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Entrevista a Edgar Morin

 


Això escrivia al any 1960 Morin:

"Actualment, la antropologia no pot prescindir d'una reflexió sobre:

1.- El principi de relativitat einsteinià.

2.- El principi de indeterminació de Heisenberg.

3.- El descobriment de la antimateria.

4.- La cibernètica, la teoria de la informació.

5.- La química biològica.

6.- El concepte de realitat*." (p.11)


Morin es va atrevir a integrar-ho tots aquests conceptes mitjançant la seva obra "El Método**" Ell parla de la necessitat d'un paradigma de complexitat. Així podrà dir:"Mi trabajo es una contribució para substituir un método de la simplificación por un método de la complejidad. Lo que vale para las ciencias naturales vale todavía más para las ciencias sociales y políticas. Quisiera alzarme aquí contra una ilusión muy ingenua: creer que bastaría con despejar el campo del conocimiento social/político de los mitos y de las ideologías para acceder al conocimiento "verdadero " o ciencia* (p.354)".



Entrevista a EdgarMorin por Catherine David*


Cada día es más evidente el desgaste de las nociones políticas que hasta hace poco se consideraban inamovibles. Tal vez sólo en Latinoamérica, y especialmente en México, se siguen venerando los mitos políticos erigidos en los años sesenta que la realidad ha desmentido. Edgar Morin expone aquí muchos de los temas tratados y discutidos en Vuelta, necesarios en la reflexión política de nuestros días.


Catherine David : Recientemente declaró usted a un periódico de derecha que "todavía" se consideraba de izquierda. ¿Por qué "todavía"?


Edgar Morin : Es una forma más bien torpe de expresar con una sola palabra tanto mi adhesión como mi reticencia... me explicaré: para mí la palabra "izquierda" es un adjetivo y no un sustantivo. No soy de las personas que hablan de la izquierda como si se tratara de una realidad en sí misma, en donde el Partido Socialista y Comunista fueran sus emanaciones y sus portavoces, lo que los convertiría en sus depositarios, propietarios y verificadores. La izquierda es una noción relativa. Basta con que el paisaje político cambie para que la derecha y la izquierda señalen realidades diferentes.


Existen derivaciones históricas: el partido radical, por ejemplo, se fue de la izquierda 'al centro. Existen también mutaciones, como las que trasformaron al comunismo revolucionario en sistema totalitario; y tanto las palabras de la derecha como las de la izquierda son inservibles para designar a ese sistema. Izquierda es igualmente una noción insuficiente en relación a palabras como revolución, socialismo o democracia.


Ser revolucionario puede significar que uno se sitúa a la izquierda pero significa mucho más. La palabra "socialismo" tiene más implicaciones que la palabra izquierda. La oposición derecha-izquierda en algunos países como el nuestro se sitúa en el seno de la democracia, pero no debe ocultarnos la oposición fundamental que, en caso de peligro, se convierte en la más importante y urgente: la oposición democracia-dictadura y, principalmente, democracia-totalitarismo.


Sería tonto encerrar al mundo en la alternativa izquierdaderecha, ya que esta oposición sólo es pertinente en condiciones y límites precisos, que son políticos e ideológicos. Es necesario entender que esta oposición puede ser más o menos intensa. Así, lo era mucho más antes de la guerra cuando la derecha era reaccionaria, hipernacionalista y antisemita.


En cuanto la derecha se volvió evolucionista y la izquierda moderada, la oposición perdió su radicalidad. En resumen, izquierda y derecha no son atributos definitivos, evidentes, invulnerables, intemporales, metafísicos. Pueden sufrir corrupciones y degradaciones. Y deben ser reexaminados, reformulados y reestructurados periódicamente. En lo que a mí respecta no puedo llamar "la izquierda" a un conjunto que agrupa al partido comunista y al partido socialista...


C.D.  - ¿Y entonces qué opina de la Unión de la Izquierda ?


E.M. -Jamás he podido incorporar a mi vocabulario esa expresión que para mí es portadora de demasiadas ilusiones, engaños y artimañas. Precisamente porque me siento de izquierda y porque tomo la idea de izquierda en serio (aunque esta sea relativa), rechazo la Unión de la Izquierda conservando mi simpatía por el partido socialista. No soy un "desilusionado del socialismo" posterior a 1981. Ya me había desilusionado tanto la ideología lamentable de la Unión de la Izquierda de 1973 a 1981 y su carencia intelectual que después no tuve sino buenas sorpresas.


C.D. -Limita usted la noción de izquierda a la esfera política, pero existen pensadores de izquierda...


E.M. -Hay pensadores que se sitúan políticamente a la izquierda, pero si en realidad son grandes, sus pensamientos no pueden ser colocados sobre el tablero político. Tanto Hegel como Nietzsche no pueden ser clasificados, sino tontamente, a la izquierda o a la derecha. Sus pensamientos pueden ser utilizados en la izquierda o en la derecha pero no se reducen a esas categorías. Marx no era de izquierda, sino un pensador revolucionario que se levantó en contra de la izquierda hegeliana de la que él salió y pienso que la corriente marxista actualmente dominante se volvió reaccionaria. ¿Darwin era de izquierda o de derecha? Su teoría ha alimentado corrientes antitéticas: 1) El darwinismo social, que justifica la eliminación de los débiles por fuertes; 2) El pensamiento de Marx, que encontró la justificación del papel motor del conflicto en la evolución; 3) El pensamiento libertario de Kropotkin, que justificó la ayuda mutua como factor de selección natural por lo tanto de sobrevivencia.


C.D. -Para usted la izquierda se ha convertido en una noción superficial, casi insignificante...


E.M. -Dije que era significativa pero en condiciones y límites pertinentes que deben ser reconocidos. Debo añadir que la noción de izquierda contiene algo más; la idea del socialismo como proyecto de una profunda transformación social. Sin embargo es indispensable extenderse sobre el sentido de la palabra socialismo.


Para mí el socialismo es un mito -y no existe nada peyorativo en este término porque pienso que no se puede prescindir de los mitos incluso para concebir la realidad. Se trata de un mito que materializa las profundas aspiraciones contemporáneas de más libertad y de una nueva comunidad.


