Entrevista a Manuel Castells

 



Pregunta. Hace unos meses estuvo en China. ¿Qué ocurre allí? 

Respuesta. Un proceso de transformación tecnológico, económico y social como nunca se ha visto en la historia. Es la economía número uno en el mundo, y en tecnología la única alternativa a EE UU, lo cual antes no nos importaba pero ahora nos damos cuenta de lo frágil de depender de una potencia que hasta ahora era amigable, pero que puede no serlo. Las teorías neoclásicas decían que el mercado y la internacionalización tenían que ser los motores del desarrollo. Bueno, la gran historia ha sido Asia: Japón, sudeste asiático y ahora China. En todos los casos, el Estado ha sido el verdadero motor. Podemos estar en desacuerdo políticamente —a mí lo del Estado no me gusta mucho—, pero rompe toda la teoría. La paradoja más extraordinaria es que el gran milagro económico del siglo XXI lo ha dirigido un Estado comunista. La mejor empresa del siglo XXI ha sido un Estado comunista

P. ¿Hasta qué punto la fiebre por la IA es una huida hacia adelante de un capitalismo agotado? 

R. La innovación tecnológica en la IA es absolutamente real, y ha despertado el interés de los mercados financieros. Lo que es totalmente ficción es la idea de que las máquinas en sí son inteligentes y humanas: no pueden tomar decisiones, excepto si las programamos para ello. La IA transforma todos los dominios, es como internet, no es un sector, no está separada de lo que hacemos, es todo. Pedro Sánchez me encargó crear un Consejo Asesor Internacional de Inteligencia  Artificial. Es muy incipiente, pero la preocupación es que, incluida en todas las actividades sin control, pueda provocar desajustes. Está el tema de si eliminará trabajo, pero toda la historia de la tecnología es al revés. Cuando incluyes más tecnología, ciertos sectores pierden pero otros aumentan. La novedad es que ahora sean los trabajos más cualificados los que están en peligro. Hay que acompañar la transformación tecnológica de una transformación formativa, sobre todo en la universidad. Los muy formados van a tener que formarse más todavía para adaptarse al nuevo mundo. 

P. Dentro de 100 años, ¿qué pensarán de los cambios que estamos viviendo: internet, el móvil, la IA? 

R. La actividad humana está determinada por energía e información. La revolución industrial fue la transformación de la energía. La transformación de la información es la revolución informática de los años sesenta y setenta, tan importante como la industrial. Lo que fue el motor eléctrico para difundir la energía a todos sitios ha sido internet. La sociedad ya se ha transformado. Yo la llamo sociedad red porque es una nueva estructura social, distinta de la industrial porque está constituida en redes, la forma organizativa más flexible con diferencia. Hasta que no hemos tenido una tecnología capaz de difundir a través de redes toda la información y toma de decisiones, no ha habido cambio social. Para que esa estructura social exista y se desarrolle, hace falta una digitalización de todo. Y ahí está ese dato de la tesis de uno de mis alumnos: está digitalizado el 99% de toda la información. Ya estamos digitalizados. Nada de lo que tú haces o de lo que yo hago escapa. 

P. Han vuelto la meditación, las creencias de todo tipo… ¿Es un repliegue interior ante el caos del mundo, como en los años setenta? ¿No hemos conseguido hacer nada más con nuestras individualidades conectadas? 

R. Los que nos lo podemos permitir (hay quien no puede porque si se desconecta se muere de hambre) podemos construir espacios de libertad. Muchísima gente necesita meditar, cortar, purificarse. El mundo en que vivimos es más violento, más despiadado. La religión y otras formas de espiritualidad se hacen cada vez más importantes. No es una cuestión de fe, que quien la tiene la tiene y quien no la tiene no la tiene. La necesidad de que haya algo espiritual más allá de lo que nos agarra cada día es cada vez mayor, y la gente encuentra distintas  soluciones. Yo personalmente creo que es fundamental en este momento reclamar el papel de la religión y la espiritualidad como contrapeso a un mundo que se autodestruye. No es solo el clima: las guerras, la tecnología sin control, todo. Ahí tiene que haber una reacción política y no la hay. Con razón o sin ella la gente no se fía de la política. Entonces tienen que ser fuerzas interiores, fuerzas que nazcan de dentro de nosotros para el autocontrol, más que para el control externo. Lo único que nos queda es una pulsión interior que (independientemente de las estructuras religiosas) está ahí. Y de eso no se puede dudar, no se puede romper. 


P. ¿El motivo es la destrucción del papel de las instituciones, del “de arriba abajo” que viene con internet?

R. Absolutamente. De todo lo que he hecho lo que más ha impactado fue una trilogía. Todo el mundo se fijó en el primer volumen: la sociedad red, la tecnología, la economía global… porque lo escribí en los noventa y se ha expandido. No hice futurología, la digitalización ya estaba en su embrión.  Pero hay otra cosa: existen dos fuerzas muy contradictorias que organizan nuestra sociedad, lo que he llamado la red y el yo. El segundo volumen va sobre el poder de la identidad. Puede ser macro (cultural, política, etcétera) o una identidad que, si no perteneces o no quieres pertenecer a ninguna comuna cultural, te la buscas tú. Buscas una vida interior. La identidad juega a dos niveles. Muchos intelectuales de izquierda tienen un racionalismo clásico, pero lo importante en la vida es lo que la gente considera importante, y no somos racionales, somos animales emocionales, eso ya está establecido por la neurociencia.  Nuestros intelectuales no entienden el nacionalismo catalán o vasco, ni la construcción de comunas religiosas islámicas (que si no son toleradas derivan en radicalismo y destrucción de las estructuras de opresión). El feminismo es identidad. Pero como ataca la base de dominación patriarcal, que es la más antigua, estamos en una reacción violenta contra el feminismo y cualquier otra forma de identidad cultural y sexual. Que está en la base del trumpismo, de Vox y de todos los movimientos de extrema derecha en toda Europa que están ganando. 

P. Movimientos que de alguna manera vienen de internet y a la vez reaccionan contra él. 

R. Sí, porque internet no es un mundo en sí. Internet somos nosotros. En internet estamos todos. El feminismo se desarrolló mucho con internet, pero también el antifeminismo, el sexismo, el nazismo. Es una plataforma que construimos por cómo somos y qué hacemos cada día. Toda la utopía —en la que yo participé— del principio, del “creamos una comunidad universal y nos relacionamos libremente unos con otros”… Nos relacionamos, sí, pero con quienes queremos. Y si yo soy un racista, pues utilizo internet para encontrar más racistas. 

P. Entonces, ¿el problema de internet no es la hiperconexión, sino la homofilia?  Ese juntarnos con los que son exactamente iguales que nosotros.

R. Homofilia es una expresión perfecta. Se han inventado otra, las cámaras de eco, pero es exactamente eso. Internet somos nosotros colectivamente a partir del principio que señalas, es decir, yo voy con los míos, yo decido quiénes son. Ahí me encuentro en casa, y no voy con los otros, no leo a los otros, no discuto con los otros, los ignoro o extermino. Y esta es la fragmentación total. Una sociedad con instituciones que ya no cohesionan y en la que internet permite el separatismo  cultural. No es culpa de internet, es maravilloso, con comunas maravillosas: el arte, la cultura, la ciencia. Pero también fragmenta. Cuando una sociedad es fragmentada, esa fragmentación se amplifica por internet. Y lo mismo con la IA. El problema no es en sí la tecnología, sino la amplificación de tendencias destructivas en nosotros. Diría que todos somos las dos cosas, ángeles y demonios. Somos unos animales poco controlados que hemos construido unos instrumentos tan potentes que, si nos ponemos en serio a oponernos, nos podemos destruir fácilmente. 

P. La teoría era que las comunidades menos favorecidas iban a empoderarse en las redes, pero estamos viendo lo contrario, una unión inédita entre el poder tecnológico y político. 

