Entrevista a Jürgen Habermas (1929-2026)

 Entrevista a Jürgen Habermas: la Modernitat, obsoleta?

Jürgen Habermas (1929-2026): el último filósofo de la modernidad

Entrevistas In Memoriam





Hoy publicamos la versión inédita de una de sus últimas grandes entrevistas —una defensa sin ilusiones de la Ilustración y de Europa—.


Daniel Steinmetz-Jenkins 14 de marzo de 2026, leGrandContinent

Esta entrevista es la versión íntegra de una entrevista publicada en The Nation el 7 de julio de 2025.


El título de su libro, Auch eine Geschichte der Philosophie (literalmente, «También una historia de la filosofía*»), despierta inmediatamente la curiosidad, sobre todo en cuanto a lo que puede significar ese «también». ¿Por qué eligió este título?

A primera vista, se trata simplemente de un gesto de modestia. Toda historia revela la perspectiva de su autor. ¡Necesito incluso la totalidad del primer volumen de la traducción inglesa en tres tomos para explicar mi perspectiva! Sin embargo, si se analiza más de cerca, mi enfoque de la historia de la filosofía occidental es totalmente distintivo —y quiero también llamar la atención sobre este punto—.


Quiero mostrar que «nuestra» comprensión moderna de la razón y la autonomía es el resultado de procesos de aprendizaje. Con este proyecto, me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.


¿Por qué?

Estamos asistiendo, y no sólo en Alemania, a una profusión de estudios, incluso entre mis colegas de las ciencias sociales, que dan por sentado el fin de la modernidad con cierta indiferencia —o incluso cierta dureza—.


Y, en efecto, existen numerosos indicios empíricos de que no sólo están amenazados los grandes logros políticos de la modernidad, sino también de que el estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza. Lo que más me llama la atención en estos rechazos, con un simple encogimiento de hombros, de toda una época, es la insensibilidad ante el hecho de que esta forma moderna de pensar se ha llevado a cabo de manera autocrítica desde el principio.


Un legado intelectual de este tipo, cuyo propio modo de transmisión implica una autotransformación, no puede ser indiferentemente dejado de lado, descartado y olvidado como un período pasado de la historia humana. Pero hoy resulta igualmente insuficiente limitarse a insistir una vez más en una tradición que en su día se afirmó contra todo lo que era pura tradición. Por eso emprendo la ambiciosa tarea de demostrar, a través de una filosofía de la historia, que nuestros conceptos autoritarios de razón y autonomía son el producto de largos procesos de aprendizaje. Si esto puede demostrarse, entonces estos conceptos poseen una resistencia muy diferente.


Lo que hemos adquirido mediante el aprendizaje sólo puede, en el mejor de los casos, ser superado por un aprendizaje posterior. Mientras no sea así, lo aprendido puede, como mucho, ser reprimido, pero no olvidado por completo. Al estar reprimido, no desaparece, sino que permanece activo como resistencia.


No es casualidad que mi libro concluya con capítulos dedicados a las condiciones de posibilidad de la investigación cooperativa y a las prácticas de la moralidad racional y la democracia constitucional. Dado que son el resultado de largos procesos de aprendizaje filosófico, tales logros pueden, en el peor de los casos, ser suprimidos, pero no sin dejar huellas en la historia a las que las generaciones futuras podrán volver.


Me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.

Jürgen Habermas


Usted adopta en la historia de la filosofía una posición más hegeliana de lo que sin duda había hecho nunca, al destacar una continuidad de preocupaciones desde los presocráticos hasta el siglo XIX. ¿Por qué este énfasis en la continuidad en lugar de en la ruptura —o al menos en la discontinuidad discursiva—?

Yo no veo las cosas así.


La impresión —que quizás tiene usted— de que mi exposición sigue la lógica interna de los problemas planteados de manera convencional se debe quizás al hecho de que me esfuerzo por sacar a la luz los procesos de aprendizaje. Ahora bien, a través de estos procesos de aprendizaje, la filosofía responde a los retos que se le plantean de manera más o menos contingente. Tal y como yo la concibo, la tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente el tipo de comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos a la que siempre nos enfrentamos en nuestro mundo vivido (Lebenswelt).


Esto es lo que significa la expectativa que se tiene de la filosofía: contribuir a «una mejor comprensión del mundo». La filosofía logra esto a la luz de los mejores conocimientos disponibles en la sociedad sobre el mundo. En su interpretación, se siente especialmente desafiada por los nuevos avances del conocimiento o por cambios históricos sorprendentes que devalúan o amplían la comprensión actual de uno mismo.


Entre los ejemplos contemporáneos se incluyen el papel de los descubrimientos biogenéticos en la medicina reproductiva, el papel de los procesos de inteligencia artificial en el mundo laboral o los cambios geopolíticos más profundos a raíz del declive de la superpotencia. El papel de la filosofía es ayudar a explicar lo que los descubrimientos revolucionarios o los cambios históricos significan en cada caso para nosotros como seres humanos, contemporáneos e individuos. En cualquier caso, la filosofía se distingue de la ciencia en sentido estricto por esta referencia reflexiva a la comprensión individual y colectiva de uno mismo y del mundo que se da en la sociedad. 


La filosofía es, sin duda, también una forma de pensamiento científico —y su modo de elaborar una comprensión de uno mismo iluminada por la ciencia requiere asimismo un enfoque científico para tratar los conocimientos científicos relevantes para el mundo vivido o para hacer frente a los cambios políticos invasivos—. Sin embargo, sería fácil confundir este papel particular de la filosofía con la ciencia en general, ya que la actividad científica se desarrolló en gran parte en el marco institucional de la filosofía hasta que surgió la ciencia natural moderna y adquirió su independencia.


Pero, en mi opinión, la filosofía se distingue como tal por su modo de elaborar una comprensión general de uno mismo en relación con todo lo que afecta al trasfondo de nuestro mundo vivido orientador.


En este sentido, la filosofía no es sólo una ciencia entre otras: articula nuestra comprensión de nosotros mismos respondiendo a los nuevos conocimientos y a las nuevas situaciones de la vida, en la medida en que estos perturban y amplían nuestra comprensión anterior del mundo y de nosotros mismos.


Así es como explico el inicio de la filosofía y, más ampliamente, la aparición de esas visiones del mundo axiales que caracterizo brevemente y comparo en el primer volumen de mi obra.


Estas visiones del mundo pueden vincularse al intento de explicar las disonancias cognitivas que debieron surgir cuando la comprensión mítica del mundo y el pensamiento mágico ya no podían explicar las sofisticadas observaciones cosmológicas, los experimentos médicos o las consideraciones matemáticas de las civilizaciones avanzadas de la Antigüedad. A lo largo de su historia, y sobre todo desde el advenimiento de la ciencia moderna, la filosofía ha respondido de manera similar al aumento de los conocimientos sobre los acontecimientos del mundo y, en un sentido más amplio, a los choques sufridos por nuestra comprensión de nosotros mismos.


La tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente la comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos.

Jürgen Habermas


Pero más allá de su función interpretativa, ¿no tiene la filosofía también verdaderos objetos científicos y no produce sus propios conocimientos?

Sí, en este sentido, el campo de investigación propio de la filosofía comprende naturalmente las condiciones de la percepción y de todo conocimiento posible en general, así como el análisis de las condiciones de la acción y de la comprensión lingüística.


Sin embargo, su verdadero tema es más general: una elucidación guiada metódicamente de la comprensión general del mundo y de nosotros mismos, en la que nosotros y nuestros contemporáneos debemos apoyarnos siempre para orientarnos en el mundo vivido. La filosofía estudia generalmente la socialización comunicativa de los sujetos capaces de actuar como condiciones de posibilidad de la comprensión de sí mismo y del mundo propio del mundo vivido. Pero una historia de la filosofía también debe abordar los cambios que su papel sufre dentro de su propia sociedad. Su función más manifiesta es aportar contribuciones críticas a la legitimación de la forma respectiva de poder político. En nuestras sociedades occidentales modernas, sigue siendo una voz influyente en los debates sobre cuestiones constitucionales fundamentales.