Fueron los pensadores autodidactas y críticos del siglo XIX los que expresaron esas aspiraciones; pienso evidentemente en Fourier, Proudhon, Bakounine, Leroux, Marx. La aspiración a la libertad hizo que se denunciara todo lo que implicaba la explotación y la dominación incluyendo al estado (no olvidemos que Marx anhelaba la "supresión del estado"). La aspiración a una nueva comunidad se extendió a toda la especie humana en la idea de la Internacional. Esas aspiraciones siguen siendo mías. Intento pensar, con una conciencia metanacional y, aunque sea difícil, con una conciencia metaoccidental: trato de no olvidar que la humanidad es una en su diversidad; sabiendo además que es necesario respetar esa diversidad. También sé que esas dos aspiraciones complementarias pueden volverse antagónicas.


Desde el siglo XIX hubo un divorcio entre socialismo libertario y socialismo estatal, hubo después otro entre socialismo autoritario y socialismo democrático, hasta llegar a la metamorfosis del bolchevismo en totalitarismo, donde la palabra "socialismo" se convirtió en camuflaje.


Si ser socialista significa sentir esas primeras aspiraraciones, entonces soy socialista; si significa reconocer a la Unión Soviética como socialista, entonces soy antisocialista. Si existe contradicción entre socialismo y democracia, escojo la democracia. Si el socialismo es ampliación y profundización de la democracia entonces estoy por el socialismo democrático. Para emplear la jerga del antiguo bolchevismo soy y siempre he sido un "derechista de izquierda", derechista por lo que toca a la tolerancia y al gusto por la libertad, izquierdista por la creencia en que es posible una gran transformación.


Si incluimos en la noción de izquierda la idea de que la sociedad puede y debe ser profundamente transformada tocamos a fondo la oposición izquierda-derecha. Soy de izquierda "todavía" porque estoy convencido de que nuestra organización social es aún bárbara. Creo que existe una posibilidad de mejoramiento y de transformación profunda en las relaciones humanas, tanto en el nivel de la humanidad en su conjunto como en el nivel de las dominaciones y explotaciones de los imperios, de las clases, de los Estados y tanto en las relaciones entre individuos como en la de uno consigo mismo. Creo que todos nosotros, sociedades e individuos de países supuestamente desarrollados estamos en un estado de subdesarrollo mental, intelectual, afectivo, social...


C.D. -¿Piensa que aún es posible cambiar al mundo, al hombre y a la vida?


E.M. -Cambiar las relaciones entre los hombres y el estado del mundo, sí. Pero es necesario romper con el mito de la Salvación terrestre y el del Progreso automático. Es preciso liberar a la esperanza política del mesianismo apocalíptico que se introdujo en el marxismo junto con el mito de un proletariado portador de la solución a los problemas de la historia humana. En este siglo nos hemos dado cuenta de que la realización de la felicidad en la tierra dentro del "paraíso socialista" lleva consigo mentira y desgracia. No le pidamos a la política que exorcise la angustia humana. No le corresponde a la fe política encargarse de la salvación religiosa.


Debemos romper también con el mito del progreso triunfalista, determinado por las "leyes" de la historia o producido automáticamente por el desarrollo de las ciencias y las técnicas. Ese desarrollo es ambivalente. La historia conoce bifurcaciones aleatorias. Muchos progresos pueden determinar regresiones y viceversa.


C.D. -En resumidas cuentas, usted condena el optimismo.


E.M. -Condeno la euforia. Desde el punto de vista de las probabilidades, se debería ser pesimista ya que todos los procesos actuales conducen hacia las regresiones o a las catástrofes. ¿Pero, que es una probabilidad?. Es la inducción del futuro a partir del análisis de los procesos en curso. Así, era probable que los persas ganaran la batalla de Salamina o que el culto a la Mitra triunfara en el Imperio romano sobre la pequeña secta judeocristiana. El cálculo de las probabilidades no toma en cuenta los azares decisivos, los acontecimientos inesperados, el surgimiento de lo nuevo y, más importante aún, la capacidad de creación y de metamorfosis. ¿Acaso pudo haber previsto un observador perspicaz de hace diez mil años, cuando la humanidad estaba constituida por pequeñas comunidades de cazadores y de recolectores, la aparición de sociedades estatales, agrarias y urbanas con cientos de miles, y más adelante, de millones de miembros? No se pueden concebir las metamorfosis antes de que se lleven a cabo. Se puede, a veces, soñar o presentirlas Hoy en día sentimos la necesidad de una transformación formidable a escala de la humanidad -diría de una revolución, si la palabra no se hubiera vuelto tan sucia y tan reaccionaria pero no sabemos cómo lograrla. Los medios que se han propuesto hasta ahora: el amor al prójimo, la educación, la expropiación de los explotadores, han demostrado ser insuficientes y se han vuelto, con frecuencia, en sentido contrario.


Mi esperanza se funda en un hecho: lo que ha sucedido de importancia en la historia ha sido imprevisible antes de que sucediera. Por lo tanto, la única forma saludable de ser optimista actualmente es romper con la euforia dañina del progreso y tener esperanza en lo imprevisible.


C.D. -¿Cree usted en un movimiento de deslizamiento planetario hacia la derecha?


E.M. -La palabra "derecha" no cubre sino parcialmente dos tipos de fenómenos que se desarrollan en la actualidad. El primero es un movimiento "fundamentalista". En los años sesenta advertí el desarrollo de un neoarcaísmo. En el sentido en el cual la palabra arkhé significa fundamento, principio, origen, y diagnostiqué la búsqueda de un retorno a los orígenes tanto en la vida privada como en los movimientos neorregionalistas de Europa y el Occidente. Hoy, por todos lados, de forma original y específica según las sociedades y los lugares, existe una búsqueda de los orígenes perdidos o en vía de extinción, para luchar, en contra del escepticismo y del nihilismo y en contra de la pérdida de identidad que suscitan la homogenización y el anonimato de la civilización técnica e industrial.