R. Las dos cosas. Por un lado internet fue, y es, la base de grandes movimientos sociales transformadores. El 15-M en España no hubiera podido existir sin él, ni los movimientos sociales que siguen sucediendo en el mundo. Por otro lado, los grupos poderosos dominan cada vez más a través de sistemas de control algorítmico, y los grupos destructivos, antifeministas, racistas, etcétera, también se están organizando por internet. No es que empezáramos con una cosa y luego ocurrió la otra. Es que conforme internet salió de pequeñas comunidades bienintencionadas (científicos, intelectuales…) y se expandió al mundo, pues se ha hecho el mundo. Y el mundo está lleno de, yo digo, no solo de gente mala, sino de la parte mala de todos nosotros. Si lo puedes articular en redes en el ámbito planetario o local, todo esto se amplifica. 

P. ¿Conserva el optimismo? ¿Sigue creyendo en la revolución? 

R. Bueno, digamos transformación social. La revolución para mí tiene un sentido estricto, que es político. Sucede cuando hay un cambio, una destrucción de un Estado, de un sistema institucional. Hablar de revolución tecnológica también es correcto. Sobre el optimismo: soy un clásico, sigo repitiendo la famosa frase de Gramsci, pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad. Si eres optimista pero no sabes en qué mundo vives, te va a ir mal. Hay que analizar. Y si analizo, veo un mundo actual claramente en proceso autodestructivo. 

P. ¿Qué está pasando en EE UU? 

R. El cambio fundamental del orden mundial, que lo convierte en desorden. Está siendo (ahí sí puedo usar el término) una revolución: es un cambio de sistema institucional. El trumpismo no es efímero. Viene de un agente del antisistema político que es Trump. No es un antisistema anticapitalista: es el más capitalista de todos. Es otra paradoja de la historia: un multimillonario se convierte en el agente de transformación del sistema político apoyado por la clase obrera

P. ¿Cree que será importante un Papa estadounidense? 

R. Fundamental, como lo ha sido Francisco. El papel de la Iglesia católica puede ser fundamental, pero, si no, será otro grupo religioso. Porque es que no queda nada. La democracia solo existe en las mentes de las personas. Y si la gente no cree en los partidos, en la democracia, en las instituciones, pues se acabó. En ese contexto, cuanto más antisistema político eres, mejor. El éxito de Podemos fue ese, pero cuando pasó a ser parte del sistema, se acabó. Y lo mismo ahora: la política de moda es la antipolítica. Vox es un partido antisistema.  El revolucionario Trump no solo está transformando el sistema institucional, sino también la globalización, que estaba basada en la ausencia de fronteras económicas. Los aranceles se usan como estrategia geopolítica. El mundo se mueve otra vez por el nacionalismo, la gran palabra. EE UU, China, Japón. En Europa, los movimientos de extrema derecha son nacionalistas, antieuropeos, empezó con el Brexit. La discusión pública en España era “el nacionalismo es retrógrado, todos somos ciudadanos del mundo”. Y al contrario, había un resurgir en todo el mundo. 

P. ¿Es una forma de poner límites a la sociedad digital? 

R. Cuando hablamos de que las redes sociales son instrumentos de odio, de racismo, de sexismo, y del nacionalismo de todo tipo, bueno o malo, ¿de qué estamos hablando? De que las tendencias en la sociedad de internet las amplifica. Internet no es, por definición no puede ser, nacionalista. Es global. Pero es la plataforma global para el nacionalismo de cada Estado. 

P. Culpamos de todo a internet, pero en su último libro (La sociedad digital, Alianza, 2024) dice que es pánico moral, reacción al cambio. 

R. Cualquier cambio importante en el mundo de la comunicación se acompaña de la reacción contraria. Ocurrió con la televisión. A los profesionales de un medio les cuesta pasar a otro. Lo otro son los intelectuales. Los que han tenido alguna influencia histórica ya no tienen, se encuentran desintermediados por internet. Pueden publicar sus columnas o sus libros o sus artículos, igual que cualquiera pública lo que quiere en internet. Los influencers son más influyentes que los intelectuales. Entonces atacan al mensajero. Hombre, si todavía estás pensando en Kant en lugar de ocuparte de lo que pasa en el mundo y proporcionando ideas que a la gente le interesen… Están desorientados con internet porque eran el referente cultural y ahora se pierden en la cacofonía general. 


 




Entrevista a Judith Butler (i II)

 II



P. Volvamos al punto en el que la realidad interrumpió la conversación. Hablábamos de la performatividad en El género en disputa…


R. Ese libro fue importante para mucha gente, porque les permitió ver que habían nacido en un mundo de fuertes expectativas sobre lo que significa ser hombre o mujer. Hay algunas personas que no cumplen esas expectativas, pero ese fracaso puede ser muy prometedor si lo miramos desde la perspectiva de un espíritu autónomo que se desvía del camino, que no acepta acatar normas, que busca otra senda.


P. ¿Dónde sitúa el límite para considerar a un menor listo para incumplir estas normas?


R. Esa es una pregunta muy práctica. Los jóvenes deberían poder tomarse su tiempo para encontrar su propio camino. Enseñar género en la escuela no significa que les estés incitando a volverse homosexuales o trans. Eso es confundir el debate con el adoctrinamiento. No brindar apoyo a quienes no se sienten cómodos con su género me parece un acto de crueldad. No creo que cada vez que un niño dice que quiere hormonas haya que correr a que se las receten, pero tampoco en rechazar de plano la idea.


P. En su último libro habla de un “fantasma” creado para avivar los temores en torno al género. ¿Simpatiza con los padres preocupados por que sus hijos se equivoquen?


R. Sí. Esos padres tienen miedo, pero no puedo entender por qué prefieren no saber sobre ciertas cosas. Un hombre me dijo en Chile que no quería que una familia gay viviera en la casa de al lado. “Soy heterosexual, estoy casado y disfruto de la sexualidad reproductiva. Sigo la forma de vida que Dios ha ordenado, y es la única moralmente correcta”. Su miedo es que si hay diferentes tipos de familias, entonces su elección puede volverse menos natural, menos necesaria.


P. Una de las principales críticas a la ideología de género es que la industria farmacéutica tiene intereses en ella…


R. Esa industria se lucra con el reemplazo hormonal, pero tengo entendido que el beneficio que extraen de la terapia para mujeres posmenopáusicas es mucho mayor. Por supuesto que las grandes farmacéuticas son parte de ello, como lo son del tratamiento de la depresión, pero hay otros problemas por los que los niños cuestionan las normas de género, entre otros, la versión de masculinidad que representa Trump. Necesitan espacios donde ejercer su autonomía. ¿Cómo afirmarse? A veces, con un sencillo pronombre.


P. ¿Entiende las preocupaciones de las feministas que piensan que el género supone un borrado de las mujeres?


R. Hay un cierto feminismo que, creo que sin saberlo, se ha aliado en países como el Reino Unido o España con la extrema derecha a la hora de instigar ese fantasma sobre el género. Las entiendo, pero eso no significa que crea que se basan en el conocimiento. Tal vez necesitan comprender mejor quiénes son las personas trans. La feminidad no se borrará solo porque abramos la puerta y las invitemos a entrar. Este es un momento para ampliar las alianzas, no para luchas sectarias sobre baños. Las mujeres saben lo que es que les nieguen atención sanitaria. Ahora mismo, les privan del acceso a la salud reproductiva en varios países, Estados Unidos entre ellos. Saben lo difícil y necesario que es luchar por la autonomía. Entonces, ¿por qué no apoyan la lucha de las personas trans por esos cuidados y por vivir sin miedo a la violencia?


P. El fantasma pareció funcionar para la campaña de Trump. Uno de sus eslóganes decía: “Kamala está por elles (they/them). El presidente Trump está por ti”. La cuestión era si dar o no tratamientos de cambio de sexo a la población carcelaria migrante, una porción minúscula de la sociedad. Pero eso, y el hecho de que Harris no lo refutara, fue una poderosa razón para la victoria republicana.