El libro vincula el poder de la razón moderna con el desarrollo de las primeras religiones y las visiones antiguas del mundo.

A primera vista, puede parecer sorprendente que haga del discurso sobre la fe y el saber el tema de una historia de la filosofía occidental. Pero hay varias razones para ello. Karl Jaspers me convenció en primer lugar cuando sostuvo que la filosofía occidental pertenece a las visiones del mundo que surgieron durante lo que él denomina la «edad axial» (Achsenzeit), es decir, hacia mediados del primer milenio antes de nuestra era, en el marco de las cinco o seis civilizaciones más avanzadas de la época.


Por eso, antes de presentar la historia de la filosofía en sentido estricto, propuse primero una breve comparación de los orígenes del judaísmo, el budismo, el confucianismo y el taoísmo, así como de la filosofía griega clásica hasta Platón. Por un lado, esto al menos pone en perspectiva la historia de la filosofía occidental. Porque, a pesar de los ambiciosos discursos interculturales suscitados por ocasiones particulares, seguimos careciendo de una comparación suficientemente sistemática de las trayectorias históricas de las grandes tradiciones mencionadas, que se extienden hasta los discursos políticos contemporáneos. Los intereses conflictivos y las amenazas potenciales son una cosa. Pero las justificaciones que se les aportan constituyen la única moneda con la que los problemas acuciantes que deben negociarse en una sociedad mundial económicamente integrada pueden resolverse de manera cooperativa.


En nuestro contexto, el examen de la era axial nos recuerda además que la filosofía occidental moderna también surge de la combinación de dos visiones del mundo axiales con estructuras muy opuestas. 


La combinación del platonismo y las enseñanzas del cristianismo primitivo, que tuvo lugar bajo el Imperio romano, influyó en la filosofía occidental durante mil quinientos años. Me interesan especialmente las consecuencias decisivas que tuvo el legado bíblico al determinar el curso del desarrollo. Por un lado, moldeó los supuestos ontológicos de la ciencia natural moderna a través del nominalismo; por otro, determinó la historia del derecho natural europeo a través de la recepción del derecho romano.


Hoy, considero especialmente importante recordar cómo el desarrollo hacia el derecho natural racional moderno, acelerado por las guerras de religión, ya condujo a la idea kantiana de una «condición general del derecho» (allgemeiner Rechtszustand) vinculante para todos los Estados. Según esta idea, un sistema de leyes universales y estrictamente vinculantes, válido a escala mundial, debería garantizar que los ciudadanos de todos los países disfruten, en principio, de los mismos derechos individuales. El concepto actual de derechos humanos refleja los principios de la teoría moral de Kant: la universalidad, el carácter individualista y la validez vinculante de las normas justificadas.


Sin embargo, el contexto histórico, político y social en el que esta idea abstracta puede hacerse realidad fue tomado en serio por primera vez por Hegel y los grandes pensadores que le sucedieron, aunque en un sentido profundamente crítico. Feuerbach, Marx, Kierkegaard y los pragmatistas estadounidenses fueron los primeros en comprometerse simultáneamente con Kant y Hegel y su legado religioso, preparando así el terreno para la filosofía contemporánea.


Nunca he creído en la idea ingenua del fin de la historia. 

Jürgen Habermas


¿Pero no surgieron enfoques filosóficos totalmente diferentes a raíz de Hume?


Por supuesto. Y por eso, por cierto, mi construcción de la historia de la filosofía se basa en el debate entre Kant y Hume. 


El resultado de este debate determina también la forma en que se entiende la tarea de la filosofía en general y el tipo de filosofía que se desea practicar.


¿Es la filosofía una ciencia particular —una de las muchas disciplinas que utiliza sus herramientas de análisis conceptual para estudiar su propio objeto claramente delimitado—?. ¿O bien, más que una ciencia en sentido estricto, no es su función esencialmente la de un intérprete que se esfuerza por elucidar metódicamente la comprensión de uno mismo y del mundo en un momento dado a la luz de lo que se conoce del mundo?


Con Hume y Kant, estas dos vías de la filosofía moderna no divergen, naturalmente, de forma tan clara como para que los pensadores puedan asignarse siempre fácilmente a una u otra —y ciertamente no tan claramente como para que ambas partes no aprendan constantemente unas de otras. No obstante, es posible distinguir una comprensión estrecha, científicamente limitada, de la pretensión interpretativa más amplia de un discurso de la modernidad. Este último sigue la línea trazada por el idealismo alemán. Independientemente de los intercambios entre estas dos corrientes, esta distinción puede hacerse sin juicio de valor. En su propio trabajo, sin embargo, se tiende a alinearse con uno u otro lado.


Su crítica de la «racionalidad científica», formulada a finales de la década de 1960, la presenta como una ideología que legitima las sociedades capitalistas al reducir la racionalidad a la resolución de problemas, la política a la administración y el cambio social a la eficacia. En su libro, el cientificismo funciona como una respuesta a la pérdida de la seguridad metafísica, comparable al literalismo de los cristianos fundamentalistas. Por otro lado, el falibilismo, como concepto claramente científico, define un núcleo esencial de su enfoque. ¿Cómo describiría su actitud hacia el conocimiento y la ciencia? ¿Ha cambiado esta actitud?


Nunca he criticado la racionalidad científica como tal. La filosofía también debe hacer uso de esta racionalidad. Tanto ayer como hoy, mis reservas nunca se han dirigido contra el esclarecimiento científico —y mucho menos contra las ciencias en sí mismas—, sino contra el «cientificismo» (Szientismus), que busca construir una «visión del mundo» sobre la base de los resultados de sentido común de las diversas ciencias.


Esta tendencia era más evidente en el positivismo lógico del Círculo de Viena, que volvió a cobrar influencia tras la Segunda Guerra Mundial gracias a los conocidos emigrados en Estados Unidos. Independientemente de su importante labor filosófica, es esta intención la que siempre me ha parecido engañosa. La idea de una «cosmovisión científica» pasa por alto la necesidad de conectarse con una comprensión de uno mismo y del mundo que la filosofía encuentra siempre ya en el mundo vivido. Pues incluso en la alusión a la naturaleza holística de una «imagen» del mundo en su conjunto contenida en el concepto de «cosmovisión», se refleja algo del carácter de esa comprensión de fondo ya presente y encontrada en «nuestro» mundo vivido —que nunca es plenamente objetivable y a través de la cual una persona se relaciona con algo en el mundo—.


El cientificismo no busca explicitar y, si es necesario, corregir el sentido común como tal mediante interpretaciones filosóficas, sino sustituirlo por una visión del mundo construida científicamente.


En la década de 1960, critiqué sobre todo las consecuencias políticas de esta idea, a saber, la desposesión de los ciudadanos de los Estados democráticos por parte de políticos que querían utilizar tal adoctrinamiento para promover un régimen tecnocrático supuestamente inevitable. En la América de Elon Musk, esto vuelve a resultar familiar… 


En la concepción de su historia de la filosofía, ¿en qué medida le ha influido Theodor W. Adorno, quien suponía que el contenido teológico se transformaría y migraría de algún modo al ámbito de lo secular?

Adorno se interesaba por las transformaciones que sufren los contenidos teológicos una vez que migran al ámbito secular y, es cierto, esta idea siempre me ha conmovido.


Ya fue determinante para mí cuando exploré la apropiación de los motivos teológicos en este sentido transformador en El discurso filosófico de la modernidad. En mi historia de la filosofía, sin embargo, quería trazar las etapas por las que el desarrollo mencionado del derecho natural cristiano hacia el derecho natural racional moderno conduce a una justificación discursiva de los derechos fundamentales y los derechos humanos. De este modo, la filosofía puede proporcionar una justificación razonable de los principios constitucionales del Estado de derecho democrático frente al creciente potencial de extremismo de derecha actual. Así, la filosofía puede aportar al Estado constitucional un apoyo de un orden totalmente distinto al de la visión jurídica positivista, que, en definitiva, fundamenta la pretensión de validez de una constitución no en la fuerza de las buenas razones, sino únicamente en la expresión de la voluntad del legislador.


