que acaba de publicarse en inglés.


Max Weber es bien conocido por su distinción entre hechos y valores, o entre ciencia y política. Según Weber, la ciencia puede producir conocimientos universales, pero no puede crear sentido. El sentido sólo puede surgir de la interpretación de los hechos a través de los valores. Si seguimos a Weber en esto, abandonamos el ámbito de la verdad universal y, al mismo tiempo, nos enfrentamos a «visiones del mundo racionalmente incompatibles». A diferencia de Weber, usted no comparte la visión pesimista de la historia que se deriva de su argumento.


La perspectiva de Max Weber es la de un sociólogo e historiador que ve la historia como un campo de batalla de sistemas de creencias rivales.


Hoy, la propia historia corrobora esta perspectiva, como lo demuestran ejemplos evidentes como el renovado conflicto entre las potencias nucleares que son la India y Pakistán. Por otra parte, Weber no tuvo que enfrentarse al contraejemplo que constituye el establecimiento de un orden internacional basado en los derechos humanos.


El hecho de que las Naciones Unidas surgieran de los horrores de la Segunda Guerra Mundial puede explicar por qué este sistema jurídico es reconocido por 193 Estados. En nuestro contexto, sin embargo, lo interesante es el hecho general de que las normas pueden pretender tener primacía sobre los valores particulares de sus diversos destinatarios, siempre que la validez de dichas normas se base en su reconocimiento general. Dicho consentimiento puede basarse en compromisos y, por lo tanto, en el acuerdo contingente de intereses diferentes. Sin embargo, se trata de una base frágil, ya que los intereses pueden cambiar en cualquier momento


Por esta razón, la validez de las normas jurídicas debe basarse, en principio, en razones de peso que resulten convincentes para todos sus destinatarios. Max Weber no reconoce la racionalidad que las normas reconocidas pueden reivindicar frente a las simples orientaciones de valor.


Por consiguiente, la cuestión de si será posible domesticar el belicismo de las grandes potencias sigue siendo, por el momento, una cuestión política abierta. La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundamentado en la naturaleza humana.


Los orígenes de la teoría crítica residen en el marxismo, el psicoanálisis y la crítica del poder, de la ideología y de la dominación. Estas ideas están menos presentes en su libro, aunque hayan desempeñado un papel fundamental en sus trabajos anteriores. ¿Cómo sitúa este trabajo en relación con la teoría crítica en sentido amplio?


En el prefacio de mi libro, también mencioné el ensayo de 1937 de Horkheimer y Marcuse, «Filosofía y teoría crítica» (Philosophie und Kritische Theorie), publicado en la Zeitschrift für Sozialforschung, que puede considerarse el documento fundacional de la Teoría Crítica. Sigo en deuda con esta fuente por las hipótesis teóricas sociales fundamentales que han constituido el trasfondo de mi historia de la filosofía tal y como he intentado esbozarla. 


Pero estas hipótesis en sí mismas no son el tema del libro.


Por otra parte, si me preguntan qué ha sido de la conexión con la tradición del marxismo occidental, recordaré que la investigación de la Teoría crítica se centró desde sus inicios en explicar la estabilidad del capitalismo a pesar de todas sus crisis. Y en lo que respecta a mi implicación en la política cotidiana de Alemania Occidental, debo confesar que, como hombre de izquierdas, me preocupaba principalmente la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, inicialmente, seguía profundamente apegada al régimen nazi.


En cuanto al desarrollo capitalista, una transformación revolucionaria del orden económico liberal establecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial ya no era, en cualquier caso, viable en las condiciones de la competencia sistémica con el régimen soviético. Desde el final de la Guerra Fría, la presión para una reforma radical del régimen del neocapitalismo mundial sólo podría haber venido, en el mejor de los casos, desde el interior de las democracias capitalistas. A partir del período de la posguerra, mi propio interés se orientó hacia las reformas del Estado del bienestar que, de haber sido lo suficientemente radicales, podrían haber cambiado las democracias capitalistas hasta hacerlas irreconocibles.