R. Dudo de que ganara por eso. Los votantes ya vivían con temor por la economía, la guerra y la catástrofe climática. Trump supo cómo explotar y reenvasar esos miedos para poner a las minorías como chivos expiatorios. Ese mensaje apelaba a la ansiedad. Unió su retórica antiinmigrante a su discurso antitrans y antifeminista: Harris, la progresista, la marxista, la mujer negra que apoya la cirugía trans (aterradora) para los migrantes que inundan la frontera (también aterrador). En la izquierda, no sabemos cómo apelar a las pasiones de los votantes. Nos creemos muy inteligentes y muy críticos. ¿Dónde quedó el atractivo de nuestro imaginario radical? De todos modos, el juego de buscar culpables tras la derrota no me gusta. Tampoco el “Oh, no vimos lo antitrans y antiinmigrantes que son los votantes”.


P. No fue solo el trumpismo. Algunas voces demócratas dicen que es hora de superar la cuestión de los derechos de los trans en asuntos como el deporte, que afecta a pocos.


R. Se podría decir eso de los judíos, los negros, los haitianos o de cualquier minoría vulnerable. Una vez que decides que se puede sacrificar a una, estás operando dentro de una lógica fascista; puede haber una segunda y una tercera, y una cuarta, y luego, ¿qué?


P. J. K. Rowling ha predicho con sarcasmo que para enfrentarse a Trump, el diario The Guardian va a pasar cuatro años publicando “extensos ar­tículos de [el escritor británico de izquierda] Owen Jones quejándose de que los taxistas estadounidenses no leen suficientemente a Judith Butler”. ¿Es insalvable el distanciamiento entre las élites y esa entelequia llamada “gente normal”?


R. Los taxistas eran demócratas hasta hace unos 20 años. Bernie Sanders tenía a los taxistas. Y Alexandria Ocasio-Cortez. Ambos son progresistas en lo social, en lo económico y en las políticas de género. Si la creciente disparidad entre ricos y pobres se colocara en el centro de la pasión de una coalición demócrata o liberal, y no solo como un adorno, entonces tal vez tendríamos un nuevo efecto Bernie. Por cierto, tengo grandes discusiones sobre género con taxistas. Me parece que muchos de ellos son excelentes teóricos de lo cotidiano.


P. Estas elecciones han sido las de género, pero no en el sentido que algunos de sus lectores habrían imaginado. Acabaron siendo un enfrentamiento entre los hombres heterosexuales y las mujeres. Y un triunfo de la machosfera misógina. ¿Lo interpreta como una reacción a lo que usted representa y a lo que ha defendido durante décadas?


R. Es parte del panorama. Pero lo importante es cómo pensamos sobre esta aparente división en un contexto de racismo cada vez más violento. La convergencia de género y raza en Harris fue fundamental en un país que es cada vez más misógino y racista.


P. ¿Se demostró una vez más que este país no está preparado para elegir a una mujer, o fue esa mujer en particular? 


R. No estoy de acuerdo con mucho de lo que decía en asuntos como el fracking, la migración o Palestina, y no apoyé activamente su candidatura, pero voté por ella. Tenemos una historia perniciosa de misoginia, que se celebra en la persona de Trump. Culpable de delitos sexuales, ha hecho más que nadie para degradar a la mujer. Cuando alguien dice que no le gusta esa parte de su comportamiento, pero que le vota por la economía, está indicando que tolera su racismo y su misoginia. Y si lo toleran no siendo racistas entusiastas, alientan a los racistas entusiastas y a los fascistas. Observo una especie de fantasía restaurativa en muchos movimientos de derechas en Estados Unidos. Quieren volver a la idea de un país blanco, al principio de la familia patriarcal o de los matrimonios solo heterosexuales. Yo lo llamo furia nostálgica por un pasado imposible. Es como si, porque les asusta la complejidad del mundo en el que vivimos, vieran bien cebarse rabiosamente con los más vulnerables para defenderse ellos mismos.


 P. ¿El resultado de las elecciones significa que lo woke está arruinado? En inglés rima: woke is broke.


R. Ni siquiera sé qué es lo woke, más allá de un insulto de la derecha.


P. Reformulare la pregunta. ¿Supone la victoria de Trump un cierto fin de las políticas de la identidad?


R. La identidad es, para mí, un punto de partida para tejer alianzas, que necesitamos que sean amplias e incluyan a todo tipo de personas, desde las trans hasta la clase trabajadora y esos taxistas que preocupan a Rowling. La identidad es un buen comienzo para establecer conexiones y generar comunidad. Pero no es buena idea cuando una política de identidad se centra solo en la identidad. Cuando eso sucede, crece el sectarismo y pones en peligro el ideal del mundo como un lugar interconectado.

Entrevista Judith Butler

 


Entrevista de Iker Seisdedos, El País (7/12/24)


A Judith Butler (Cleveland, Ohio, 68 años) las listas no le “interesan demasiado”. Ni siquiera si, como es el caso, las encabeza. “Estoy en una ilustre compañía masculina”, dice al escuchar los nombres de Thomas Piketty, Noam Chomsky y Jürgen Habermas, segundo, tercer y cuarto pensadores más influyentes votados por los expertos convocados por Ideas. “¿Me convierte eso en un hombre?”.


Butler, referente del feminismo y de los estudios de género y de la teoría crítica y la filosofía contemporáneas, se registró hace años como persona no binaria en California. No se cambió el nombre —para sorpresa, recuerda, de quien atendía la ventanilla del juzgado— pero sí los pronombres en inglés por they/them, un gesto de autodeterminación que en español equivaldría al uso de elle en lugar de ella.


A los pocos días, y a tenor de los derroteros que tomó la conversación, envió un correo electrónico en el que dijo que le gustaría pensar que la influencia que le reconoce el ranking de Ideas se deriva de su obra y no de las controversias públicas que suele protagonizar, de la guerra de Gaza al feminismo que se opone a considerar mujeres a las mujeres trans. Esa obra va mucho más allá de esas polémicas, y también de la teoría queer que alumbró a finales de los ochenta: Butler ha escrito brillantemente sobre la censura, la no violencia o la insurgencia de Antígona, y ha reflexionado en diálogo con otros pensadores, formato que encuentra “inspirador”, acerca de asuntos como el secularismo o la agonía del Estado-nación. Ahora trabaja en un ensayo largamente postergado sobre Kafka.


Pregunta. ¿A quién habría votado usted como el pensador más influyente?


Respuesta. A [la escritora india] Arundhati Roy. Sus opiniones sobre la pandemia, la opresión o la justicia son muy poderosas. Al menos en mi mundo, cuando ella habla, la gente escucha.


P. ¿Y cuáles son los tres intelectuales que más le han inspirado?


R. Probablemente Hegel y Freud, y o bien [Michel] Foucault o Simone de Beauvoir. No me haga elegir entre esos dos...


P. Este mes se cumplen 35 años de El género en disputa. ¿Ha cambiado su forma de ver el género en este tiempo?


R. Como aún no he muerto, mi pensamiento sigue vivo, así que sí. Abandoné el tema tras Deshacer el género (2004) y pasé 20 años en otros asuntos. Retomarlo [en su último ensayo] fue raro, porque tuve que investigar su evolución en las últimas décadas. Cuando escribí El género en disputa estaba adentrándome en la teoría feminista francesa y el posestructuralismo, eso que en mi país se suele vender como “french theory”. Esa influencia fue una de las razones por las que acabó siendo un libro difícil. Pese a su densidad, es extrañamente popular. Lo cual me da que pensar que los lectores son más curiosos e inteligentes de lo que suponemos.


P. ¿Diría que el público está más interesado en las ideas que entonces?


R. Tal vez en Europa o en España, donde hay festivales de filosofía y largos artículos en EL PAÍS sobre pensadores [risas]. En Estados Unidos hay una frontera muy marcada entre los académicos y los escritores públicos. Yo a veces la traspaso. No siempre. No me gusta la categoría de intelectual público, es muy individualista. Cuando el trabajo de alguien se vuelve públicamente interesante es por algo que ya está pasando en el mundo: nuevas formas de pensar de los jóvenes, cambios en la sexualidad o en las formas de vida familiar, curiosidad sobre el género... Esos fenómenos públicos, a menudo incómodos, son los que hacen que ciertos intelectuales adquieran prominencia, porque están pensando sobre lo que a la gente le preocupa. Piketty es importante porque nos ayuda a pensar la desigualdad. Y apreciamos que alguien como Dipesh Chakrabarty indague en un problema tan acuciante como el clima. La mayor parte de nuestro trabajo es colaborativo. No podría haber escrito El género en disputa sin la teoría feminista, el activismo gay e incluso la escena de bares de New Haven [donde Butler vivía entonces]. Aquel trabajo reunía varios legados, y luego yo firmé con mi nombre.