La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundado en la naturaleza humana.

Jürgen Habermas


Adorno no sólo creía que el mito ya contenía la Ilustración; también parecía sugerir que la propia Ilustración se asemeja a un mito. ¿Está de acuerdo?


Adorno siguió a Horkheimer en esta línea de pensamiento en la Dialéctica de la razón, y no fue hasta la Dialéctica negativa cuando esta fue sustituida por una interpretación estrictamente adorniana. Peter Gordon lo ha explicado recientemente con gran claridad.


El punto de partida de Adorno es la idea de que el todo es falso (das Ganze ist das Unwahre). Pero entonces la dialéctica negativa muestra cómo, desde el interior de ese «todo falso» y en el resplandor de su violencia, podemos, no obstante, asegurarnos de retener fragmentos de felicidad. Aunque concebida en términos totalmente seculares, la radicalidad de esta idea delata su origen teológico. He intentado explicar por qué no puedo seguir esta idea en mi larga conversación con Stefan Müller-Doohm y Roman Yos, que acaba de publicarse en inglés.


Max Weber es bien conocido por su distinción entre hechos y valores, o entre ciencia y política. Según Weber, la ciencia puede producir conocimientos universales, pero no puede crear sentido. El sentido sólo puede surgir de la interpretación de los hechos a través de los valores. Si seguimos a Weber en esto, abandonamos el ámbito de la verdad universal y, al mismo tiempo, nos enfrentamos a «visiones del mundo racionalmente incompatibles». A diferencia de Weber, usted no comparte la visión pesimista de la historia que se deriva de su argumento.


La perspectiva de Max Weber es la de un sociólogo e historiador que ve la historia como un campo de batalla de sistemas de creencias rivales.


Hoy, la propia historia corrobora esta perspectiva, como lo demuestran ejemplos evidentes como el renovado conflicto entre las potencias nucleares que son la India y Pakistán. Por otra parte, Weber no tuvo que enfrentarse al contraejemplo que constituye el establecimiento de un orden internacional basado en los derechos humanos.


El hecho de que las Naciones Unidas surgieran de los horrores de la Segunda Guerra Mundial puede explicar por qué este sistema jurídico es reconocido por 193 Estados. En nuestro contexto, sin embargo, lo interesante es el hecho general de que las normas pueden pretender tener primacía sobre los valores particulares de sus diversos destinatarios, siempre que la validez de dichas normas se base en su reconocimiento general. Dicho consentimiento puede basarse en compromisos y, por lo tanto, en el acuerdo contingente de intereses diferentes. Sin embargo, se trata de una base frágil, ya que los intereses pueden cambiar en cualquier momento


Por esta razón, la validez de las normas jurídicas debe basarse, en principio, en razones de peso que resulten convincentes para todos sus destinatarios. Max Weber no reconoce la racionalidad que las normas reconocidas pueden reivindicar frente a las simples orientaciones de valor.


Por consiguiente, la cuestión de si será posible domesticar el belicismo de las grandes potencias sigue siendo, por el momento, una cuestión política abierta. La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundamentado en la naturaleza humana.


Los orígenes de la teoría crítica residen en el marxismo, el psicoanálisis y la crítica del poder, de la ideología y de la dominación. Estas ideas están menos presentes en su libro, aunque hayan desempeñado un papel fundamental en sus trabajos anteriores. ¿Cómo sitúa este trabajo en relación con la teoría crítica en sentido amplio?


En el prefacio de mi libro, también mencioné el ensayo de 1937 de Horkheimer y Marcuse, «Filosofía y teoría crítica» (Philosophie und Kritische Theorie), publicado en la Zeitschrift für Sozialforschung, que puede considerarse el documento fundacional de la Teoría Crítica. Sigo en deuda con esta fuente por las hipótesis teóricas sociales fundamentales que han constituido el trasfondo de mi historia de la filosofía tal y como he intentado esbozarla. 


Pero estas hipótesis en sí mismas no son el tema del libro.


Por otra parte, si me preguntan qué ha sido de la conexión con la tradición del marxismo occidental, recordaré que la investigación de la Teoría crítica se centró desde sus inicios en explicar la estabilidad del capitalismo a pesar de todas sus crisis. Y en lo que respecta a mi implicación en la política cotidiana de Alemania Occidental, debo confesar que, como hombre de izquierdas, me preocupaba principalmente la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, inicialmente, seguía profundamente apegada al régimen nazi.


En cuanto al desarrollo capitalista, una transformación revolucionaria del orden económico liberal establecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial ya no era, en cualquier caso, viable en las condiciones de la competencia sistémica con el régimen soviético. Desde el final de la Guerra Fría, la presión para una reforma radical del régimen del neocapitalismo mundial sólo podría haber venido, en el mejor de los casos, desde el interior de las democracias capitalistas. A partir del período de la posguerra, mi propio interés se orientó hacia las reformas del Estado del bienestar que, de haber sido lo suficientemente radicales, podrían haber cambiado las democracias capitalistas hasta hacerlas irreconocibles.


Sin embargo, a la sombra de una superpotencia en declive, asistimos actualmente al surgimiento de nuevos frentes con la infiltración de la extrema derecha en las democracias liberales, tanto a nivel nacional como mundial. En Estados Unidos, los grandes grupos mediáticos parecen estar aliándose para establecer un régimen económico libertario, autoritario y dirigido de forma tecnocrática. En la actualidad, nos conformaríamos con que nuestras democracias capitalistas pudieran defenderse del populismo de derecha, pero, al parecer, ni siquiera eso es ya posible sin amplias reformas del capitalismo.


El estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza.

Jürgen Habermas


¿Dónde sitúa usted su libro en su propio proceso de aprendizaje intelectual como filósofo, pensador político e intelectual en la esfera pública?


La perseverancia que exige esta ocupación en mi vejez ha creado cierta distancia entre mí y las teorías individuales a las que había contribuido anteriormente —como las cuestiones fundamentales de la teoría social, la filosofía del lenguaje, la teoría moral y jurídica, y la teoría democrática—. 


En este proceso, he tomado conciencia de lo que la filosofía en general puede —y debería— lograr.


Por último, me ha resultado sorprendentemente interesante conocer las circunstancias difíciles y a menudo políticamente complicadas en las que muchos de nuestros autores clásicos crearon sus obras, sobre todo en comparación con las circunstancias relativamente sin obstáculos que yo he conocido desde el final de la guerra. Es sorprendente ver cuántos de ellos llevaron una segunda vida pública marcada por las luchas —además de su vida como autores—.


Usted ha vivido una larga vida en la que ha sido testigo de la división de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, de su reunificación y del fin de la Guerra Fría, así como de su ascenso al rango de primera potencia político-económica liberal del continente europeo. ¿Podría haber imaginado los cambios actuales como una posibilidad en la década de 1990, en una época en la que muchos abrazaban una filosofía de la historia que sugería el advenimiento de su fin?


Nunca creí en la idea ingenua del fin de la historia.


Sin embargo, la abrupta ruptura actual con la historia del ascenso continuo de Alemania bajo la protección de Estados Unidos me ha tomado por sorpresa. Para mí, sin embargo, esto no significa una ruptura con una «filosofía de la historia» en el sentido habitual en que se entiende —el de una historia que progresaría hacia un objetivo—.


Al fin y al cabo, se trata de otra cuestión distinta a la que aborda este libro, que consiste en buscar el impulso de los procesos de aprendizaje alentadores en los que podemos apoyarnos, plenamente conscientes de las contingencias históricas —procesos de aprendizaje con los que sería prudente intentar retomar el contacto hoy—. La decisión de Trump de dar la espalda a la tradición política de Occidente ha dejado, evidentemente, a Alemania, y a Europa en su conjunto, en una situación bastante difícil.