Hemos observado, en las comarcas de la vieja y gran civilización islámica, cómo ese movimiento fundamentalista ha tomado la forma del integrismo, y en este caso el Irán de Khomeini no sólo debe aterrorizarnos sino instruirnos. Con frecuencia, aunque no necesariamente, el fundamentalismo moldea al nacionalismo o produce nuevos nacionalismos. Pero es necesario entender hasta qué punto se trata de movimientos profundos en contra de la pérdida de sustancia, de seguridad, de identidad. Lo interesante es que en los Estados Unidos el reaganismo constituye más que un movimiento de balanza un fundamentalismo a la americana, es decir, una nueva adhesión entusiasta a los mitos fundadores de la identidad americana y a los valores específicos de ese país, incluyendo, sobre todo, la exaltación de la libre empresa.


C.D. - ¿Entonces por qué existe tanto interés por el liberalismo en Francia?


E.M. - La reciente difusión del mensaje neoliberal americano no se ha llevado a cabo solamente por el éxito actual de la economía americana sobre la recesión y el desempleo. Corresponde a otro tipo de problema real de nuestras sociedades en Europa occidental, donde se plantea conjuntamente el problema de los antídotos contra la burocratización técnica de los Estados y el de la anemia del Estado benefactor.


En lo que a nosotros concierne no debemos olvidar que la tradición libertaria es de izquierda y que en el neoliberalismo americano existe un componente "libertario", un brote metamórfico de las aspiraciones libertarias de la contracultura de los años sesenta. Tampoco debemos ignorar las brutalidades y cargas burocráticas que pesan sobre los ciudadanos, y más aún sobre los no ciudadanos que son los inmigrantes; además de los estragos que causa el cretinismo, tecnocrático en la vida social. Aquellos que jamás han esperado frente a nuestras ventanillas de la Seguridad Social, de la prefectura de policía, del correo; aquellos que renuevan su tarjeta de identidad gracias a una llamada telefónica con recomendación, no conocen las lágrimas, los sufrimientos y las desgracias que provoca la burocracia francesa sobre cientos de miles de seres desarmados.


Por otra parte, la experiencia de la Unión Soviética nos ha demostrado que la planificación generalizada del Estado no representa un progreso en la administración consciente de la sociedad por sí misma, sino la omnipotencia de la Nomeklatura y la coacción arbitraria sobre una economía que no encuentra oxígeno más que en el mercado negro y en la astucia.


También les decía a los funcionarios de la "izquierda" que cuando escuchen la palabra liberalismo no desenfunden su pistola sino que reflexionen. Se debe considerar como un verdadero problema la simbiosis de las regulaciones conscientes, voluntarias, emanadas del Estado con las regulaciones espontáneas, sin control, que vienen no solamente del "mercado" sino de la interacción social de todo tipo. Necesitamos a la vez más Estado -para asumir la función de arbitraje y de resistencia a las corporaciones y a los feudos y menos Estado -para aligerar la opresión técnica y burocrática y así desanquilosar la vitalidad social. Aquellos que en la izquierda se rehúsan a pensar estas cuestiones alegando que la crítica del Estado la hace la derecha, se suman a la procesión interminable de los que durante décadas se taparon los ojos "para no hacerle el juego al adversario". Por lo que deberían adoptar como adversario a Marx, que deseaba la supresión del Estado, y a Lenin, que lo anunciaba con alguna imprudencia en El Estado y la revolución.


Hay ciertamente dos formas de oponerse al Estado: una, la de la derecha, que se opone a cualquier idea de solidaridad, de redistribución y de equidad para que los mecanismos económicos actúen plenamente (sin embargo este antiestatismo económico puede reclamar al mismo tiempo un crecimiento incontrolado de los poderes del Estado-gendarme); la otra, que a mi juicio es de izquierda, se opone a los excesos del Estado, a sus accesos de omnipotencia, a su empresa omnipresente, a su anonimato sin entrañas. Debo añadir que la complejidad social tiene necesidad de desórdenes, de conflictos, de antagonismos que además se regulan entre sí, si se respetan las reglas del juego común: pero también para evitar que los desórdenes no la arruinen y que los antagonismos no se vuelvan crueles, despiadados y bestiales, la complejidad social tiene necesidad de una gran solidaridad, así como de un vivo sentimiento comunitario.


C.D. -¿Cree usted en las virtudes de la crisis?


E.M. -Creo en sus vicios y en sus virtudes. Tienen el mismo origen: la desestabilización que ocasiona una crisis puede suscitar ya sea una regresión o un avance. La crisis puede cuestionar los viejos esquemas y modelos, incitar a la invención, favorecer nuevas ideas. Puede también hacer retroceder a la inteligencia, favorecer la inmolación de chivos expiatorios y empujarnos a creer en las soluciones milagrosas.


Pienso que debemos reflexionar sobre la complejidad de nuestra crisis. Esta no es sólo una recesión banal sino una crisis multidimensional: está ligada a las enormes transformaciones del tejido social, con el desarrollo de la informática que más que una nueva tecnología es la cerebralización artificial de la sociedad. La crisis es inseparable no sólo del desequilibrio monetario entre los Estados Unidos y los otros países, y del desequilibrio económico entre países ricos y pobres, sino de todas las convulsiones políticas, militares, étnicas, religiosas que sacuden a este planeta en agonía. No olvidemos que la crisis es parte de la guerra del Medio Oriente y que nos llegó a través del encarecimiento del petróleo. Por lo tanto debemos pensar, más allá de lo inmediato y a una escala mucho mayor sobre problemas urgentes como los que impone la modernización.


C.D. --¿No es aterrador saber que la crisis de 1929 se solucionó con la Segunda Guerra Mundial?


E.M. -No sabemos cómo llegará la solución y si habrá alguna. Sin embargo, en Europa, existe una diferencia extraordinaria en relación con la crisis de los años treinta. Aquella había fermentado inmensas esperanzas y furores: avivó las dos mitologías de la Salvación política, la nacionalsocialista y la socialista nacional (URSS). Nosotros entramos en la crisis en 1973, al mismo tiempo que retrocedían como nunca los mesianismos y los mitos de la salvación política. Los mitos fascistas ya se habían desintegrado bajo el desmoronamiento de la Alemania nazi en 1945 y no se les volvió a permitir otro gran renacimiento. Después, con el informe de Kruchev se comenzó a autodestruir la mitología de la URSS , endureciéndose lentamente hasta 1973.