P. ¿Hay algún aspecto de El género en disputa que lamente?


R. No es arrepentimiento, pero lo que más entusiasmó a los lectores fue el concepto de performatividad. Mucha gente lo entendió como la defensa de una libertad para ser lo que quieras y cambiar quién eres. Es solo la última parte del libro, aunque incluso ahí digo claramente, a partir de la idea de “libertad situada” de Simone de Beauvoir, que siempre ejercemos la libertad con ciertas restricciones…


Butler se calla para escuchar el rumor de una protesta que llega de la calle. ¿Es por la guerra de Gaza?, pregunto. “Parece una manif”, responde empleando un coloquialismo chic en francés. “A menos que tengan permiso, se las verán con los de seguridad”.


P. Decían que este sería un otoño caliente de protestas en los campus, pero no ha sido así, ¿no?


R. Cuando ves cómo pegan a la gente en otras universidades, entiendes que las autoridades no siempre respetan la libertad de expresión. Están adoptando medidas cada vez más draconianas. Con Trump parece claro que eso se intensificará. Creo que los manifestantes están repensando sus estrategias.


P. En el curso pasado, esas protestas se presentaron como una colisión entre libertad de expresión y antisemitismo…


R. Me encanta que la manifestación haya cambiado nuestra conversación. Eso significa que no funcionamos fuera del mundo real. Es imperativo oponerse al antisemitismo como a cualquier tipo de racismo. El problema es la definición de antisemitismo. No puede ser que si criticas a Israel estés atacando al pueblo judío. En Israel, se escuchan críticas bastante fuertes, también al sionismo. Si [el diario] Ha’Aretz puede dar cabida a debates como esos, ¿por qué plantear esa discusión [en Estados Unidos] se interpreta como antisemita? De todos modos, este no es un buen momento para una reflexión seria y tranquila sobre el asunto. La censura sustituye al debate complejo cuando más lo necesitamos, ahora que tantas democracias están al borde de sucumbir a poderes autoritarios.


P. Recientemente definió a Hamás como un “movimiento de resistencia”…


R. Es lamentable: la gente toma una frase y la convierte en tu postura completa. Hay tal prisa por censurar y condenar que es muy difícil tener una discusión abierta. Si digo que es un movimiento de resistencia, lo estoy describiendo, pero no significa que lo apoye. Da igual: si pronuncias ciertas palabras y no otras, no superas la prueba, y tu reputación acaba por los suelos. Y luego está el hecho de que si en Francia dices résistance, estás hablando de uno de los movimientos de liberación más importantes de su historia como nación moderna. Para ellos, la resistencia es un valor supremo, y el terrorismo es lo que usas contra todo lo que no te gusta, algo que empleas para referirte a grupos como Hamás sin necesidad de matizar nada.


P. Nací en el País Vasco, y recuerdo lo delicado que puede ser el lenguaje. Por ejemplo, cuando la BBC seguía llamando a ETA un “grupo separatista”. ¿No es Hamás un grupo terrorista?


R. Hamás utiliza tácticas terroristas, sin duda, pero no todos los países de Naciones Unidas lo consideran un grupo terrorista; tiene un ala no militar que proporciona servicios sociales y distribuye ayuda humanitaria, motivo por el que Israel bombardea esos convoyes. Y yo me pregunto: ¿por qué la violencia estatal israelí, que es mucho más destructiva y comete crímenes contra la humanidad de manera habitual, no se llama “terrorismo de Estado”? En Estados Unidos, incluso a [el pensador palestino] Edward Said lo llamaron terrorista. Se utiliza esa palabra con mucha facilidad para cancelar debates. Pero si queremos saber por qué los palestinos se alzan de esa manera, entonces hay que contar una historia más larga. Eso no significa que los esté exculpando. Escribí un libro entero sobre la no violencia [La fuerza de la no violencia, 2021], que deja claro cuál es mi compromiso. Por eso creo que es mala fe, cuando no irresponsabilidad intelectual, decir que, porque puedo admitir que es la facción armada del movimiento palestino de liberación, apoyo su violencia.


P. Eso conecta con uno de los puntos más interesantes de su trabajo, la idea de la grievability, la noción de que hay personas que merecen más ser lloradas que otras.


R. Quienes hacen la guerra a menudo conciben las de quienes aniquilan como vidas que de todos modos no valía la pena vivir. No lamentan esas pérdidas, porque carecen de valor. Se considera a los palestinos como amenazas a la existencia israelí, no como seres humanos. Una vez que una población ha sido tan degradada que ya no cuenta entre la comunidad humana, queda despejado el camino hacia la acción genocida. Y lo que estamos viendo en Gaza son acciones genocidas.


P. No exactamente un genocidio…


R. Una acción genocida es aquella que no solo tiene como objetivo a un grupo étnico muy específico de personas, sino también las infraestructuras de la vida. Raphael Lemkin, que ideó en 1944 su doctrina, fue muy claro al respecto. Francesca Albanese, relatora especial de la ONU sobre Palestina, acepta esa definición para lo que está sucediendo en Gaza. Así que creo que es una conducta genocida. Lo que a la gente le cuesta más comprender es que este tipo de tácticas y esta forma de matar, de desposeer por la fuerza, no empezó el 7 de octubre [de 2023], sino que opera desde [la creación del Estado de Israel en] 1948.


Europa (1950), segons Manuel Sacristán

 



Aquest fragment és pot llegir, al llibre  "Acerca de Manuel Sacristán*", i tenint en compte la data, no deixa de ser una definició suggerent del que hauria pogut ser. Avui, més aviat, el que passa és que la homogeneïtzació cultural fa que tothom llegeixi els mateixos llibres i consumeixi els mateixos productes cultural, especialment, productes nord-americans. 


Una definición de Europa (1950)

"Colonia, lunes 21. Está lleno el 'Collegium' de Colonia. Los estudiantes españoles se reparten por pensiones. A dos, nos invita un estudiante al que sobran dos camas. (...) Antes de acostarme ojeo en su compañía la biblioteca y encuentro, entre otras muchas cosas interesantes, la edición de Hoepli de Dante y Del sentimiento trágico de la vida, en español, en la edición de Espasa-Calpe.

(Ahora ya tengo hasta una definición provisional de cara al futuro: Europa es la posibilidad de seguir encontrando en una casa del paralelo 51 el mismo libro que te has dejado en tu mesilla del paralelo 41.**" (pág. 712)

Ressenya: La razón sin esperanza (I)




 Ahir vaig acabar de llegir el llibre de Javier Muguerza, La razón sin esperanza*. Un llibre on és recullen diferents articles publicats en diverses revistes especialitzades al llarg del temps (1976, 1970, 1971, 1973, 1974). El fil conductor és l’anàlisi des de una perspectiva analítica de l’ètica. I sota aquesta perspectiva, s’amaga el que vol dir racionalitat.

Un llibre brillant, amb diàleg amb tots els autors de les corrents analítiques, i també no analítiques, com la marxista. Un diàleg ple de controvèrsies, d'atzucacs dins de cada corrents, de insuficiències i contradiccions. Des de l’axioma empirista, obert per Hume i la seva distinció entre ser i haver ser, que ha permès gastar pantans de tinta, hi que ha creat la famosa  fal·làcia naturalista. 