Me preocupaba la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, en un principio, seguía profundamente apegada al régimen nazi.

Jürgen Habermas



Al igual que en Estados Unidos, la democracia liberal en Alemania parece hoy asediada. Alternativa para Alemania (AfD) parece haber entrado en la corriente dominante, como lo demuestra recientemente la creciente voluntad de los Demócratas Cristianos de cooperar con ella, especialmente en materia de políticas antiinmigración. ¿Le sorprende este crecimiento de la AfD?


Sí, el crecimiento continuo de un partido cuyos dirigentes están tan estrechamente vinculados a ideas fascistas —tan estrechamente que ni siquiera el partido de Marine Le Pen en Francia quiere tener nada que ver con ellos— es alarmante, sobre todo porque aún no hemos encontrado una explicación plausible a su constante crecimiento.


Si esta evolución se debe, en esencia, a que muchos votantes se sienten abrumados por la complejidad de los problemas a los que se enfrentan los gobiernos nacionales, lo que les lleva a buscar soluciones sencillas en marcos nacionales familiares, entonces no veo una salida políticamente defendible a la situación en la que nos encontramos.


Tras la deserción de Estados Unidos y la desintegración política de Occidente, la Unión Europea no tiene más remedio que cambiar de rumbo respecto a su tímida política del statu quo y desarrollar una capacidad de actuar colectivamente en la política mundial. En primer lugar, la urgente necesidad de desarrollar una política de defensa europea común apunta hacia una integración europea reforzada. En un mundo sumido en fracturas geopolíticas, ¿cómo podrían los Estados europeos —incluso Alemania por sí sola— ser tomados en serio políticamente de otro modo? Por otra parte, el nuevo canciller, Friedrich Merz, sigue viviendo en el mundo de Wolfgang Schäuble y continúa considerando la cuestión europea únicamente desde la perspectiva de la política económica alemana.


Ante los cambios geopolíticos mundiales, no creo que el nuevo Gobierno alemán tenga la envergadura necesaria para hacer frente a los extraordinarios retos a los que se enfrenta.


Y parece poco probable que Europa sea capaz de escapar de la vorágine de la superpotencia en declive —y de los riesgos asociados a ella—.


 

Obituari: Jürgen Habermas (1929-2026)

 




"El filòsof i sociòleg alemany Jürgen Habermas* (Düsseldorf, 1929 - Stanberg, 2026) ha mort aquest dissabte amb 96 anys, segons ha informat l'editorial Suhrkamp en un comunicat en què cita la seva família. Habermas, que era un dels pensadors més importants del segle XX i formava part de la segona generació de l'Escola de Frankfurt, va començar la seva carrera a la dècada de 1950 a l’Institut d’Investigació Social amb Theodor W. Adorno. El 1961 es va doctorar a Marburg amb l’obra La transformació estructural de l’esfera pública." (Ara.cat, 14/3/26)

PD: La mort de Habermas marca la fi d'una etapa. Amb Ell, el pensament il·lustrat perd un dels últims bastions, dins d'un mar postil·lustrat. Un pensador que volia copsar el batec del nostre temps, hem eines forjades al llarg de tota la modernitat. Els seus llibres, no sempre amables amb els lectors, donaven idea de l'abast del seus coneixements enciclopèdics. Filosofia, sociologia, historia del pensament, un autèntic intel·lectual en temps de indigència

Entrevista a Martha C. Nussbaum (I)





Conèixer el pensament d'un autor/ra, hi ha el llibre corresponent, o bé si l'autor/ra és viva, una via ràpida per saber que pensa son les entrevistes. Per descomptat, depenent del mitjà podem tenir una idea del que volen dir. La immediatesa de les preguntes i respostes permet fer-se una idea del seu pensament. Ací, no hi ha cap resum del seu pensament, però sí hi ha en funció de les preguntes, respostes que permeten una composició del seu pensament i el seu argumentari. 

 


Fina Birulés | Anabella L. Di Tullio

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Barcelona Metrópolis. Invierno (enero – marzo 2011)


Martha Nussbaum,- Profesora de Derecho y Ética en la Universidad de Chicago- considerada la filósofa más importante de los últimos tiempos en los Estados Unidos, ha sido reconocida en nuestro país por el mundo académico, dada la calidad y el rigor de su pensamiento, y su obra ha sido ampliamente traducida*. Autora de una ininterrumpida serie de libros y artículos escritos en las prestigiosas universidades en las que ha enseñado –Harvard, Brown y actualmente Chicago, donde imparte sus cursos de Derecho y Ética desde el año 1995–, ha recibido numerosas distinciones y títulos honoríficos de universidades de América, Asia y Europa. Su filosofía, que sigue la estela de la tradición política liberal, se ha servido críticamente de la perspectiva de John Rawls para analizar cuestiones de género, religión y desarrollo internacional y tratar de formular una teoría de la justicia global. Así, en 1986 fue invitada por el economista Amartya Sen a trabajar en el Instituto Mundial de Investigaciones de Economía del Desarrollo de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU/WIDER), donde desarrollaron el enfoque de las capacidades como alternativa para el análisis de las cuestiones de justicia básica. Nussbaum presenta este enfoque como una suerte de especificación de los derechos humanos; como una lista de los requisitos básicos para una vida humana digna que deberían ser respetados y aplicados por todos los gobiernos.


A menudo se ha hablado de la amplitud de sus intereses literarios y filosóficos y de cómo pasa con facilidad de la tragedia griega y Aristóteles a los derechos de los animales y de las personas con discapacidad, de las enmiendas al contrato social al desarrollo y el análisis de las emociones, de Dickens al feminismo contemporáneo o a la violencia religiosa. De fuerte personalidad y conocida por su estilo incisivo y polémico, es una apasionada de la teoría y la práctica filosóficas, como se podrá apreciar en esta entrevista realizada el 28 de junio de 2010 en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), donde impartió una conferencia sobre la libertad de conciencia.


A lo largo de su trayectoria Martha Nussbaum ha recorrido una amplia variedad de temas: la felicidad y la fortuna en la tragedia y la filosofía griegas –La fragilidad del bien (1986)–; la relación entre filosofía y literatura; el papel de las emociones en la racionalidad pública –Paisajes del pensamiento (2001)–. Ha reflexionado sobre la educación liberal y cosmopolita; sobre el lugar de las humanidades en la democracia; sobre feminismo y derechos de gays y lesbianas. Ha trabajado también sobre la concepción de la justicia en Las mujeres y el desarrollo humano (2000) y Las fronteras de la justicia (2006), y ha escrito sobre religión y libertad de conciencia y contra los fanatismos en libros como India. Democracia y violencia religiosa (2007) y Libertad de conciencia (2008).


¿Hay algún hilo conductor que atraviese esta diversidad de tópicos?


El tema común es la vulnerabilidad humana, o la vulnerabilidad en general. Trabajando sobre las emociones y sobre la tragedia, siempre he pensado las emociones como un reconocimiento de los modos en que somos vulnerables cuando nos relacionamos con los demás y con todo aquello que está fuera de nuestro alcance o sobre lo que no tenemos control. La pregunta que entonces surge es: ¿qué formas de vulnerabilidad son buenas –para la vida de cada persona– y cuáles deberíamos tratar de eliminar? En este punto, mi pensamiento sobre la justicia conecta con la filosofía política. El enfoque de las capacidades es un intento de promover oportunidades para la búsqueda de formas buenas de vulnerabilidad, como el amor, la amistad, la carrera profesional…, y de evitar las formas malas, tales como la violencia física, el hambre y tantas otras. Este es, tal vez, el modo más sencillo de definir el hilo conductor de mi pensamiento.


¿Entonces, según usted, hay principios que permiten distinguir entre buenas y malas capacidades?