Entre 1973 y 1975 ya no podíamos desconocer, definitivamente, lo que es el Gulag y la Nomenklatura. Al mismo tiempo que con Lin Piao y la "banda de los cuatro" se autodestruye el mito chino, los mitos de Vietnam, Camboya y Cuba se autodeshonran a su manera. Los últimos sueños del 68 se dispersan. Desaparece la Gran Esperanza y en el mercado ideológico desaparece también la Promesa de Salvación. Sólo queda basura.


Es evidente que estamos en un momento de transición. Espero que no volvamos a enfrentarnos con la alternativa libertad-servidumbre, o democracia-totalitarismo aunque esté presente de manera implícita en la situación europea. Todo aquello que logre aumentar nuestra debilidad y reforzar al nuevo imperio la actualizará. De la misma manera, la alternativa vida-muerte pesa sobre nuestras cabezas y puede realizarse si se juega en Europa un póker termonuclear. Sin embargo, lo probable no es siempre seguro. Aún veremos cosas sorprendentes y tendremos que esperar lo que venga de lo inesperado.


Entrevista a Jürgen Habermas (1929-2026)

 Entrevista a Jürgen Habermas: la Modernitat, obsoleta?

Jürgen Habermas (1929-2026): el último filósofo de la modernidad

Entrevistas In Memoriam





Hoy publicamos la versión inédita de una de sus últimas grandes entrevistas —una defensa sin ilusiones de la Ilustración y de Europa—.


Daniel Steinmetz-Jenkins 14 de marzo de 2026, leGrandContinent

Esta entrevista es la versión íntegra de una entrevista publicada en The Nation el 7 de julio de 2025.


El título de su libro, Auch eine Geschichte der Philosophie (literalmente, «También una historia de la filosofía*»), despierta inmediatamente la curiosidad, sobre todo en cuanto a lo que puede significar ese «también». ¿Por qué eligió este título?

A primera vista, se trata simplemente de un gesto de modestia. Toda historia revela la perspectiva de su autor. ¡Necesito incluso la totalidad del primer volumen de la traducción inglesa en tres tomos para explicar mi perspectiva! Sin embargo, si se analiza más de cerca, mi enfoque de la historia de la filosofía occidental es totalmente distintivo —y quiero también llamar la atención sobre este punto—.


Quiero mostrar que «nuestra» comprensión moderna de la razón y la autonomía es el resultado de procesos de aprendizaje. Con este proyecto, me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.


¿Por qué?

Estamos asistiendo, y no sólo en Alemania, a una profusión de estudios, incluso entre mis colegas de las ciencias sociales, que dan por sentado el fin de la modernidad con cierta indiferencia —o incluso cierta dureza—.


Y, en efecto, existen numerosos indicios empíricos de que no sólo están amenazados los grandes logros políticos de la modernidad, sino también de que el estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza. Lo que más me llama la atención en estos rechazos, con un simple encogimiento de hombros, de toda una época, es la insensibilidad ante el hecho de que esta forma moderna de pensar se ha llevado a cabo de manera autocrítica desde el principio.


Un legado intelectual de este tipo, cuyo propio modo de transmisión implica una autotransformación, no puede ser indiferentemente dejado de lado, descartado y olvidado como un período pasado de la historia humana. Pero hoy resulta igualmente insuficiente limitarse a insistir una vez más en una tradición que en su día se afirmó contra todo lo que era pura tradición. Por eso emprendo la ambiciosa tarea de demostrar, a través de una filosofía de la historia, que nuestros conceptos autoritarios de razón y autonomía son el producto de largos procesos de aprendizaje. Si esto puede demostrarse, entonces estos conceptos poseen una resistencia muy diferente.


Lo que hemos adquirido mediante el aprendizaje sólo puede, en el mejor de los casos, ser superado por un aprendizaje posterior. Mientras no sea así, lo aprendido puede, como mucho, ser reprimido, pero no olvidado por completo. Al estar reprimido, no desaparece, sino que permanece activo como resistencia.


No es casualidad que mi libro concluya con capítulos dedicados a las condiciones de posibilidad de la investigación cooperativa y a las prácticas de la moralidad racional y la democracia constitucional. Dado que son el resultado de largos procesos de aprendizaje filosófico, tales logros pueden, en el peor de los casos, ser suprimidos, pero no sin dejar huellas en la historia a las que las generaciones futuras podrán volver.


Me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.

Jürgen Habermas


Usted adopta en la historia de la filosofía una posición más hegeliana de lo que sin duda había hecho nunca, al destacar una continuidad de preocupaciones desde los presocráticos hasta el siglo XIX. ¿Por qué este énfasis en la continuidad en lugar de en la ruptura —o al menos en la discontinuidad discursiva—?

Yo no veo las cosas así.


La impresión —que quizás tiene usted— de que mi exposición sigue la lógica interna de los problemas planteados de manera convencional se debe quizás al hecho de que me esfuerzo por sacar a la luz los procesos de aprendizaje. Ahora bien, a través de estos procesos de aprendizaje, la filosofía responde a los retos que se le plantean de manera más o menos contingente. Tal y como yo la concibo, la tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente el tipo de comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos a la que siempre nos enfrentamos en nuestro mundo vivido (Lebenswelt).


Esto es lo que significa la expectativa que se tiene de la filosofía: contribuir a «una mejor comprensión del mundo». La filosofía logra esto a la luz de los mejores conocimientos disponibles en la sociedad sobre el mundo. En su interpretación, se siente especialmente desafiada por los nuevos avances del conocimiento o por cambios históricos sorprendentes que devalúan o amplían la comprensión actual de uno mismo.


Entre los ejemplos contemporáneos se incluyen el papel de los descubrimientos biogenéticos en la medicina reproductiva, el papel de los procesos de inteligencia artificial en el mundo laboral o los cambios geopolíticos más profundos a raíz del declive de la superpotencia. El papel de la filosofía es ayudar a explicar lo que los descubrimientos revolucionarios o los cambios históricos significan en cada caso para nosotros como seres humanos, contemporáneos e individuos. En cualquier caso, la filosofía se distingue de la ciencia en sentido estricto por esta referencia reflexiva a la comprensión individual y colectiva de uno mismo y del mundo que se da en la sociedad. 