Sin embargo, a la sombra de una superpotencia en declive, asistimos actualmente al surgimiento de nuevos frentes con la infiltración de la extrema derecha en las democracias liberales, tanto a nivel nacional como mundial. En Estados Unidos, los grandes grupos mediáticos parecen estar aliándose para establecer un régimen económico libertario, autoritario y dirigido de forma tecnocrática. En la actualidad, nos conformaríamos con que nuestras democracias capitalistas pudieran defenderse del populismo de derecha, pero, al parecer, ni siquiera eso es ya posible sin amplias reformas del capitalismo.


El estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza.

Jürgen Habermas


¿Dónde sitúa usted su libro en su propio proceso de aprendizaje intelectual como filósofo, pensador político e intelectual en la esfera pública?


La perseverancia que exige esta ocupación en mi vejez ha creado cierta distancia entre mí y las teorías individuales a las que había contribuido anteriormente —como las cuestiones fundamentales de la teoría social, la filosofía del lenguaje, la teoría moral y jurídica, y la teoría democrática—. 


En este proceso, he tomado conciencia de lo que la filosofía en general puede —y debería— lograr.


Por último, me ha resultado sorprendentemente interesante conocer las circunstancias difíciles y a menudo políticamente complicadas en las que muchos de nuestros autores clásicos crearon sus obras, sobre todo en comparación con las circunstancias relativamente sin obstáculos que yo he conocido desde el final de la guerra. Es sorprendente ver cuántos de ellos llevaron una segunda vida pública marcada por las luchas —además de su vida como autores—.


Usted ha vivido una larga vida en la que ha sido testigo de la división de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, de su reunificación y del fin de la Guerra Fría, así como de su ascenso al rango de primera potencia político-económica liberal del continente europeo. ¿Podría haber imaginado los cambios actuales como una posibilidad en la década de 1990, en una época en la que muchos abrazaban una filosofía de la historia que sugería el advenimiento de su fin?


Nunca creí en la idea ingenua del fin de la historia.


Sin embargo, la abrupta ruptura actual con la historia del ascenso continuo de Alemania bajo la protección de Estados Unidos me ha tomado por sorpresa. Para mí, sin embargo, esto no significa una ruptura con una «filosofía de la historia» en el sentido habitual en que se entiende —el de una historia que progresaría hacia un objetivo—.


Al fin y al cabo, se trata de otra cuestión distinta a la que aborda este libro, que consiste en buscar el impulso de los procesos de aprendizaje alentadores en los que podemos apoyarnos, plenamente conscientes de las contingencias históricas —procesos de aprendizaje con los que sería prudente intentar retomar el contacto hoy—. La decisión de Trump de dar la espalda a la tradición política de Occidente ha dejado, evidentemente, a Alemania, y a Europa en su conjunto, en una situación bastante difícil.


Me preocupaba la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, en un principio, seguía profundamente apegada al régimen nazi.

Jürgen Habermas



Al igual que en Estados Unidos, la democracia liberal en Alemania parece hoy asediada. Alternativa para Alemania (AfD) parece haber entrado en la corriente dominante, como lo demuestra recientemente la creciente voluntad de los Demócratas Cristianos de cooperar con ella, especialmente en materia de políticas antiinmigración. ¿Le sorprende este crecimiento de la AfD?


Sí, el crecimiento continuo de un partido cuyos dirigentes están tan estrechamente vinculados a ideas fascistas —tan estrechamente que ni siquiera el partido de Marine Le Pen en Francia quiere tener nada que ver con ellos— es alarmante, sobre todo porque aún no hemos encontrado una explicación plausible a su constante crecimiento.


Si esta evolución se debe, en esencia, a que muchos votantes se sienten abrumados por la complejidad de los problemas a los que se enfrentan los gobiernos nacionales, lo que les lleva a buscar soluciones sencillas en marcos nacionales familiares, entonces no veo una salida políticamente defendible a la situación en la que nos encontramos.