Sí, sostengo esos principios y creo que son muy similares a los que, desde un punto de partida muy diferente, apoyaría Rawls; pero mi modo de pensar es distinto, pues parto de esta observación sobre la vulnerabilidad, que me lleva a reflexionar sobre cómo los gobiernos pueden estimular las oportunidades humanas. Sin embargo, un gran número de mis conclusiones son muy cercanas a las de Rawls, que ha supuesto una influencia muy importante para mí. El punto central del trabajo que he realizado a través de los años con Amartya Sen consiste simplemente en sostener que, cuando las naciones discuten sobre desarrollo y calidad de vida, deberían plantearse al mismo tiempo estas difíciles preguntas normativas acerca del bien. No pueden limitarse a dar por sentado que las cosas mejoran cuando crece el PIB. Desarrollo significa justamente que las cosas vayan mejor. Por lo tanto hay que afrontar estas cuestiones; hay que argumentar y debatir en este sentido.


En las últimas décadas ha sido protagonista de acalorados debates. En referencia a las críticas vertidas sobre Allan Bloom y Judith Butler, usted ha afirmado en una entrevista: “Pensé las reseñas sobre Butler y Bloom como actos de servicio público”. ¿Considera estas polémicas como intervenciones políticas? ¿Cuál es el objetivo de esas intervenciones? ¿Entiende que la reflexión filosófica está siempre vinculada a la justicia o al ámbito de la política?


Estamos preparando un volumen con todos mis comentarios de libros que se titulará Intervenciones filosóficas, por lo que esa palabra es muy adecuada para definirlas. He escrito numerosas reseñas críticas, de muy diferentes clases, y la mayoría de las veces he reseñado cosas que considero interesantes y buenas. Por ejemplo, me he centrado en particular en el trabajo de feministas como Susan Moller Okin, intentando atraer una atención más amplia sobre esa obra. Pero a veces un libro que ha tenido una gran influencia no maneja muy buenos argumentos, y entonces dedico algún tiempo a decir al público por qué considero que no es un buen libro. Tal ha sido el caso de mis comentarios sobre Bloom y sobre Butler. En general prefiero trabajar –aunque sea de forma crítica– sobre autores que me parezcan en verdad interesantes, como por ejemplo mi profesor Bernard Williams. Ahora mismo estoy escribiendo una larga reseña sobre sus textos póstumos, y aunque soy muy crítica con Williams, lo considero un gran filósofo; siempre prefiero enfrentarme con una mente a la que admire de verdad. Pero a veces el público necesita saber por qué alguien piensa lo que piensa… Bloom afirmaba que todo lo que había dicho lo había sacado de Platón y de Aristóteles, pero en realidad no los conocía, y creí estar en condiciones de aseverar que hacía un mal uso de los textos que reclamaba como fuente de autoridad.


¿Considero que la filosofía es siempre una intervención pública? No, creo que hay diferentes modos –igualmente buenos– de hacer filosofía. No obstante, todo ser humano debe encontrar la forma de servir al bien público, pero no siempre o necesariamente a través de su trabajo. Si te dedicas a la lógica, puedes servir al bien público brindando parte de tu tiempo al trabajo voluntario en algún proyecto social, o donando dinero a una buena causa, pero la lógica no posee por sí misma una función pública. La filosofía política generalmente la tiene. La mayoría de los filósofos políticos más grandes han contribuido al debate público, y eso es muy bueno, porque siempre es positivo para ellos considerar si lo que piensan es realista y si podría suponer una verdadera contribución. Por ello, en Las fronteras de la justicia afirmo que, en la medida en que los problemas cambian, la filosofía también tiene que cambiar y ser flexible.


Usted ha hablado de la vulnerabilidad humana, y Judith Butler también se refiere a ella en su último libro, retomando a Levinas, por ejemplo. ¿Qué diferencias hay entre su modo de entender la vulnerabilidad, como cuestión central en el debate político y sobre la justicia, y el de Butler?


Existe una gran diferencia con respecto al método filosófico. Provengo de una tradición –muy socrática– que cree enérgicamente en la transparencia; yo jamás enviaría a publicar algo que un estudiante de un curso introductorio de licenciatura no pudiera entender y criticar. No concibo a los filósofos como “profundas figuras solitarias”, sino como miembros de una comunidad que tienen la responsabilidad de hablar y de estructurar sus argumentos con claridad. La contribución de Sócrates a la democracia fue tener a todo el mundo hablando conjuntamente de un modo claro y abierto, y asociar esto con el respeto a la igualdad. Esta idea la recogió Kant; en realidad la considero propia de la tradición ilustrada. Mis grandes referentes en filosofía son Kant y Mill, y en términos de la tradición continental siento una gran simpatía por Habermas, que también expresa este enorme compromiso con la transparencia. Es un gran avance que Butler ponga el acento en Levinas y no en Heidegger; las cosas están mejorando [risas]. Levinas es un pensador muy interesante, pero, de todos modos, pertenecemos a tradiciones un tanto diferentes.


En uno de sus últimos libros se pregunta por qué la democracia necesita de las humanidades (Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities, 2010). ¿Caben nuevos argumentos para la defensa de las humanidades en sociedades en que la cultura se entiende como producto de consumo o bien como algo no rentable? ¿Ha tenido en cuenta los cambios vinculados a la existencia de nuevos soportes digitales, a la evolución del mundo editorial y al impacto de los mass media?


Hoy necesitamos las humanidades como siempre, porque todavía precisamos cultivar nuestra capacidad de respeto mutuo, de comprensión y de compasión, y esta ha sido la contribución que las humanidades han hecho siempre a la educación. Volviendo a Sócrates, él comprendió que, para que la democracia sobreviviera, había que capacitar a las personas para cuestionar y examinar de forma rigurosa sus propios argumentos, y sustraerlos a la retórica de los políticos. Los griegos tuvieron que aprender a argumentar y a debatir juntos, y ese es un modo de crear una cultura pública basada en el respeto más que en la autoridad o en la tradición. Ahora bien, en las democracias modernas hay mucha retórica por todas partes. En Estados Unidos tenemos a esos personajes de la radio y la televisión que no paran de emitir mensajes que se supone que hay que seguir. Solo si la juventud entiende cómo criticar esos juicios y cómo hallar premisas correctas y argumentos válidos podrá sostener la esperanza de ejercer una ciudadanía independiente. Si los ciudadanos no son independientes, no podemos hablar de democracia, sino, en todo caso, de alguna forma de fascismo o de totalitarismo. Por ello es urgente el debate sobre las humanidades; lo necesitamos en la misma medida que la capacidad de empatía, de entender la experiencia de quienes son diferentes a nosotros. Todos los seres humanos nacen con esta capacidad básica –y ahora sabemos que incluso los simios y otros animales poseen esta capacidad de asumir la perspectiva del otro–, pero hay que desarrollarla mediante la educación. ¿Qué hacen las humanidades? Te emplazan a ocupar posiciones diferentes a las propias. Cuando lees una novela o un poema te estás entrenando en simpatía. Y si careces de este entrenamiento, ¿cómo entenderás realmente los problemas con que lidian las sociedades? ¿Cómo sabrás de qué modo una determinada ley afectará a un grupo minoritario? Ahora bien, las humanidades también son buenas en sí mismas, son divertidas e iluminan nuestra vida de diversos modos. Pero donde quise centrarme fue en la democracia; incluso quienes no consideran divertidas las humanidades pueden compartir el deseo de que la democracia persista.


Uno de los puntos centrales de su crítica a la tradición contractualista, donde tiene un papel esencial la obra de John Rawls, se refiere a la exclusión que esta hace de las personas con discapacidades físicas y mentales y de los animales no humanos en el establecimiento del pacto. Frente a la identificación que esta teoría establece entre quienes son los agentes del contrato y la totalidad de miembros de la sociedad creada, usted propone asociar de otro modo la racionalidad a la capacidad de ser un sujeto primario de justicia. ¿Se podría ligar de otro modo el “por quién” y el “para quién”? ¿Es posible un liberalismo no contractualista?