La filosofía es, sin duda, también una forma de pensamiento científico —y su modo de elaborar una comprensión de uno mismo iluminada por la ciencia requiere asimismo un enfoque científico para tratar los conocimientos científicos relevantes para el mundo vivido o para hacer frente a los cambios políticos invasivos—. Sin embargo, sería fácil confundir este papel particular de la filosofía con la ciencia en general, ya que la actividad científica se desarrolló en gran parte en el marco institucional de la filosofía hasta que surgió la ciencia natural moderna y adquirió su independencia.


Pero, en mi opinión, la filosofía se distingue como tal por su modo de elaborar una comprensión general de uno mismo en relación con todo lo que afecta al trasfondo de nuestro mundo vivido orientador.


En este sentido, la filosofía no es sólo una ciencia entre otras: articula nuestra comprensión de nosotros mismos respondiendo a los nuevos conocimientos y a las nuevas situaciones de la vida, en la medida en que estos perturban y amplían nuestra comprensión anterior del mundo y de nosotros mismos.


Así es como explico el inicio de la filosofía y, más ampliamente, la aparición de esas visiones del mundo axiales que caracterizo brevemente y comparo en el primer volumen de mi obra.


Estas visiones del mundo pueden vincularse al intento de explicar las disonancias cognitivas que debieron surgir cuando la comprensión mítica del mundo y el pensamiento mágico ya no podían explicar las sofisticadas observaciones cosmológicas, los experimentos médicos o las consideraciones matemáticas de las civilizaciones avanzadas de la Antigüedad. A lo largo de su historia, y sobre todo desde el advenimiento de la ciencia moderna, la filosofía ha respondido de manera similar al aumento de los conocimientos sobre los acontecimientos del mundo y, en un sentido más amplio, a los choques sufridos por nuestra comprensión de nosotros mismos.


La tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente la comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos.

Jürgen Habermas


Pero más allá de su función interpretativa, ¿no tiene la filosofía también verdaderos objetos científicos y no produce sus propios conocimientos?

Sí, en este sentido, el campo de investigación propio de la filosofía comprende naturalmente las condiciones de la percepción y de todo conocimiento posible en general, así como el análisis de las condiciones de la acción y de la comprensión lingüística.


Sin embargo, su verdadero tema es más general: una elucidación guiada metódicamente de la comprensión general del mundo y de nosotros mismos, en la que nosotros y nuestros contemporáneos debemos apoyarnos siempre para orientarnos en el mundo vivido. La filosofía estudia generalmente la socialización comunicativa de los sujetos capaces de actuar como condiciones de posibilidad de la comprensión de sí mismo y del mundo propio del mundo vivido. Pero una historia de la filosofía también debe abordar los cambios que su papel sufre dentro de su propia sociedad. Su función más manifiesta es aportar contribuciones críticas a la legitimación de la forma respectiva de poder político. En nuestras sociedades occidentales modernas, sigue siendo una voz influyente en los debates sobre cuestiones constitucionales fundamentales.


El libro vincula el poder de la razón moderna con el desarrollo de las primeras religiones y las visiones antiguas del mundo.

A primera vista, puede parecer sorprendente que haga del discurso sobre la fe y el saber el tema de una historia de la filosofía occidental. Pero hay varias razones para ello. Karl Jaspers me convenció en primer lugar cuando sostuvo que la filosofía occidental pertenece a las visiones del mundo que surgieron durante lo que él denomina la «edad axial» (Achsenzeit), es decir, hacia mediados del primer milenio antes de nuestra era, en el marco de las cinco o seis civilizaciones más avanzadas de la época.


Por eso, antes de presentar la historia de la filosofía en sentido estricto, propuse primero una breve comparación de los orígenes del judaísmo, el budismo, el confucianismo y el taoísmo, así como de la filosofía griega clásica hasta Platón. Por un lado, esto al menos pone en perspectiva la historia de la filosofía occidental. Porque, a pesar de los ambiciosos discursos interculturales suscitados por ocasiones particulares, seguimos careciendo de una comparación suficientemente sistemática de las trayectorias históricas de las grandes tradiciones mencionadas, que se extienden hasta los discursos políticos contemporáneos. Los intereses conflictivos y las amenazas potenciales son una cosa. Pero las justificaciones que se les aportan constituyen la única moneda con la que los problemas acuciantes que deben negociarse en una sociedad mundial económicamente integrada pueden resolverse de manera cooperativa.


En nuestro contexto, el examen de la era axial nos recuerda además que la filosofía occidental moderna también surge de la combinación de dos visiones del mundo axiales con estructuras muy opuestas. 


La combinación del platonismo y las enseñanzas del cristianismo primitivo, que tuvo lugar bajo el Imperio romano, influyó en la filosofía occidental durante mil quinientos años. Me interesan especialmente las consecuencias decisivas que tuvo el legado bíblico al determinar el curso del desarrollo. Por un lado, moldeó los supuestos ontológicos de la ciencia natural moderna a través del nominalismo; por otro, determinó la historia del derecho natural europeo a través de la recepción del derecho romano.


Hoy, considero especialmente importante recordar cómo el desarrollo hacia el derecho natural racional moderno, acelerado por las guerras de religión, ya condujo a la idea kantiana de una «condición general del derecho» (allgemeiner Rechtszustand) vinculante para todos los Estados. Según esta idea, un sistema de leyes universales y estrictamente vinculantes, válido a escala mundial, debería garantizar que los ciudadanos de todos los países disfruten, en principio, de los mismos derechos individuales. El concepto actual de derechos humanos refleja los principios de la teoría moral de Kant: la universalidad, el carácter individualista y la validez vinculante de las normas justificadas.


Sin embargo, el contexto histórico, político y social en el que esta idea abstracta puede hacerse realidad fue tomado en serio por primera vez por Hegel y los grandes pensadores que le sucedieron, aunque en un sentido profundamente crítico. Feuerbach, Marx, Kierkegaard y los pragmatistas estadounidenses fueron los primeros en comprometerse simultáneamente con Kant y Hegel y su legado religioso, preparando así el terreno para la filosofía contemporánea.


Nunca he creído en la idea ingenua del fin de la historia. 

Jürgen Habermas


¿Pero no surgieron enfoques filosóficos totalmente diferentes a raíz de Hume?