Tras la deserción de Estados Unidos y la desintegración política de Occidente, la Unión Europea no tiene más remedio que cambiar de rumbo respecto a su tímida política del statu quo y desarrollar una capacidad de actuar colectivamente en la política mundial. En primer lugar, la urgente necesidad de desarrollar una política de defensa europea común apunta hacia una integración europea reforzada. En un mundo sumido en fracturas geopolíticas, ¿cómo podrían los Estados europeos —incluso Alemania por sí sola— ser tomados en serio políticamente de otro modo? Por otra parte, el nuevo canciller, Friedrich Merz, sigue viviendo en el mundo de Wolfgang Schäuble y continúa considerando la cuestión europea únicamente desde la perspectiva de la política económica alemana.


Ante los cambios geopolíticos mundiales, no creo que el nuevo Gobierno alemán tenga la envergadura necesaria para hacer frente a los extraordinarios retos a los que se enfrenta.


Y parece poco probable que Europa sea capaz de escapar de la vorágine de la superpotencia en declive —y de los riesgos asociados a ella—.


 

Entrevista amb Pere Luís Font

 


Entrevista del Ara a Pere Lluís Font




L'entrevista de Ignasi Aragay* (Ara.cat, 16/3/25)

Pere Lluís Font (Pujalt, 1934), historiador de la filosofia, a tocar dels 91 anys manté una envejable lucidesa i vitalitat intel·lectual. Mestre d’unes quantes generacions de filòsofs, acaba de publicar la traducció al català dels Poemes essencials (Fragmenta) de sant Joan de la Creu, que tenen una lectura mística i una d’eròtica. I ultima l’assaig La filosofia al natural (UB), "un text gens emfàtic, sense maquillatge ni retòrica", com tres dels grans autors que sempre l’han acompanyat: Montaigne, Descartes i Pascal. De fet, la seva darrera gran aportació (2021) ha estat la monumental traducció al català dels Pensaments de Pascal, Premio Nacional de traducció i premi PEN Club català.

"Com està de salut?

— De salut vaig fent i intel·lectualment estic en un to menor, lent. Fer-se vell deu voler dir, entre altres coses, alentir-se. Em sembla que, tal com va tot, en el nostre temps necessitem calma i tranquil·litat.

Com ho porta, això de viure sense la biblioteca, al veure’s obligat a canviar de casa?

— Em costa. Desfer-me d'un llibre és gairebé com arrencar-me un queixal. Són la meva vida. Ara estic gestionant la donació. Tinc cap a 12.000 llibres. Ho he anat esporgant fins a deixar un nucli de filosofia i teologia, uns 4.000 títols que aniran a Lleida, amb un acord amb la universitat i altres institucions.

En quins idiomes? Quants en llegeix i en parla?

— No soc gaire poliglot. A part de català i castellà, m’espavilo en francès -set anys a França-, italià -un any a Roma-, alemany -per a un filòsof no hi ha més remei- i anglès perquè és el llatí d'ara. I de les llengües clàssiques, llatí i grec. Millor el llatí. A més, vaig fer un curs de rus en un cert moment: hauria d’haver fet xinès.

D'on li va néixer la passió per la filosofia?

— Vaig començar estudiant per capellà al seminari de la Seu d’Urgell: en deien l’Escorial dels Pirineus. Era la manera normal de culturitzar-se dels nens pobres. Soc de Pujalt, al Pallars Sobirà, d'una casa molt humil, la Casa Jordi, amb una economia de pura subsistència. A títol de curiositat, a finals del segle XIX les despeses familiars de tot un any van ser 219 pessetes. Al seminari vaig entrar en contacte amb la filosofia. Però l’atmosfera de contrareforma que s’hi respirava em va fer plegar.

I va marxar a França a estudiar.

— A Tolosa de Llenguadoc. Al país de Descartes vaig pensar que tocava fer filosofia. Eren els anys 50 i a Catalunya i la resta d'Espanya, a les universitats només s'explicava una neoescolàstica de via estreta. Com que el cuc de la teologia em continuava treballant interiorment, després de la llicenciatura en filosofia a la universitat pública vaig fer la de teologia a l'Institut Catòlic de Tolosa, on era l'únic laic.

Com s’ho va poder pagar?

— Fent classes del que vulguis, especialment d'espanyol. I, entre altres feines, descarregant camions al born. Hi anava a la una de la matinada i hi treballava fins a les sis del matí. Tornava a l’habitació que tenia llogada, passava per la dutxa i me n’anava a la universitat. Dormia quan podia.