Creo que sí, e incluso la forma contractual puede ampliarse. Es lo que intenta, por ejemplo, Christine Korsgaard en sus conferencias sobre los derechos de los animales. Korsgaard sostiene que incluso un kantiano ha de reconocer que compartimos la parte animal de nuestra naturaleza con muchas otras criaturas, y por tanto, aunque seamos nosotros –y no ellas– quienes elaboramos los principios, debemos hacerlo pensando en un grupo más amplio de criaturas. Korsgaard distingue también entre el “por quién” y el “para quién”, pero yo lo hago de un modo diferente. Sin duda se necesita un cierto nivel de racionalidad para participar en la elaboración de los principios, pero ser sujeto de justicia es tener algún tipo de afán por prosperar, lo cual es común a la mayoría de los animales –quizás con la excepción de los que no se mueven, como las esponjas–, y eso es para mí lo que los convierte en sujetos de justicia. Por supuesto, algunas teorías no contractualistas no necesitan ser liberales, y muchas teorías liberales no son contractualistas; basta pensar en Mill, por ejemplo. Ser liberal implica preguntarse qué tipo de resultados queremos promover para todos los miembros de la sociedad, y argumentar que cierto tipo de libertades han de formar parte necesariamente de estos resultados. La libertad de expresión, la libertad religiosa, etc., son piezas de una importancia primordial en relación con las oportunidades que ha de tener todo ser humano. Otras cuestiones cruciales que no son libertades, como la salud y la integridad física, también deben formar parte del diseño de una sociedad decente.


El enfoque de las capacidades que usted propone se presenta como la base filosófica para una teoría de los derechos fundamentales de los seres humanos, cuyo respeto sería el requisito indispensable de una vida humana digna y permitiría plantear un mínimo social básico de justicia. ¿Cómo podría plasmarse esto en las políticas públicas actuales? ¿Qué rol tendrían los organismos internacionales?


De hecho ya está siendo aplicado. Hay dos maneras diferentes de hacerlo. Una de ellas –asociada con Sen– es como instrumento de medida, para calibrar la calidad de vida de una sociedad por medio de las capacidades humanas y no a través del PIB per cápita. Los gobiernos actualmente lo usan. Naturalmente, tienen que decidir qué hacer a continuación, qué capacidades promover. Pero yo voy un paso más allá y afirmo que los gobiernos tendrían que impulsar, como mínimo, un cierto umbral de estas capacidades. Y una manera de hacerlo sería con una norma constitucional. Exista o no una constitución escrita, hace falta algún documento que establezca los derechos de todos los ciudadanos; y la gente debe saber si se están cumpliendo y garantizando, por lo que también se requiere algún instrumento de medida y la posibilidad de interpelar al gobierno en caso de incumplimiento. Hay muchos modos de llevarlo a la práctica; las constituciones más modernas contemplan este tipo de derechos económicos y sociales, y existen mecanismos para exigirlos cuando no se implementan. En la India el principal asesor económico del Gobierno es el presidente de la Human Development and Capability Association, Kaushik Basu, lo que constituye un ejemplo muy claro de cómo se puede implementar esta idea. Es fascinante que algunos teóricos de categoría hayan alcanzado tales posiciones de poder. Como es el caso de la actual procuradora general adjunta de la India, con quien he trabajado sobre feminismo y justicia para las mujeres.


Gran parte de la teoría feminista es manifiestamente crítica con los postulados centrales del liberalismo. De modo semejante, muchas autoras feministas suelen desconfiar de los postulados universales. ¿Cómo confluyen en su pensamiento feminismo, liberalismo y universalismo?


Las críticas de algunas feministas constituyen muy buenos dictámenes de ciertas formas de liberalismo, pero no de todo liberalismo, como he intentado mostrar en mi artículo “The Feminist Critique of Liberalism”. Las feministas sostienen a menudo que el liberalismo es demasiado individualista, pero imagino que quieren decir –y con mucha razón– que la teoría liberal debería hacer hincapié en la filiación, en el cuidado, en los vínculos entre las personas, en la necesidad que tienen las personas de una red de relaciones. Las típicas preguntas liberales sobre la igualdad y la libertad han de continuar presionando en este sentido. Mill puso de manifiesto que, en la misma sociedad que continuamente hablaba de libertad e igualdad, se descubría en el ámbito familiar una jerarquía de tipo completamente feudal en que los hombres tenían todo el poder y las mujeres no eran libres ni iguales, y no podían siquiera quejarse si habían sido violadas. Tal situación exigía más liberalismo; lo que solicitaba el feminismo era un liberalismo más consistente. La exigencia liberal de respeto a la igualdad humana y a la libertad es una parte crucial del feminismo, porque, por supuesto, una perspectiva liberal tiene que prestar atención a las desigualdades que las mujeres padecen en las familias; no se puede dejar a la familia fuera del alcance de la justicia. El liberalismo viene a ser como el punto de partida de mi pensamiento, y en concreto el liberalismo de Mill, que es un gran crítico de la familia. Pero, volviendo a su pregunta sobre el universalismo, ¿qué inquieta a las feministas? Es lógico preocuparse cuando una cultura manifiesta insensibilidad respecto a otra, y la avasalla y la somete a ciertas imposiciones sin la mínima autocrítica. Pero no por ello todas las formas de responsabilidad universal han de considerarse malas. En primer lugar, para que pueda existir un pluralismo significativo hay que garantizar ciertas oportunidades. Si no existe libertad de expresión, por ejemplo, no hay posibilidades de un pluralismo social con sentido. La libertad de asociación, la libertad religiosa, incluso la garantía de la igualdad de derechos electorales, son parte esencial de un conjunto básico de oportunidades que permiten a las personas organizar sus vidas como deseen. Mill estaba en lo cierto cuando sostenía que la garantía de las libertades fundamentales fue decisiva para la experimentación y la diversidad de las vidas humanas. Por lo tanto, estoy absolutamente a favor de la diversidad y, como ustedes saben, creo en un tipo de liberalismo político muy tenue y no en una doctrina comprehensiva, porque quiero dejar más espacio para que la gente organice su vida como le convenga. Pero aun así, entiendo que cierta clase de derechos, incluido el derecho de las mujeres a proteger su integridad física, o el derecho a la salud, son condiciones básicas de cualquier tipo significativo de pluralismo.


Existen muchos feminismos, como sabemos. ¿Tiene usted una definición de feminismo?


Esta pregunta la tengo que responder a menudo cuando imparto el curso de filosofía feminista, y cuando mis estudiantes me la plantean, en realidad me preguntan: ¿qué tipo de compromiso implica asistir a un curso como este? La respuesta mínima es que las mujeres han sido tratadas de manera injusta a lo largo de la historia, y que hay que corregir tales injusticias, y con eso basta. Luego, claro está, existen diferentes tipos de feminismo. Hay quienes piensan que el mejor modo de proceder es a través del radicalismo libertario, mediante el rechazo de cualquier tipo de gobierno. A mi entender esa posición no es defendible, aunque voy a tratarla con respeto y a exponer mis argumentos en su contra. Por otro lado hay quienes piensan que el mejor modo de corregir las injusticias contra las mujeres es otorgar todo el poder a una religión para que organice a la sociedad. Tampoco esta postura me parece correcta, pero tengo muchos estudiantes que la comparten –mormones, o que provienen de un cristianismo muy conservador– e igualmente aspiro a tratarlos con respeto, y a debatir con ellas y con ellos pensando que también pueden ser feministas. Este es el mínimo para mí.



Ressenya: El marxismo como moral




El llibre El marxismo como moral,  és del 1968, la 4ª edició és del 1980. Diu a la introducció:

“Publicar en la España del año 1967 un libro sobre marxismo que no sea convencional, está muy lejos de ser una tarea fácil.” Una de les paraules clau d’aquells temps, és la paraula ‘compromés’. Aranguren és un intelectual compromés. Això no vol dir que sigui militant, sinó “mantenerse solidariamente solitario y solidariamente solidario*” (pág.12).