Por supuesto. Y por eso, por cierto, mi construcción de la historia de la filosofía se basa en el debate entre Kant y Hume. 


El resultado de este debate determina también la forma en que se entiende la tarea de la filosofía en general y el tipo de filosofía que se desea practicar.


¿Es la filosofía una ciencia particular —una de las muchas disciplinas que utiliza sus herramientas de análisis conceptual para estudiar su propio objeto claramente delimitado—?. ¿O bien, más que una ciencia en sentido estricto, no es su función esencialmente la de un intérprete que se esfuerza por elucidar metódicamente la comprensión de uno mismo y del mundo en un momento dado a la luz de lo que se conoce del mundo?


Con Hume y Kant, estas dos vías de la filosofía moderna no divergen, naturalmente, de forma tan clara como para que los pensadores puedan asignarse siempre fácilmente a una u otra —y ciertamente no tan claramente como para que ambas partes no aprendan constantemente unas de otras. No obstante, es posible distinguir una comprensión estrecha, científicamente limitada, de la pretensión interpretativa más amplia de un discurso de la modernidad. Este último sigue la línea trazada por el idealismo alemán. Independientemente de los intercambios entre estas dos corrientes, esta distinción puede hacerse sin juicio de valor. En su propio trabajo, sin embargo, se tiende a alinearse con uno u otro lado.


Su crítica de la «racionalidad científica», formulada a finales de la década de 1960, la presenta como una ideología que legitima las sociedades capitalistas al reducir la racionalidad a la resolución de problemas, la política a la administración y el cambio social a la eficacia. En su libro, el cientificismo funciona como una respuesta a la pérdida de la seguridad metafísica, comparable al literalismo de los cristianos fundamentalistas. Por otro lado, el falibilismo, como concepto claramente científico, define un núcleo esencial de su enfoque. ¿Cómo describiría su actitud hacia el conocimiento y la ciencia? ¿Ha cambiado esta actitud?


Nunca he criticado la racionalidad científica como tal. La filosofía también debe hacer uso de esta racionalidad. Tanto ayer como hoy, mis reservas nunca se han dirigido contra el esclarecimiento científico —y mucho menos contra las ciencias en sí mismas—, sino contra el «cientificismo» (Szientismus), que busca construir una «visión del mundo» sobre la base de los resultados de sentido común de las diversas ciencias.


Esta tendencia era más evidente en el positivismo lógico del Círculo de Viena, que volvió a cobrar influencia tras la Segunda Guerra Mundial gracias a los conocidos emigrados en Estados Unidos. Independientemente de su importante labor filosófica, es esta intención la que siempre me ha parecido engañosa. La idea de una «cosmovisión científica» pasa por alto la necesidad de conectarse con una comprensión de uno mismo y del mundo que la filosofía encuentra siempre ya en el mundo vivido. Pues incluso en la alusión a la naturaleza holística de una «imagen» del mundo en su conjunto contenida en el concepto de «cosmovisión», se refleja algo del carácter de esa comprensión de fondo ya presente y encontrada en «nuestro» mundo vivido —que nunca es plenamente objetivable y a través de la cual una persona se relaciona con algo en el mundo—.


El cientificismo no busca explicitar y, si es necesario, corregir el sentido común como tal mediante interpretaciones filosóficas, sino sustituirlo por una visión del mundo construida científicamente.


En la década de 1960, critiqué sobre todo las consecuencias políticas de esta idea, a saber, la desposesión de los ciudadanos de los Estados democráticos por parte de políticos que querían utilizar tal adoctrinamiento para promover un régimen tecnocrático supuestamente inevitable. En la América de Elon Musk, esto vuelve a resultar familiar… 


En la concepción de su historia de la filosofía, ¿en qué medida le ha influido Theodor W. Adorno, quien suponía que el contenido teológico se transformaría y migraría de algún modo al ámbito de lo secular?

Adorno se interesaba por las transformaciones que sufren los contenidos teológicos una vez que migran al ámbito secular y, es cierto, esta idea siempre me ha conmovido.


Ya fue determinante para mí cuando exploré la apropiación de los motivos teológicos en este sentido transformador en El discurso filosófico de la modernidad. En mi historia de la filosofía, sin embargo, quería trazar las etapas por las que el desarrollo mencionado del derecho natural cristiano hacia el derecho natural racional moderno conduce a una justificación discursiva de los derechos fundamentales y los derechos humanos. De este modo, la filosofía puede proporcionar una justificación razonable de los principios constitucionales del Estado de derecho democrático frente al creciente potencial de extremismo de derecha actual. Así, la filosofía puede aportar al Estado constitucional un apoyo de un orden totalmente distinto al de la visión jurídica positivista, que, en definitiva, fundamenta la pretensión de validez de una constitución no en la fuerza de las buenas razones, sino únicamente en la expresión de la voluntad del legislador.


La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundado en la naturaleza humana.

Jürgen Habermas


Adorno no sólo creía que el mito ya contenía la Ilustración; también parecía sugerir que la propia Ilustración se asemeja a un mito. ¿Está de acuerdo?


Adorno siguió a Horkheimer en esta línea de pensamiento en la Dialéctica de la razón, y no fue hasta la Dialéctica negativa cuando esta fue sustituida por una interpretación estrictamente adorniana. Peter Gordon lo ha explicado recientemente con gran claridad.


El punto de partida de Adorno es la idea de que el todo es falso (das Ganze ist das Unwahre). Pero entonces la dialéctica negativa muestra cómo, desde el interior de ese «todo falso» y en el resplandor de su violencia, podemos, no obstante, asegurarnos de retener fragmentos de felicidad. Aunque concebida en términos totalmente seculares, la radicalidad de esta idea delata su origen teológico. He intentado explicar por qué no puedo seguir esta idea en mi larga conversación con Stefan Müller-Doohm y Roman Yos, que acaba de publicarse en inglés.


Max Weber es bien conocido por su distinción entre hechos y valores, o entre ciencia y política. Según Weber, la ciencia puede producir conocimientos universales, pero no puede crear sentido. El sentido sólo puede surgir de la interpretación de los hechos a través de los valores. Si seguimos a Weber en esto, abandonamos el ámbito de la verdad universal y, al mismo tiempo, nos enfrentamos a «visiones del mundo racionalmente incompatibles». A diferencia de Weber, usted no comparte la visión pesimista de la historia que se deriva de su argumento.