I va tornar a Barcelona.

— Sí. El catedràtic d'història de la filosofia de la Universitat de Barcelona, Joaquim Carreras Artau, em va agafar com a ajudant. Vaig estar quatre anys explicant història de la filosofia antiga, que vol dir aprenent història de la filosofia antiga: no hi ha com haver d'ensenyar una cosa per aprendre-la bé. El 1968, amb la creació de l’Autònoma, em van convidar a incorporar-m’hi. M’hi va empènyer Pep Calsamiglia. I m’hi vaig quedar fins a la jubilació.

Després, amb Calsamiglia i Josep Ramoneda, farien la col·lecció de clàssics del pensament traduïts al català.

— Sí, ja als anys 80. El Calsamiglia només va poder veure el primer volum. El Ramoneda, que ja tenia molta activitat entre mans, em va fer confiança, cosa que li agraeixo moltíssim. Pràcticament vaig portar el pes de tota la col·lecció. Van ser 97 títols. El darrer va ser un Freud. Vam posar remei a una anomalia: un país en què la filosofia no es llegia ni en la llengua original ni en la pròpia. Ho vam començar amb l'editorial Laie, fins que es va ensorrar perquè el gerent va desaparèixer amb tots els diners. Llavors, gràcies a Josep M. Castellet, va seguir-la Edicions 62.

"La Catalunya medieval era una petita potència intel·lectual" ”
Tradicionalment s'ha dit que Catalunya no és una terra de filòsofs.

— La Catalunya medieval era una petita potència intel·lectual, amb Ramon Llull i Sibiuda. Després, a la ratlla entre l'època medieval i el Renaixement, Lluís Vives. I partir d’aquí perdem el ritme propi i anem amb l’espanyol, que des de l'època de Felip II va posar duanes a Europa. La Inquisició feia poc que s'havia implantat. Es va anar cultivant més aviat un tipus de filosofia molt tradicional, mai gaire allunyada de l'escolàstica. A finals del XIX i principis del XX es va recuperar una certa normalitat que va durar fins a la Guerra Civil, quan va produir-se un trencament brusc.

No es considera pròpiament filòsof.

— Sempre he pensat que la millor manera d'ensenyar filosofia és fent història de la filosofia, que és com el laboratori del filòsof. Filo-sofia vol dir amant de la saviesa. En aquest sentit, no ho puc negar, soc filòsof. Però dir d'una persona que és filòsof em sembla massa solemne.

Com a filòsof, lector i cristià, ¿ha tingut la sensació d'anar cada cop més a contracorrent?

— Una mica potser sí. En algunes coses he fracassat, per exemple en la idea que la filosofia s'ha de cultivar no separada de la cultura general, perquè no sigui un bolet. Però cotitza l'especialització.

En els grans debats entre ciència i fe, entre raó i fe, ha remarcat el perill del cientifisme.

— Els francesos es van inventar el scientisme: tot allò que no és ciència intel·lectualment no val res. Sempre he defensat que la filosofia no és una ciència en el sentit modern, encara que sí que ho és en el sentit tradicional teoritzat per Aristòtil.

Pascal és un dels tres grans autors que l’han acompanyat tota la vida.

— Un dels professors que vaig tenir a Tolosa em va descobrir la trilogia Montaigne, Descartes i Pascal. Els Assaigs de Montaigne van ser el llibre de capçalera de Descartes i Pascal. I això es nota. Pascal és el que m'ha fet més companyia de tots tres. Ara he trigat vora tres anys a fer la traducció. He hagut d’anar a la Biblioteca Nacional Francesa, on tenen l'original, i l’he consultat amb una persona sempre vigilant-me. També m’ha anat bé el facsímil de la Biblioteca de Catalunya.

Per què al segle XXI encara ens apel·len Montaigne, Descartes i Pascal?

— Montaigne perquè és el resum de tota la saviesa antiga i medieval, i cristiana i renaixentista, i perquè és un jardí d’idees. Descartes perquè va posar fi als assajos filosòfics del Renaixement i va començar, sobre noves bases, amb una voluntat de radicalitat absolutament única en la història de la filosofia, començant pel cogito ergo sum: "Penso, per tant existeixo". És l'única afirmació que no té discussió possible. En totes les altres es pot acusar Descartes de no ser prou cartesià.