Hi ha moments, què la filosofia analítica, des de G.E.Moore, sembla que ha solucionat els problemes morals i la seva obsessió per analitzar les paraules, visitant els diccionaris. Però, res més lluny de la realitat. La paraula clau es donar raons del perquè fem el que fem. I això implica una teoria de la racionalitat. I un problema sorgeix immediatament. El pou sense fons de les distincions. Un pou que explica perquè no hi ha manera de sortir de les apories que porten aquests anàlisis. Kant volia accedir a la raó pràctica sense la motxilla del coneixement, raó teòrica. Per ell, la raó és capaç de saber què cal fer. Una ètica formal on la bona volutad ho és tot. Però, la filosofia analítica, no vol aquesta solució. Si Wittgenstein I, una pedra a la sabata de tothom, ha indicat en un primer moment, que de l’ètica, millor era el silenci. Després, el Wittgenstein II, va explicar que el llenguatge de l’ètica és un joc, com qualsevol altre joc, sigui, el llenguatge científic o el llenguatge comú. 

Hi havia autors que volien dissoldre els problemes ètics. És una manera de resoldre els problemes a base de decretar que aquests problemes no existien. I així, en un primer moment, amb A.J.Ayer** i el positivisme lògic, van poder indicar que el llenguatge de l’ètica pertany a les “qüestions de valor” enfront de les “qüestions de fet”. Per Ayer, les qüestions de valor, son “expressions d’emocions que no poden ésser vertaderes ni falses”. Ayer a l'analitzar el llenguatge ètica, pretén fer metaètica. No vol embolicar-se en les qüestions del que vol dir, bo, dolent, felicitat, creença, utilitat, etc. 

Muguerza, fa broma sobre els exemples que els filòsofs analítics fan servir per explicar les seves exquisides distincions ètiques. L’abast dels exemples, no surten del camp de criquet ni de les biblioteques. Puc fer trampa en el joc? Puc emportar-me un llibre sense que el bibliotecari s’assabenti? Potser aquests autors, literalment, viuen dins de les biblioteques i com a molt surt al exterior per jugar al criquet o potser no tenen cap interès en el món que els envolta. I això connecta amb una diatriba de Matthew Stewart a aquests autors***. 

Si aprofundim en l’ètica dels analítics d’Oxford, res millor que escoltar una veu, que apareix al llibre, Elizabeth Anscombe, per plantejar una qüestió que surt dels camps de criquet i les biblioteques. Estem a l’any 1957, la Universitat d’Oxford volia concedir el títol de doctor honoris causa al expresident Harry Truman, malgrat que va ser ell que va ordenar llançar les bombes atòmiques  sobre Hiroshima i Nagasaki, l’agost de 1945. Anscombe li semblava que el seu acte el desqualificava per rebre el títol i la institució què l’havia anomenat. Quin paper van jugar els eminents professors de filosofia d’Oxford? La resposta és cap ni una! Potser calia estudiar, que volia dir, “tirar una bomba atòmica a aquestes ciutats”, tant anàlisi escrupolós amb les paraules i ser incapaços de dir o mostrar alguna cosa sobre aquest fet, dona idea de perquè el criquet i la biblioteca eren un refugi contra la funesta realitat ( no els agrada aquesta paraula). Anscombe va poder dir d’aquesta filosofia el següent:

“(...) es impossible tenir forma alguna de llei moral universal, ja que lleis com “esta mal mentir” (...) son meres “regles empíriques” que una persona experimentada sap quant incomplir, i que la lenitat en l’aplicació d’aquestes regles en casos individuals deu jutjar-se en funció de si pots encaixar en el “way of life” preferit de la persona i en què mesura (...) aquestes filosofies impliquen, per tant, el rebuig de la idea de que qualsevol classe d’actes, com l’assassinat, per exemple, deu excloure absolutament****” (p.137). De fet, si el mitja és dolent –l’assassinat massiu- la fi queda contaminada irremeiablement.

Murguerza, obra una amplíssima panòplia d’arguments i diàlegs entre una nòmina d’autors molt selecte. Tracta de donar a cadascú el que és seu. Però a l’hora els posa davant de les contradiccions e insuficiències que cada posició porta en si mateixa. Ningú escapa a aquesta tasca crítica i per descomptat, les seves pròpies tesis. Cada capítol, se'n branca en diferents camins de discussió, especialment al capítol VII, què te com a títol: “A modo de epílogo: últimas aventuras del preferidor racional” (p.227). D'aquest capítol parlaré en un altre entrega.


Entrevista a Martha C.Nussbaum (II)

 


En su último libro sobre el extremismo religioso en la India pone en duda que el choque de civilizaciones constituya la amenaza principal, y otorga este carácter al choque que se produce en cada uno de nosotros entre la agresión autoprotectora y la capacidad de habitar el mundo con otras personas. ¿Puede decirnos algo más al respecto?


He querido refutar la idea, que Samuel Huntington** hizo tan popular, según la cual el mundo actual está dividido entre democracias occidentales y amenazas provenientes del islam. El contexto de la India es diferente, porque allí las personas comprometidas con actos de violencia son hindúes que invocan falsamente una versión de su tradición, y la utilizan para atacar a civiles musulmanes inocentes e intentar dominarlos. Me propuse hablar sobre este asunto porque en América no se hace. Mis amigos de la India allí han escrito muchas cosas interesantes, pero en Estados Unidos no las lee nadie. Me pareció que podía hacer de altavoz de aquellas voces que no son escuchadas. Lo que quería mostrar, el mensaje que quería transmitir, era que este choque entre el respeto por la igualdad humana y el impulso por dominar se encuentra en el interior de toda sociedad. En un nivel más profundo, creo, como Gandhi, que se encuentra en cada persona, y que si somos conscientes de las fuerzas que nos conducen a querer dominar a otros, se reafirmará nuestra esperanza de lograr una sociedad decente y justa. También he investigado al respecto en mi libro sobre la vergüenza y la repugnancia, donde intento centrar la atención en el origen de estas fuerzas.


En su texto Libertad de conciencia (2008) hace hincapié en las diferencias entre la libertad religiosa en EE.UU. y la tradición laica europea. Sumándose a otros casos que usted señala, algunos ayuntamientos catalanes han vetado el uso del burka en edificios públicos, y en el Congreso el partido de la oposición presentó una moción para prohibir el velo integral en espacios públicos. ¿Cómo pueden relacionarse los conceptos de igualdad, libertad, neutralidad y protección de las minorías? ¿Se podría afrontar esta problemática con las herramientas del citado libro?


Espero que sí. Tengo previsto publicar en Alemania un librito donde ampliaré los temas centrales de la conferencia que he venido a impartir, con más ejemplos del contexto europeo, y en el que habrá comentarios y réplicas de dos profesores alemanes, uno de ellos Heiner Bielefeldt, el nuevo relator especial de Naciones Unidas sobre libertad de religión o creencias. La tradición americana nos muestra que las personas se atemorizan con facilidad, y que el miedo les hace tratar a las minorías de un modo incoherente; demonizan a los recién llegados, a los que parecen diferentes, pero no aplican estas mismas limitaciones a su propia religión mayoritaria. Por ejemplo, cuando los católicos comenzaron a emigrar a América desde el sur y el este de Europa, la gente les temía porque eran de aspecto diferente a los rubios norteños: morenos, más bajos. Les tenían miedo, y les impusieron reglas del todo injustas. En la escuela pública se podían rezar plegarias protestantes pero no católicas; se podía recitar la versión protestante de los diez mandamientos, pero si una criatura quería recitar la versión católica se la castigaba, incluso con violencia física. Hechos similares suceden en la Europa de hoy con los musulmanes. En algunos estados de Alemania hay leyes que prohíben a los profesores de las escuelas públicas cubrirse con pañuelos, pero las monjas y los sacerdotes no tienen problemas para impartir clase con sus hábitos completos. Hay ahí una contradicción flagrante, y aunque haya quien aduzca el carácter cultural de estas cuestiones, en realidad son totalmente religiosas. En cuanto al burka, se sostiene que necesitamos vernos el rostro completo para establecer relaciones transparentes y normales. Yo vengo de una ciudad muy fría, y en invierno usamos gorro y bufanda; solo nos quedan los ojos al descubierto, pero no tenemos ningún problema con la transparencia. Para un trámite oficial comprendo que se tenga que ver el rostro completo de la persona, pero para las interacciones normales cotidianas el argumento me suena un poco ridículo… En Holanda, por ejemplo, donde se han producido estos mismos debates, van a patinar con pasamontañas, con una única obertura para los ojos; y en todos los países modernos los cirujanos utilizan mascarilla. En las democracias modernas está bien establecido que podemos confiar en las personas que se cubren la cara, de modo que el debate tiene que ver en realidad con los musulmanes y con el miedo a los musulmanes. Con respecto al dictum de que se oprime a las mujeres, lo que corresponde es que la policía investigue, donde sea, cualquier denuncia de violencia o coacción. Hay muchísimos casos de violencia doméstica que no tienen nada que ver con el islam. En mi propio país hay pocos musulmanes y mucha violencia doméstica, y ciertamente la policía no hace al respecto un trabajo lo bastante bueno. Si una mujer llama a la policía para denunciar actitudes violentas o coercitivas de su compañero o de su padre, hay que investigarlo. Pero si una mujer decide salir a la calle con el burka, ¿por qué tendríamos que protegerla de sus propias decisiones? Personalmente no comparto esa opción, pero el modo en que los demás adoptan sus decisiones no es algo de mi incumbencia. Tampoco estoy de acuerdo con la decisión de una mujer de hacerse monja, pero ni en sueños pensaría en impedirle usar el hábito. Las personas tienen que ir a la escuela para aprender sus derechos como ciudadanos y recibir una buena educación, y luego han de encontrar oportunidades de empleo; es en eso en lo que tienen que centrarse los estados, y no en negar posibilidades de expresarse a la gente(1).