Aranguren, era una de les figures –hi havia molt poques veus discordants contra el règim- eminents de la intel·lectualitat dels anys 60. Una bona part de intel·lectuals eren de filiació marxista, i per ells, la clandestinitat era de rigor. Havia publicat un llibre cabdal en l’àmbit de la ètica, el títol Ètica** (1958, 1979, 1981). Un llibre què per primera vegada anava més enllà del neotomisme i recollia totes les corrents que en aquells moments parlaven d’ètica. Així, copsant l'índex d’autors, podies trobar a Aristòtil, Bergson, Bultmann, Broad, Camus, Ciceró, Comte, Croce, Descartes, Dewey, Díez-Alegría, Fichte, Hartman, Hegel, Heidegger, Kant, Kierkeggard, Laín Entralgo, Lutero, J.Marías, Moore, Nietzsche, Ortega y Gasset, Plató, Reiner, Sartre, Scheler, Seneca, Sòcrates, Tomàs d’Aquino, Wittgenstein, Zubiri.   

Potser aquesta nomina, avui dia, no dir res d’especial, però al any de la seva publicació era una autèntica revolució en l’orbita nacional-catòlica. Hi havia representada els clàssics del pensament antic i medieval, però també i molt especialment, les corrents contemporànies, filosofia analítica,  l’existencialisme, pensament teològic protestant. 

En el llibre “marxismo como moral”, planteja la idea que Marx, plantejava un repta moral, malgrat que en els seus escrits, no hi ha un llibre dedicat a l’ètica. I malgrat tot, Aranguren el vol rescatar per la causa de l’ètica. Per què què és sinó la revolució, com a motor d’un món més humà? No és això una qüestió ètica?

Cal tenir en compte, la idea que la historia és lluita de classe. A cada època, hi ha hagut uns valors de les classes dominants que han fixat els valors que representaven els ideals de la societat (ideologia). Aquest relativisme, dona peu a Marx, da llançar a la paperera de la història els valor burgesos enfront de la nova classe com és el proletariat.   

Quan parla de compromís, una de les idees fortes és que el diàleg entre marxisme i cristianisme. No vol una mena de totum revolutum, perquè  ambdós, son massa diferents, malgrat les possibles comparacions. El diàleg té que situar-se en el compromís social, tant de l’església catòlica com la corrent marxista. 

La distancia entre la publicació del llibre i avui, sembla una distància sideral. L’antiga URSS ha desaparegut, les corrents marxistes, és baten en retirada davant l’onada del neocapitalisme bàrbar, Marx ja no és el que era com a referent ideològic, així com l’església tocada per les onades de dessacralització del món actual. 

Sembla que tot el potencial que hi havia en aquells moments, s’ha esvaït de manera irreparable. El pensament únic ho vol envair tot. La consigna: “Això és el que hi ha”, “No hi ha cap altre camí”, son el mantra de l’onada neoconservadora. Parlar de diàleg, sembla avui un anatema en els temps actuals, on l’única raó que preval, és la violència. De fet si que necessiten un nou compromís on la qüestió social sigui un altre cop posada sobre la taula. Llibres com el que estem comentant, donen fe que avui és tant necessari com en el seu temps.


Entrevista a Richard Rorty (II)

  Entrevista a Richard Rorty* (2005)



Richard Rorty


II


J.F: Gràcies, Sr.Rorty. Si us sembla bé, passem ara al bloc dedicat a l'Ètica i la Política. La primera pregunta és gairebé obligada: Quin és, segons ell, l'estat actual de la política nord-americana?

 

Rorty: La política nord-americana es balanceja avui dia cap a la dreta. Amb una mica de fortuna, es podria revertir aquest efecte cap a l'esquerra de nou. No era gaire optimista el 1998, i no ho sóc ara. És molt possible que els republicans acabin per aniquilar tots els èxits dels presidents demòcrates des de Franklin D. Roosevelt fins a Clinton; però també és possible que els demòcrates barren els republicans a les eleccions del 2008. Bush és un president excepcionalment dolent, però els Estats Units han sobreviscut a mals presidents en el passat.

 

J.F.-A Achieving our country vostè afirma que els EUA es poden convertir en un estat feixista. S'hi està acostant o hi ha motius per pensar el contrari? 

 

Rorty: Efectivament, el perill del feixisme és molt més gran ara del que ho era abans que Bush fos elegit president per segona vegada. Tant Bush com els seus consellers són persones sense escrúpols, que no guarden cap respecte envers les tradicions de la democràcia constitucional i que utilitzaran qualsevol estratagema per mantenir-se al poder. Però, a banda d'això, l'amenaça del feixisme sobre els Estats Units no és gaire gran. Podria resultar molt considerable, però, en el cas que tinguessin lloc més atacs terroristes. Aquests atacs donarien a Bush l'excusa perfecta per fer qualsevol cosa que li semblés.

 

J.F: Quan afirma que la democràcia té prioritat sobre la filosofia, vol dir amb això que la filosofia s'ha de mantenir al servei de la democràcia sigui quina sigui aquesta democràcia? 

 

Rorty: Sí. La qüestió és que la filosofia només és d'importància privada en la mesura que no serveix a fins polítics, i la preservació de la democràcia és el més important d'aquestes finalitats.

 

J.F:Quin seria llavors el paper de la crítica política? 

 

Rorty: La funció de la crítica política, com la de la política en si mateixa, és reduir al mínim el patiment humà i augmentar la felicitat humana*.

 

J.F: Però, sorgeixen problemes importants a l'hora de valorar quina posició política aporta més felicitat i menys patiment. Podrien donar-se dues opcions polítiques contràries que provoquessin un grau semblant de patiment i felicitat. com triar aleshores? 

 

Rorty: John Stuart Mill ja es va adonar que el seu 'gran principi de felicitat' no facilitava les coses a l'hora de decidir què fer. Certament, és difícil dir què augmentarà la felicitat i què no ho farà. Però sempre hem estat, des de Plató, buscant un principi alternatiu que ho fes tot més fàcil, i mai no ho hem trobat. Dubto que ho fem alguna vegada. Amb tots els seus errors, el principi de Mill és l'únic que al final ens dóna un cop de mà abans de caure al buit.

 

J.F: Si la filosofia ha de conformar-se a minimitzar el patiment, com creu vostè que es pot pal·liar el buit que han deixat els grans relats i les grans teories crítiques? 

 

Rorty: La filosofia ens sembla absurda quan intenta excedir-se de les seves obligacions en lloc de renovar el clima cultural fomentant el creixement d'aquelles institucions que reduirien al mínim el patiment i incrementarien la felicitat. No hauríem de trobar a faltar les grans teories crítiques més del que trobem a faltar les grans teories teològiques

 

J.F: Vostè proposa una ètica sense deures, basada en sentiments com ara la compassió o la solidaritat. Però, per què els éssers humans es poden reconèixer a si mateixos drets i no deures així? No és un gest esteticista limitar l'ètica al sentiment? 

 

Rorty: No comprenc què hi ha d'estètic a dir que les nostres respostes a les necessitats d'altres gents estan determinades per la nostra capacitat per atorgar-vos la possibilitat de trobar el vostre lloc. Molt abans que el concepte 'estètic' fos inventat, la gent parlava de la necessitat de solidaritzar-se amb la greu situació dels menys afortunats. Parlar de 'drets' o 'obligacions' és, al meu entendre, inútil si no existeix la solidaritat


J.F.: Voldria, ara, proposar-li alguna qüestió sobre literatura, ja que vostè també exerceix com a professor de literatura a Stanford i en la seva obra apel·la a nombrosos literats. Una de les qüestions que volíem traslladar-lo és si vostè troba alguna diferència substancial entre la literatura ironista i la literatura anomenada postmoderna. 


Rorty: Mai he estat capaç de desxifrar què significa 'posmodern', i estic segur que Robbe-Grillet sigui més o menys postmodern que Nabokov. Tot i això, considero que Nabokov és molt millor novel·lista.