La perspectiva de Max Weber es la de un sociólogo e historiador que ve la historia como un campo de batalla de sistemas de creencias rivales.


Hoy, la propia historia corrobora esta perspectiva, como lo demuestran ejemplos evidentes como el renovado conflicto entre las potencias nucleares que son la India y Pakistán. Por otra parte, Weber no tuvo que enfrentarse al contraejemplo que constituye el establecimiento de un orden internacional basado en los derechos humanos.


El hecho de que las Naciones Unidas surgieran de los horrores de la Segunda Guerra Mundial puede explicar por qué este sistema jurídico es reconocido por 193 Estados. En nuestro contexto, sin embargo, lo interesante es el hecho general de que las normas pueden pretender tener primacía sobre los valores particulares de sus diversos destinatarios, siempre que la validez de dichas normas se base en su reconocimiento general. Dicho consentimiento puede basarse en compromisos y, por lo tanto, en el acuerdo contingente de intereses diferentes. Sin embargo, se trata de una base frágil, ya que los intereses pueden cambiar en cualquier momento


Por esta razón, la validez de las normas jurídicas debe basarse, en principio, en razones de peso que resulten convincentes para todos sus destinatarios. Max Weber no reconoce la racionalidad que las normas reconocidas pueden reivindicar frente a las simples orientaciones de valor.


Por consiguiente, la cuestión de si será posible domesticar el belicismo de las grandes potencias sigue siendo, por el momento, una cuestión política abierta. La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundamentado en la naturaleza humana.


Los orígenes de la teoría crítica residen en el marxismo, el psicoanálisis y la crítica del poder, de la ideología y de la dominación. Estas ideas están menos presentes en su libro, aunque hayan desempeñado un papel fundamental en sus trabajos anteriores. ¿Cómo sitúa este trabajo en relación con la teoría crítica en sentido amplio?


En el prefacio de mi libro, también mencioné el ensayo de 1937 de Horkheimer y Marcuse, «Filosofía y teoría crítica» (Philosophie und Kritische Theorie), publicado en la Zeitschrift für Sozialforschung, que puede considerarse el documento fundacional de la Teoría Crítica. Sigo en deuda con esta fuente por las hipótesis teóricas sociales fundamentales que han constituido el trasfondo de mi historia de la filosofía tal y como he intentado esbozarla. 


Pero estas hipótesis en sí mismas no son el tema del libro.


Por otra parte, si me preguntan qué ha sido de la conexión con la tradición del marxismo occidental, recordaré que la investigación de la Teoría crítica se centró desde sus inicios en explicar la estabilidad del capitalismo a pesar de todas sus crisis. Y en lo que respecta a mi implicación en la política cotidiana de Alemania Occidental, debo confesar que, como hombre de izquierdas, me preocupaba principalmente la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, inicialmente, seguía profundamente apegada al régimen nazi.


En cuanto al desarrollo capitalista, una transformación revolucionaria del orden económico liberal establecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial ya no era, en cualquier caso, viable en las condiciones de la competencia sistémica con el régimen soviético. Desde el final de la Guerra Fría, la presión para una reforma radical del régimen del neocapitalismo mundial sólo podría haber venido, en el mejor de los casos, desde el interior de las democracias capitalistas. A partir del período de la posguerra, mi propio interés se orientó hacia las reformas del Estado del bienestar que, de haber sido lo suficientemente radicales, podrían haber cambiado las democracias capitalistas hasta hacerlas irreconocibles.


Sin embargo, a la sombra de una superpotencia en declive, asistimos actualmente al surgimiento de nuevos frentes con la infiltración de la extrema derecha en las democracias liberales, tanto a nivel nacional como mundial. En Estados Unidos, los grandes grupos mediáticos parecen estar aliándose para establecer un régimen económico libertario, autoritario y dirigido de forma tecnocrática. En la actualidad, nos conformaríamos con que nuestras democracias capitalistas pudieran defenderse del populismo de derecha, pero, al parecer, ni siquiera eso es ya posible sin amplias reformas del capitalismo.


El estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza.

Jürgen Habermas


¿Dónde sitúa usted su libro en su propio proceso de aprendizaje intelectual como filósofo, pensador político e intelectual en la esfera pública?


La perseverancia que exige esta ocupación en mi vejez ha creado cierta distancia entre mí y las teorías individuales a las que había contribuido anteriormente —como las cuestiones fundamentales de la teoría social, la filosofía del lenguaje, la teoría moral y jurídica, y la teoría democrática—. 


En este proceso, he tomado conciencia de lo que la filosofía en general puede —y debería— lograr.


Por último, me ha resultado sorprendentemente interesante conocer las circunstancias difíciles y a menudo políticamente complicadas en las que muchos de nuestros autores clásicos crearon sus obras, sobre todo en comparación con las circunstancias relativamente sin obstáculos que yo he conocido desde el final de la guerra. Es sorprendente ver cuántos de ellos llevaron una segunda vida pública marcada por las luchas —además de su vida como autores—.


Usted ha vivido una larga vida en la que ha sido testigo de la división de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, de su reunificación y del fin de la Guerra Fría, así como de su ascenso al rango de primera potencia político-económica liberal del continente europeo. ¿Podría haber imaginado los cambios actuales como una posibilidad en la década de 1990, en una época en la que muchos abrazaban una filosofía de la historia que sugería el advenimiento de su fin?


Nunca creí en la idea ingenua del fin de la historia.


Sin embargo, la abrupta ruptura actual con la historia del ascenso continuo de Alemania bajo la protección de Estados Unidos me ha tomado por sorpresa. Para mí, sin embargo, esto no significa una ruptura con una «filosofía de la historia» en el sentido habitual en que se entiende —el de una historia que progresaría hacia un objetivo—.


Al fin y al cabo, se trata de otra cuestión distinta a la que aborda este libro, que consiste en buscar el impulso de los procesos de aprendizaje alentadores en los que podemos apoyarnos, plenamente conscientes de las contingencias históricas —procesos de aprendizaje con los que sería prudente intentar retomar el contacto hoy—. La decisión de Trump de dar la espalda a la tradición política de Occidente ha dejado, evidentemente, a Alemania, y a Europa en su conjunto, en una situación bastante difícil.