Nota:


* Entre los trabajos de Martha C. Nussbaum traducidos al castellano destacan: La fragilidad del bien: fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega (Madrid, Visor, 1995), Las mujeres y el desarrollo humano: el enfoque de las capacidades (Barcelona, Herder, 2001), La terapia del deseo: teoría y práctica en la ética helenística (Barcelona, Paidós, 2003), El conocimiento del amor: ensayos sobre filosofía y literatura (Madrid, A. Machado Libros, 2005), El ocultamiento de lo humano: repugnancia, vergüenza y ley (Buenos Aires, Katz, 2006), Las fronteras de la justicia: consideraciones sobre la exclusión (Barcelona, Paidós, 2007), India. Democracia y violencia religiosa (Barcelona, Paidós, 2009) y Libertad de conciencia. Contra los fanatismos (Barcelona, Tusquets, 2009).


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¿QUIÉN TEME A MARTHA NUSSBAUM?


POR CARME CASTELLS


Seminari Filosofia i Gènere


Si sólo pudiera emplearse una línea para describir a Martha Nussbaum, profesora de Derecho y Ética en la Universidad de Chicago, cabría decir, sin duda alguna, que es una de las personalidades más relevantes del panorama filosófico mundial actual. En ello concurren la calidad y el rigor de su obra, en la que se pone de manifiesto la amplitud de sus intereses y también, lo que no es menos importante, su decidida voluntad de contribuir a transformar la realidad, al igual que su empeño en resaltar la utilidad práctica de la filosofía como instrumento que puede ayudar a mejorar la vida de las personas, tanto desde un punto de vista individual como colectivo. Podría decirse que sus textos reflejan, de un modo u otro, el espíritu de la conocida máxima de Epicuro, según la cual: “Vacío es el argumento de aquel filósofo que no permite curar ningún sufrimiento humano”.


Martha Nussbaum deja traslucir este empeño en la mayor parte de sus textos, ya sea a los debidos a su vertiente de profunda conocedora del pensamiento clásico –al que acerca a la contemporaneidad, y que le permite elaborar valiosas reflexiones sobre, por ejemplo, el valor cognitivo de las emociones o pensar en qué consiste, hoy, una vida buena y cómo tender hacia ella– o bien en aquellos que corresponden a su faceta de pensadora política, en los que analiza cuestiones que abarcan desde la ciudadanía en un mundo globalizado hasta la situación actual de viejos problemas, como los relacionados con las situaciones de injusticia que padecemos las mujeres.


Si bien un comentario detallado de su bibliografía 1 excedería el alcance de estas líneas, a modo de ejemplo podemos mencionar, de entre el primer grupo, dos grandes obras: La fragilidad del bien: fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega (1995), y La terapia del deseo. Teoría y práctica en la ética helenística (2003). Entre los segundos encontramos Las mujeres y el desarrollo humano (2000), texto que nos presenta Mercè Otero, con entusiasmo, en este mismo número de Lectora , y el espléndido volumen Sex and Social Justice (1999) en el que la autora reúne quince artículos, en los que se abordan temas como la religión y los derechos humanos de las mujeres; la defensa de los derechos de lesbianas y gays o los problemas que plantean los juicios a otras culturas, a partir del caso de la mutilación genital. En esta obra deja traslucir con brillantez no sólo su formación teórica, sino también la experiencia derivada de su colaboración en una agencia internacional para el desarrollo vinculada a las Naciones Unidas, y muestra con claridad que su concepción del feminismo (que describe como “internacionalista, humanista, liberal, interesado en la formación social de las preferencias y los deseos y en la capacidad de empatía” [1999, p. 6]) está estrechamente vinculada a su voluntad de erradicar la injusticia, de contribuir a mejorar la situación real de las mujeres.


Probablemente, esta voluntad de vincular la reflexión feminista con la práctica, con la acción, sea la razón principal que, en noviembre de 1999, le indujo a publicar en The New Republic , un artículo titulado “The Professor of Parody”, al que se hace referencia en la entrevista que sigue a estas líneas. En este texto criticaba el tipo de feminismo practicado por autoras como Judith Butler, y expresaba su desacuerdo en términos como los siguientes: Al parecer, las pensadoras feministas del nuevo estilo simbólico creen que la manera de hacer política feminista es emplear las palabras de manera subversiva, en publicaciones académicas notablemente oscuras y abstractas. Se considera que estos gestos simbólicos constituyen, en sí mismos, una forma de resistencia política, y que, por lo tanto, no es preciso comprometerse con asuntos tan engorrosos como la reforma legislativa o las acciones reivindicativas.


Al propio tiempo, afirmaba que: La gran tragedia de la nueva teoría feminista en los Estados Unidos es la pérdida del sentido del compromiso público [...]. Esta teoría no contribuye a alimentar a las mujeres hambrientas; no da refugio a las que han sido agredidas, no ofrece justicia a las que han sido violadas y no contribuye a proporcionar protección legal a los gays y las lesbianas.


Como resulta fácil suponer, la claridad expositiva con la que formuló sus críticas contribuyó a desencadenar una acalorada (y, por demás, saludable, en un momento en el que no es extraño oír hablar de “postfeminismo”) controversia sobre el papel y la función de la reflexión feminista contemporánea.

Entrevista a Jürgen Habermas (1929-2026)

 Entrevista a Jürgen Habermas: la Modernitat, obsoleta?

Jürgen Habermas (1929-2026): el último filósofo de la modernidad

Entrevistas In Memoriam





Hoy publicamos la versión inédita de una de sus últimas grandes entrevistas —una defensa sin ilusiones de la Ilustración y de Europa—.


Daniel Steinmetz-Jenkins 14 de marzo de 2026, leGrandContinent

Esta entrevista es la versión íntegra de una entrevista publicada en The Nation el 7 de julio de 2025.


El título de su libro, Auch eine Geschichte der Philosophie (literalmente, «También una historia de la filosofía*»), despierta inmediatamente la curiosidad, sobre todo en cuanto a lo que puede significar ese «también». ¿Por qué eligió este título?

A primera vista, se trata simplemente de un gesto de modestia. Toda historia revela la perspectiva de su autor. ¡Necesito incluso la totalidad del primer volumen de la traducción inglesa en tres tomos para explicar mi perspectiva! Sin embargo, si se analiza más de cerca, mi enfoque de la historia de la filosofía occidental es totalmente distintivo —y quiero también llamar la atención sobre este punto—.


Quiero mostrar que «nuestra» comprensión moderna de la razón y la autonomía es el resultado de procesos de aprendizaje. Con este proyecto, me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.


¿Por qué?

Estamos asistiendo, y no sólo en Alemania, a una profusión de estudios, incluso entre mis colegas de las ciencias sociales, que dan por sentado el fin de la modernidad con cierta indiferencia —o incluso cierta dureza—.