J.F.: En el seu darrer llibre traduït al castellà, 'Filosofia i Futur' (Gedisa, 2004), vostè afirma que la finalitat de la literatura és ser útil. Tanmateix, només amb aquest criteri, com podríem distingir la funció de la literatura de la d'altres àmbits com ara el televisiu? 


Rorty: Els programes televisius, les novel·les, els còmics, els poemes, o els llibres de filosofia, poden ser tots utilitzats per a les mateixes finalitats: gaudi personal, canvi polític, ensenyament moral, o moltes altres. No hi ha una missió específica per a cap en la seva contribució a la cultura 


J.F: Dins d'aquesta contribució a la cultura de què parleu, quins autors d'avui us mereixen admiració? 


Rorty: Com a filòsofs em mereixen admiració Jürgen Habermas i Robert Brandom. Sóc admirador d'alguns novel·listes contemporanis com Phillip Roth, V.S. Naipaul, José Saramago, Salman Rushdie, o Ian McEwan.


J.F.: I, finalment, Sr.Rorty, està treballant en algun proper llibre? 


Rorty: No estic escrivint res que tingui importància política darrerament. La major part del meu temps ho faig servir discutint sobre la salut actual de la filosofia.


J.F: I, segons la seva opinió, en quin estat de salut es troba la filosofia?


Rorty: La filosofia, com la novel·la, és un gènere que subordina la seva renovació i revivificació a l'aparició ocasional d'un geni. Només ens trobem amb tres o quatre filòsofs originals cada segle. Autors com Wittegenstein o Heidegger no apareixen cada dia. La filosofia, actualment, està esperant un nou geni que la renovi.


J.F.: Moltes gràcies per tot, Sr. Rorty. Aprofito per agrair-li en nom d'Astrolabio i del Seminari de Filosofia Política haver accedit a aquesta entrevista.



Entrevista a Richard Rorty (I)

 Entrevista a Richard Rorty*

Joaquín Fortanet

con la colaboración de J.M.Bermudo, Lluís Pla y Antonia A.Vidal

Traducción de Manuel Bellmunt

Astrolabio. Revista electrónica de filosofía. Año 2005. Núm.0.



Richard Rorty (1931-2007)



"J.F.: Agraïm molt el que vostè hagi accedit a fer aquesta entrevista. Hem intentat sintetitzar la majoria de les qüestions que la seva obra ens suscita. La primera pregunta que voldríem introduir és sobre l'obra de Michel Foucault. M'agradaria preguntar-li per la influència que, segons vostè, ha tingut a la filosofia l'obra de Michel Foucault.


Rorty: Foucault ha estat molt valuós a l'hora de canviar actituds culturals cap a l'homosexualitat, però no estic gaire segur de si ha tingut gran repercussió en altres àrees. Surveiller et punir no aportava cap suggeriment de canvi al sistema criminològic judicial, i és difícil d'imaginar com podria ser posat en pràctica. Foucault va ser un home brillant, però la seva brillantor va ser utilitzada per llençar sospita sobre les institucions més que per intentar reformar-les.


J.F.: La mort recent de Derrida deixa un buit enorme en la filosofia actual. La seva obra té una importància cabdal en la filosofia contemporània, i en certa manera es podria afirmar que posseeix importants paral·lelismes amb la seva. Respecte a això, ¿Considera les crítiques 'deconstructives' cap a la seva obra més suggerents que les crítiques que se li llancen des de la filosofia analítica -Putnam- o des de la filosofia humanista -Habermas?


Rorty: Crec que no he estat criticat en excés pels partidaris de Derrida. Jo mateix em considero un seguidor de Wittgenstein, a més de compartir una visió semblant sobre la naturalesa del llenguatge, tant amb Derrida com amb Wittgenstein. Així que no acabo de comprendre per què un seguidor de Derrida hauria d'objectar alguna cosa a les meves idees. Les crítiques abocades per Putnam i Habermas cap a les meves tesis sobre veritat són pràcticament les mateixes. Tots dos opinen que podem retenir la noció de 'validesa universal'. Per raons sobre les quals crec que Derrida i Wittgenstein estarien d'acord, rebutjo aquesta noció. Tot i això, no crec que Derrida m'hagi influenciat particularment. Prefereixo filòsofs polítics com Dewey o Habermas; homes que posen tot el seu afany en la discussió sobre alternatives polítiques concretes d'una manera com Foucault mai no ho va fer.


JF: Endinsant-nos a la seva obra, Sr. Rorty. Creieu que la divisió que estableix en els seus textos entre allò públic i allò privat deriva filosòficament d'una ontologia de la contingència? Si és així, com es forjaria un 'nosaltres els liberals' que no suposés la invasió de l'esfera privada a la pública?


Rorty: No hi ha una 'ontologia de la contingència' com a tal. La distinció entre allò públic i allò privat no és una recomanació a l'acció, sinó simplement una observació historicosociològica: alguns autors són bons per a assumptes privats, mentre que altres funcionen bé amb assumptes públics. Sostinc que els filòsofs han tractat de vegades d'unir la recerca del que és privat, l'individual i la perfecció, en un intent que les responsabilitats d'un satisfacin la resta; però aquests intents no han funcionat gaire bé. I, òbviament, no hi ha cap barrera infranquejable que separi les dues esferes.


JF: Una de les parts de la seva filosofia que trobo més atractiva és la definició d'ironisme. El seu ironista sembla una renovació de l'heroi modern de Baudelaire, que era un heroi irònic. Una de les armes és la seducció, la capacitat de convèncer. Creieu que la tasca de l'intel·lectual, avui dia, s'ha traslladat de la preocupació pel poder a la preocupació per la seducció?


Rorty: Estic d'acord que la meva noció sobre la ironia comparteix moltes similituds amb la de Baudelaire, i el que va resultar ser 'modern'. Però no trobo cap interès a distingir entre intentar exercir el poder i intentar seduir. Allò que anomenes 'seducció' és simplement la utilització de la persuasió per canviar les opinions de la gent -cosa que alhora pogués ser entès com un intent d'exercir el poder.


JF: D'acord amb la vostra resposta, comprèn la seducció com una manera d'exercir el poder. Davant d'aquesta afirmació em sorgeix un dubte sobre la manera com concep els acords contingents que s'assoleixen en democràcia. En relació amb aquests acords, la seva posició estaria propera al consens d'Habermas? O més aviat, aquests acords s'aconseguirien mitjançant el poder exercit per l'argument més seductor sobre la resta? 


Rorty: 'La seducció', igual que 'la retòrica', és una manera d'utilitzar la persuasió. Aquesta persuasió, al meu entendre, condueix la gent cap a allò que un creu que és el camí equivocat. En canvi, conceptes com 'Lògica' i 'Raonament' són termes aplicats a un altre tipus de persuasió menys violenta. Un tipus de persuasió que guia la gent cap a allò que un creu que és el bon camí. Persuasió i força no són res més que dues maneres diferents d'exercir el poder. Tots esperem que, amb el temps, tot poder exercit sobre altres éssers humans sigui exercit per mitjà de la persuasió (i mai més per la força). Si aquest dia arriba, tots compartirem 'completa racionalitat comunicativa' en el sentit més habermasià. A excepció d'alguns problemes relacionats amb el concepte de veritat que només a catedràtics de filosofia podria interessar, estic completament d'acord amb Habermas.


J.F.: Instal·lats en la seva idea de pragmatisme i silenciada radicalment la voluntat de veritat, per què preferir Dewey sobre Plató. ¿Potser els seus discursos poden comparar-se en bellesa? Hi ha metàfores més sublims que les platòniques i amb més poder creador que elles? 


Rorty: Dewey és menys bell que Plató, però molt més útil. Més banal i menys sublim, però mostra el camí millor que Plató. Dewey aporta consells assenyats sobre com assolir una utopia social, mentre que Plató no.


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