Me preocupaba la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, en un principio, seguía profundamente apegada al régimen nazi.

Jürgen Habermas



Al igual que en Estados Unidos, la democracia liberal en Alemania parece hoy asediada. Alternativa para Alemania (AfD) parece haber entrado en la corriente dominante, como lo demuestra recientemente la creciente voluntad de los Demócratas Cristianos de cooperar con ella, especialmente en materia de políticas antiinmigración. ¿Le sorprende este crecimiento de la AfD?


Sí, el crecimiento continuo de un partido cuyos dirigentes están tan estrechamente vinculados a ideas fascistas —tan estrechamente que ni siquiera el partido de Marine Le Pen en Francia quiere tener nada que ver con ellos— es alarmante, sobre todo porque aún no hemos encontrado una explicación plausible a su constante crecimiento.


Si esta evolución se debe, en esencia, a que muchos votantes se sienten abrumados por la complejidad de los problemas a los que se enfrentan los gobiernos nacionales, lo que les lleva a buscar soluciones sencillas en marcos nacionales familiares, entonces no veo una salida políticamente defendible a la situación en la que nos encontramos.


Tras la deserción de Estados Unidos y la desintegración política de Occidente, la Unión Europea no tiene más remedio que cambiar de rumbo respecto a su tímida política del statu quo y desarrollar una capacidad de actuar colectivamente en la política mundial. En primer lugar, la urgente necesidad de desarrollar una política de defensa europea común apunta hacia una integración europea reforzada. En un mundo sumido en fracturas geopolíticas, ¿cómo podrían los Estados europeos —incluso Alemania por sí sola— ser tomados en serio políticamente de otro modo? Por otra parte, el nuevo canciller, Friedrich Merz, sigue viviendo en el mundo de Wolfgang Schäuble y continúa considerando la cuestión europea únicamente desde la perspectiva de la política económica alemana.


Ante los cambios geopolíticos mundiales, no creo que el nuevo Gobierno alemán tenga la envergadura necesaria para hacer frente a los extraordinarios retos a los que se enfrenta.


Y parece poco probable que Europa sea capaz de escapar de la vorágine de la superpotencia en declive —y de los riesgos asociados a ella—.


 

Obituari: Jürgen Habermas (1929-2026)

 




"El filòsof i sociòleg alemany Jürgen Habermas* (Düsseldorf, 1929 - Stanberg, 2026) ha mort aquest dissabte amb 96 anys, segons ha informat l'editorial Suhrkamp en un comunicat en què cita la seva família. Habermas, que era un dels pensadors més importants del segle XX i formava part de la segona generació de l'Escola de Frankfurt, va començar la seva carrera a la dècada de 1950 a l’Institut d’Investigació Social amb Theodor W. Adorno. El 1961 es va doctorar a Marburg amb l’obra La transformació estructural de l’esfera pública." (Ara.cat, 14/3/26)

PD: La mort de Habermas marca la fi d'una etapa. Amb Ell, el pensament il·lustrat perd un dels últims bastions, dins d'un mar postil·lustrat. Un pensador que volia copsar el batec del nostre temps, hem eines forjades al llarg de tota la modernitat. Els seus llibres, no sempre amables amb els lectors, donaven idea de l'abast del seus coneixements enciclopèdics. Filosofia, sociologia, historia del pensament, un autèntic intel·lectual en temps de indigència

Obituari: John Roger Searle (1932-2025)

 


"Vostè creu en el progrés humà?

 I tant. Hem eliminat malalties. Aquí té un exemple de progrés humà: hi havia una època que els paios de la meva edat no podien anar per Europa fent gaire conferències, com faig jo. No sóc tan vell, encara sóc un nano! Només en tinc 82! Però hi va haver un temps que als 82 anys la gent no esquiava gaire, no corria, no empaitava noies, no bevia cervesa. I ara puc fer tot això.

I el progrés moral existeix? 

Dubto que existeixi. Vull dir, el feixisme va morir a Espanya, això està bé. És progrés moral. Però ara ha sorgit als països musulmans. Hi ha un califat. Que estúpid*."


PD: Llegeixo a Wikipedia:

"El juny de 2019, el Presidium d'UC Berkeley va trobar Searle culpable d'assetjar sexualment una exalumne i altres membres del personal el 2016, després de la qual cosa va ser privat de la membresia universitària i de l'estatus de professor emèrit."


Obituari: Arno A.Penzias (1933-2024)





"El 1964 , Arno i Bob estaven duent a terme experiments cosmològics amb l'antena Horn a Holmdel, NJ quan es van trobar amb un soroll continu que semblava venir de totes les parts del cel. Aquell soroll va resultar ser un dels descobriments científics més significatius del segle XX. Aquests senyals van ser els residus còsmics que van quedar del Big Bang, la gran explosió que va crear l'univers fa milers de milions d'anys.

L'Arno i el Bob tenien ambicions molt més modestes quan es van iniciar la seva recerca. Estaven investigant si l'antena Horn, que va ser dissenyada per captar senyals de satèl·lit des d'òrbita baixa, es podria utilitzar com a radiotelescopi que podria mirar dins dels límits de la nostra galàxia. Quan es van trobar per primera vegada el xiulet còsmic, van pensar que es tractava d'interferències provinents de ciutats properes o fins i tot de coloms que nien a la "banya" de l'antena.

Quan Arno i Bob finalment van reconèixer el senyal com a radiació còsmica de fons, van trobar la resposta a una de les preguntes més perplexes de la física. Abans del seu avenç, hi havia teories en competència sobre els orígens de l'univers. El seu descobriment va posar fi a aquest debat*."


L'existència de l'anomenada radiació de fons descoberta per Penzias i Wilson. Aquesta radiació -murmuri fòssil de la creació- és perceptible a tot arreu i adreces de l'espai, i només pot ser explicada com un residu electromagnètic, fotònic , del que va esdevenir en les primeríssimes fases de l'evolució de l'univers.  Això va enfortir la teoria del Big Bang. 



Entrevista a Edgar Morin

  Això escrivia al any 1960 Morin: "Actualment, la antropologia no pot prescindir d'una reflexió sobre: 1.- El principi de relativi...