Y, en efecto, existen numerosos indicios empíricos de que no sólo están amenazados los grandes logros políticos de la modernidad, sino también de que el estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza. Lo que más me llama la atención en estos rechazos, con un simple encogimiento de hombros, de toda una época, es la insensibilidad ante el hecho de que esta forma moderna de pensar se ha llevado a cabo de manera autocrítica desde el principio.


Un legado intelectual de este tipo, cuyo propio modo de transmisión implica una autotransformación, no puede ser indiferentemente dejado de lado, descartado y olvidado como un período pasado de la historia humana. Pero hoy resulta igualmente insuficiente limitarse a insistir una vez más en una tradición que en su día se afirmó contra todo lo que era pura tradición. Por eso emprendo la ambiciosa tarea de demostrar, a través de una filosofía de la historia, que nuestros conceptos autoritarios de razón y autonomía son el producto de largos procesos de aprendizaje. Si esto puede demostrarse, entonces estos conceptos poseen una resistencia muy diferente.


Lo que hemos adquirido mediante el aprendizaje sólo puede, en el mejor de los casos, ser superado por un aprendizaje posterior. Mientras no sea así, lo aprendido puede, como mucho, ser reprimido, pero no olvidado por completo. Al estar reprimido, no desaparece, sino que permanece activo como resistencia.


No es casualidad que mi libro concluya con capítulos dedicados a las condiciones de posibilidad de la investigación cooperativa y a las prácticas de la moralidad racional y la democracia constitucional. Dado que son el resultado de largos procesos de aprendizaje filosófico, tales logros pueden, en el peor de los casos, ser suprimidos, pero no sin dejar huellas en la historia a las que las generaciones futuras podrán volver.


Me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.

Jürgen Habermas


Usted adopta en la historia de la filosofía una posición más hegeliana de lo que sin duda había hecho nunca, al destacar una continuidad de preocupaciones desde los presocráticos hasta el siglo XIX. ¿Por qué este énfasis en la continuidad en lugar de en la ruptura —o al menos en la discontinuidad discursiva—?

Yo no veo las cosas así.


La impresión —que quizás tiene usted— de que mi exposición sigue la lógica interna de los problemas planteados de manera convencional se debe quizás al hecho de que me esfuerzo por sacar a la luz los procesos de aprendizaje. Ahora bien, a través de estos procesos de aprendizaje, la filosofía responde a los retos que se le plantean de manera más o menos contingente. Tal y como yo la concibo, la tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente el tipo de comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos a la que siempre nos enfrentamos en nuestro mundo vivido (Lebenswelt).


Esto es lo que significa la expectativa que se tiene de la filosofía: contribuir a «una mejor comprensión del mundo». La filosofía logra esto a la luz de los mejores conocimientos disponibles en la sociedad sobre el mundo. En su interpretación, se siente especialmente desafiada por los nuevos avances del conocimiento o por cambios históricos sorprendentes que devalúan o amplían la comprensión actual de uno mismo.


Entre los ejemplos contemporáneos se incluyen el papel de los descubrimientos biogenéticos en la medicina reproductiva, el papel de los procesos de inteligencia artificial en el mundo laboral o los cambios geopolíticos más profundos a raíz del declive de la superpotencia. El papel de la filosofía es ayudar a explicar lo que los descubrimientos revolucionarios o los cambios históricos significan en cada caso para nosotros como seres humanos, contemporáneos e individuos. En cualquier caso, la filosofía se distingue de la ciencia en sentido estricto por esta referencia reflexiva a la comprensión individual y colectiva de uno mismo y del mundo que se da en la sociedad. 


La filosofía es, sin duda, también una forma de pensamiento científico —y su modo de elaborar una comprensión de uno mismo iluminada por la ciencia requiere asimismo un enfoque científico para tratar los conocimientos científicos relevantes para el mundo vivido o para hacer frente a los cambios políticos invasivos—. Sin embargo, sería fácil confundir este papel particular de la filosofía con la ciencia en general, ya que la actividad científica se desarrolló en gran parte en el marco institucional de la filosofía hasta que surgió la ciencia natural moderna y adquirió su independencia.


Pero, en mi opinión, la filosofía se distingue como tal por su modo de elaborar una comprensión general de uno mismo en relación con todo lo que afecta al trasfondo de nuestro mundo vivido orientador.


En este sentido, la filosofía no es sólo una ciencia entre otras: articula nuestra comprensión de nosotros mismos respondiendo a los nuevos conocimientos y a las nuevas situaciones de la vida, en la medida en que estos perturban y amplían nuestra comprensión anterior del mundo y de nosotros mismos.


Así es como explico el inicio de la filosofía y, más ampliamente, la aparición de esas visiones del mundo axiales que caracterizo brevemente y comparo en el primer volumen de mi obra.


Estas visiones del mundo pueden vincularse al intento de explicar las disonancias cognitivas que debieron surgir cuando la comprensión mítica del mundo y el pensamiento mágico ya no podían explicar las sofisticadas observaciones cosmológicas, los experimentos médicos o las consideraciones matemáticas de las civilizaciones avanzadas de la Antigüedad. A lo largo de su historia, y sobre todo desde el advenimiento de la ciencia moderna, la filosofía ha respondido de manera similar al aumento de los conocimientos sobre los acontecimientos del mundo y, en un sentido más amplio, a los choques sufridos por nuestra comprensión de nosotros mismos.


La tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente la comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos.

Jürgen Habermas


Pero más allá de su función interpretativa, ¿no tiene la filosofía también verdaderos objetos científicos y no produce sus propios conocimientos?

Sí, en este sentido, el campo de investigación propio de la filosofía comprende naturalmente las condiciones de la percepción y de todo conocimiento posible en general, así como el análisis de las condiciones de la acción y de la comprensión lingüística.


Sin embargo, su verdadero tema es más general: una elucidación guiada metódicamente de la comprensión general del mundo y de nosotros mismos, en la que nosotros y nuestros contemporáneos debemos apoyarnos siempre para orientarnos en el mundo vivido. La filosofía estudia generalmente la socialización comunicativa de los sujetos capaces de actuar como condiciones de posibilidad de la comprensión de sí mismo y del mundo propio del mundo vivido. Pero una historia de la filosofía también debe abordar los cambios que su papel sufre dentro de su propia sociedad. Su función más manifiesta es aportar contribuciones críticas a la legitimación de la forma respectiva de poder político. En nuestras sociedades occidentales modernas, sigue siendo una voz influyente en los debates sobre cuestiones constitucionales fundamentales.


El libro vincula el poder de la razón moderna con el desarrollo de las primeras religiones y las visiones antiguas del mundo.

A primera vista, puede parecer sorprendente que haga del discurso sobre la fe y el saber el tema de una historia de la filosofía occidental. Pero hay varias razones para ello. Karl Jaspers me convenció en primer lugar cuando sostuvo que la filosofía occidental pertenece a las visiones del mundo que surgieron durante lo que él denomina la «edad axial» (Achsenzeit), es decir, hacia mediados del primer milenio antes de nuestra era, en el marco de las cinco o seis civilizaciones más avanzadas de la época.


Por eso, antes de presentar la historia de la filosofía en sentido estricto, propuse primero una breve comparación de los orígenes del judaísmo, el budismo, el confucianismo y el taoísmo, así como de la filosofía griega clásica hasta Platón. Por un lado, esto al menos pone en perspectiva la historia de la filosofía occidental. Porque, a pesar de los ambiciosos discursos interculturales suscitados por ocasiones particulares, seguimos careciendo de una comparación suficientemente sistemática de las trayectorias históricas de las grandes tradiciones mencionadas, que se extienden hasta los discursos políticos contemporáneos. Los intereses conflictivos y las amenazas potenciales son una cosa. Pero las justificaciones que se les aportan constituyen la única moneda con la que los problemas acuciantes que deben negociarse en una sociedad mundial económicamente integrada pueden resolverse de manera cooperativa.


En nuestro contexto, el examen de la era axial nos recuerda además que la filosofía occidental moderna también surge de la combinación de dos visiones del mundo axiales con estructuras muy opuestas. 