I Pascal?

— Perquè és el gran hereu de Montaigne i de Descartes. Es va cartesianitzar abans de monteignitzar-se. Descartes i Pascal sempre van tenir recels mutus. No es van entendre en el tema essencial de la qüestió del buit. Descartes afirmava que no hi ha buit a priori i Pascal deia que s'ha de resoldre experimentalment si hi ha buit o no.

"Sempre he dit que això de la postmodernitat és una ensarronada" ”
Representen els valors de la modernitat, que, com els de la Il·lustració, avui estan en crisi. Només cal escoltar Trump. ¿Estem en una confusió de la postmodernitat o en una involució antimoderna?

— Sempre he dit que això de la postmodernitat és una ensarronada. Se sol definir canònicament com la crisi de la idea de progrés, la crisi dels grans relats. Però això són crisis recurrents. La postmodernitat se la va inventar com a mínim Baudelaire fa més de cent anys. Postmodernitat és una paraula còmoda per referir-se al darrer mig segle de la cultura moderna, però per concretar els trets de la cultura actual són molt més determinants coses com la globalització, la revolució digital, el feminisme, la revolució sexual i la consciència ecològica. I això està tot en continuïtat amb coses que venen de la modernitat, una etapa en certa manera permanent fins que vingui alguna mena de transformació tan grossa que ens faci oblidar tota la nostra història. Podria ser la islamització d'Europa o la xinització d'Occident.

En tot cas, ens estem allunyant de la "pau perpètua" de Kant, un altre dels vostres autors de capçalera.

— Sí, en aquest moment polític té més vigència Hobbes que no pas Kant. La Il·lustració està en crisi, d’acord. Davant d’això, pots dir: anem a una altra cosa. O pots dir: Europa no ha sabut realitzar els ideals de la Il·lustració i seria hora que s'ho prengués seriosament.

No hem parlat de la traducció de Joan de la Creu, que tenia tant de místic com d’eròtic.

— No hi ha millor manera de llegir que traduir. Ho deia Carner: et fa adonar de coses que no hauries vist mai encara que et sabessis de memòria els textos. I jo me’ls sabia. Fa trenta anys va sortir una traducció de Joan de la Creu al català molt dolenta. Em va saber greu. I llavors vaig començar a fer la meva, però va quedar en un calaix. Ara hi he volgut tornar, estudiant també la vida de l’autor, la relació entre vida i obra. Quan va morir sant Joan de la Creu, ho va fer, diguem-ne, en olor de santedat. Se li van atribuir molts miracles. Però el gran miracle és que ens hagin arribat aquests textos...

...que mai es van publicar en vida seva.

— Va tenir problemes amb els carmelites calçats i després també amb els seus, els descalços. Un cop mort, es va mantenir el procés de beatificació, tot i ser un model eròtic, perquè havia escrit comentaris de prosa que són una mena de cotilla pietosa que va camuflar, diguem-ne, les possibilitats escandalitzadores. La "lectura exempta", tal com va dir Jorge Guillén, sense els comentaris, es pot fer des del punt de vista místic o bé com a lectura laica, és a dir, simplement eròtica. Ni Déu ni Crist no hi surten enlloc.

Ja que estem en l’entorn eclesial, com valora el papat de Francesc?

— Ha canviat moltes coses de la mentalitat catòlica, però la doctrina teològica no l'ha tocat. Una cosa és la fe i una altra la teologia. La fe cristiana és compatible amb diverses teologies. Quina és la teologia oficial, ara? La romana, que Francesc no ha tocat en part perquè no ha pogut i en part perquè no ha volgut. La seva ha estat una teologia, diguem-ne, semirenovada.

Més franciscana?

— No ho sé. Potser sí. Hi ha una mena de teologia estàndard compartida per pràcticament tots els teòlegs catòlics, llevat dels integristes, la que deriva del Consell Vaticà II, que va arribar tard, va fer curt i ha estat aplicada a la baixa. Francesc va insinuar la possible ordenació de diaques o preveres dones, que ha quedat congelada. Per què? Doncs perquè té molta oposició i perquè hi ha molta gent que prega perquè es mori."

La mort de Albert Camus

 



"No conozco nada más idiota que morir en un accidente de automóvil
(A.Camus)



"Una tarde de  enero [4 de gener] me encontraba sola en casa de Sartre cuando sonó el teléfono: "Camus ha muerto hace unas horas en un accidente de coche", me dijo Lanzmann. Volvía del Sur con un amigo, el coche se había estrellado contra un plátano y había muerto inmediatamente. Colgué el auricular, con un nudo en la garganta y los labios temblorosos: "No voy a ponerme a llorar -me dije-. Ya no significaba nada para mí." Permanecí de pie contra la ventana, mirando cómo anochecía en Saint-Germain-des-Prés, sin poder tranquilizarme ni tampoco ceder del todo a un verdadero dolor. (...) No lloraba al hombre de cincuenta años, a ese justo sin justicia, de rostro indescifrable y severo, altanero y desconfiado, que se había alejado para siempre de mí al consentir los crímenes de Francia; lloraba al compañero de los años de esperanza, cuyo rostro puro sabía reír y sonreír tan bien, al joven escritor ambicioso, enamorado de la vida, de sus placeres, de sus triunfos, de la camaradería, de la amistad, del amor, de la felicidad. La muerte lo resucitaba; ya no existía el tiempo para él, el ayer no tenía más sentido que el anteayer, el Camus que yo había querido surgía en la noche, a la vez reencontrado y dolorosamente perdido. Siempre que muere un hombre mueren un niño, un adolescente, un hombre joven: cada cual llora al que más ha querido.

(...) La gente leía el periódico, indiferente al gran titular de la primera página y a la foto que me cegaba. Pensaba en la mujer amaba a Camus, al suplicio de encontrarse en todas las esquinas con ese rostro público que parecía pertenecer a todos tanto como a ella; ese rostro que ya no tenía labios para decirle lo contrario. (...) Michel Gallimard estaba gravemente herido; había participado en nuestras fiestas de 1944 y 1945; también murió. Vian, Camus, Michel: había comenzado la serie de las muertes y continuaría hasta la mía, la cual llegaría demasiado pronto o demasiado tarde*." (468-9)


Walter Benjamin parla del Paris del segle XIX

 



Llegeixo a Paris, capital del siglo XIX*, de Walter Benjamin, els següent:


“Balzac fue el primero en hablar de las ruinas de la burguesía. Pero sólo el surrealismo ha permitido contemplarlas libremente. El desarrollo de las fuerzas productivas hizo trizas los símbolos de los deseos en los siglos anteriores, antes de que se hubieran derrumbado los monumentos que los exhibían.  Ese desarrollo liberó, en el siglo XIX, a las formas estructurales del arte, así como en el siglo XVI las ciencias se liberaron de la filosofía. El comienzo lo abre la arquitectura, como construcción de ingeniería. Lo continua la reproducción de la naturaleza en la fotografía. La creación imaginaria se preparaba para hacerse práctica como propaganda gráfica. La poesía se arroja, en el folletín, al montaje. Todos estos productos son concebidos para ser arrojados como mercaderías, al mercado. Pero titubean aún en los umbrales. De esa época provienen los pasajes y decoraciones interiores, los salones de exposición y los panoramas.  Se trata de restos de un mundo soñado. La desvalorización del elemento onírico al despertar es la piedra de toque del pensamiento dialéctico. De ahí que el pensamiento dialéctico sea el órgano del despertar histórico. Toda época sueña no sólo con la que le sigue, sino que, soñando, se aproxima a un despertar. Lleva en sí su propio fin y lo va descubriendo, como Hegel lo reconoció, con maña. Con el desmoronamiento de la economía mercantil comenzamos a reconocer como ruinas, antes de que sean demolidas, a los monumentos de la burguesía*.” (pág.138) 


Entrevista a Jürgen Habermas (1929-2026)

  Entrevista a Jürgen Habermas: la Modernitat, obsoleta? Jürgen Habermas (1929-2026): el último filósofo de la modernidad Entrevistas In Mem...