La combinación del platonismo y las enseñanzas del cristianismo primitivo, que tuvo lugar bajo el Imperio romano, influyó en la filosofía occidental durante mil quinientos años. Me interesan especialmente las consecuencias decisivas que tuvo el legado bíblico al determinar el curso del desarrollo. Por un lado, moldeó los supuestos ontológicos de la ciencia natural moderna a través del nominalismo; por otro, determinó la historia del derecho natural europeo a través de la recepción del derecho romano.


Hoy, considero especialmente importante recordar cómo el desarrollo hacia el derecho natural racional moderno, acelerado por las guerras de religión, ya condujo a la idea kantiana de una «condición general del derecho» (allgemeiner Rechtszustand) vinculante para todos los Estados. Según esta idea, un sistema de leyes universales y estrictamente vinculantes, válido a escala mundial, debería garantizar que los ciudadanos de todos los países disfruten, en principio, de los mismos derechos individuales. El concepto actual de derechos humanos refleja los principios de la teoría moral de Kant: la universalidad, el carácter individualista y la validez vinculante de las normas justificadas.


Sin embargo, el contexto histórico, político y social en el que esta idea abstracta puede hacerse realidad fue tomado en serio por primera vez por Hegel y los grandes pensadores que le sucedieron, aunque en un sentido profundamente crítico. Feuerbach, Marx, Kierkegaard y los pragmatistas estadounidenses fueron los primeros en comprometerse simultáneamente con Kant y Hegel y su legado religioso, preparando así el terreno para la filosofía contemporánea.


Nunca he creído en la idea ingenua del fin de la historia. 

Jürgen Habermas


¿Pero no surgieron enfoques filosóficos totalmente diferentes a raíz de Hume?


Por supuesto. Y por eso, por cierto, mi construcción de la historia de la filosofía se basa en el debate entre Kant y Hume. 


El resultado de este debate determina también la forma en que se entiende la tarea de la filosofía en general y el tipo de filosofía que se desea practicar.


¿Es la filosofía una ciencia particular —una de las muchas disciplinas que utiliza sus herramientas de análisis conceptual para estudiar su propio objeto claramente delimitado—?. ¿O bien, más que una ciencia en sentido estricto, no es su función esencialmente la de un intérprete que se esfuerza por elucidar metódicamente la comprensión de uno mismo y del mundo en un momento dado a la luz de lo que se conoce del mundo?


Con Hume y Kant, estas dos vías de la filosofía moderna no divergen, naturalmente, de forma tan clara como para que los pensadores puedan asignarse siempre fácilmente a una u otra —y ciertamente no tan claramente como para que ambas partes no aprendan constantemente unas de otras. No obstante, es posible distinguir una comprensión estrecha, científicamente limitada, de la pretensión interpretativa más amplia de un discurso de la modernidad. Este último sigue la línea trazada por el idealismo alemán. Independientemente de los intercambios entre estas dos corrientes, esta distinción puede hacerse sin juicio de valor. En su propio trabajo, sin embargo, se tiende a alinearse con uno u otro lado.


Su crítica de la «racionalidad científica», formulada a finales de la década de 1960, la presenta como una ideología que legitima las sociedades capitalistas al reducir la racionalidad a la resolución de problemas, la política a la administración y el cambio social a la eficacia. En su libro, el cientificismo funciona como una respuesta a la pérdida de la seguridad metafísica, comparable al literalismo de los cristianos fundamentalistas. Por otro lado, el falibilismo, como concepto claramente científico, define un núcleo esencial de su enfoque. ¿Cómo describiría su actitud hacia el conocimiento y la ciencia? ¿Ha cambiado esta actitud?


Nunca he criticado la racionalidad científica como tal. La filosofía también debe hacer uso de esta racionalidad. Tanto ayer como hoy, mis reservas nunca se han dirigido contra el esclarecimiento científico —y mucho menos contra las ciencias en sí mismas—, sino contra el «cientificismo» (Szientismus), que busca construir una «visión del mundo» sobre la base de los resultados de sentido común de las diversas ciencias.


Esta tendencia era más evidente en el positivismo lógico del Círculo de Viena, que volvió a cobrar influencia tras la Segunda Guerra Mundial gracias a los conocidos emigrados en Estados Unidos. Independientemente de su importante labor filosófica, es esta intención la que siempre me ha parecido engañosa. La idea de una «cosmovisión científica» pasa por alto la necesidad de conectarse con una comprensión de uno mismo y del mundo que la filosofía encuentra siempre ya en el mundo vivido. Pues incluso en la alusión a la naturaleza holística de una «imagen» del mundo en su conjunto contenida en el concepto de «cosmovisión», se refleja algo del carácter de esa comprensión de fondo ya presente y encontrada en «nuestro» mundo vivido —que nunca es plenamente objetivable y a través de la cual una persona se relaciona con algo en el mundo—.


El cientificismo no busca explicitar y, si es necesario, corregir el sentido común como tal mediante interpretaciones filosóficas, sino sustituirlo por una visión del mundo construida científicamente.


En la década de 1960, critiqué sobre todo las consecuencias políticas de esta idea, a saber, la desposesión de los ciudadanos de los Estados democráticos por parte de políticos que querían utilizar tal adoctrinamiento para promover un régimen tecnocrático supuestamente inevitable. En la América de Elon Musk, esto vuelve a resultar familiar… 


En la concepción de su historia de la filosofía, ¿en qué medida le ha influido Theodor W. Adorno, quien suponía que el contenido teológico se transformaría y migraría de algún modo al ámbito de lo secular?

Adorno se interesaba por las transformaciones que sufren los contenidos teológicos una vez que migran al ámbito secular y, es cierto, esta idea siempre me ha conmovido.


Ya fue determinante para mí cuando exploré la apropiación de los motivos teológicos en este sentido transformador en El discurso filosófico de la modernidad. En mi historia de la filosofía, sin embargo, quería trazar las etapas por las que el desarrollo mencionado del derecho natural cristiano hacia el derecho natural racional moderno conduce a una justificación discursiva de los derechos fundamentales y los derechos humanos. De este modo, la filosofía puede proporcionar una justificación razonable de los principios constitucionales del Estado de derecho democrático frente al creciente potencial de extremismo de derecha actual. Así, la filosofía puede aportar al Estado constitucional un apoyo de un orden totalmente distinto al de la visión jurídica positivista, que, en definitiva, fundamenta la pretensión de validez de una constitución no en la fuerza de las buenas razones, sino únicamente en la expresión de la voluntad del legislador.


La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundado en la naturaleza humana.

Jürgen Habermas


Adorno no sólo creía que el mito ya contenía la Ilustración; también parecía sugerir que la propia Ilustración se asemeja a un mito. ¿Está de acuerdo?


Adorno siguió a Horkheimer en esta línea de pensamiento en la Dialéctica de la razón, y no fue hasta la Dialéctica negativa cuando esta fue sustituida por una interpretación estrictamente adorniana. Peter Gordon lo ha explicado recientemente con gran claridad.


El punto de partida de Adorno es la idea de que el todo es falso (das Ganze ist das Unwahre). Pero entonces la dialéctica negativa muestra cómo, desde el interior de ese «todo falso» y en el resplandor de su violencia, podemos, no obstante, asegurarnos de retener fragmentos de felicidad. Aunque concebida en términos totalmente seculares, la radicalidad de esta idea delata su origen teológico. He intentado explicar por qué no puedo seguir esta idea en mi larga conversación con Stefan Müller-Doohm y Roman Yos, que acaba de publicarse en inglés.


Max Weber es bien conocido por su distinción entre hechos y valores, o entre ciencia y política. Según Weber, la ciencia puede producir conocimientos universales, pero no puede crear sentido. El sentido sólo puede surgir de la interpretación de los hechos a través de los valores. Si seguimos a Weber en esto, abandonamos el ámbito de la verdad universal y, al mismo tiempo, nos enfrentamos a «visiones del mundo racionalmente incompatibles». A diferencia de Weber, usted no comparte la visión pesimista de la historia que se deriva de su argumento.


La perspectiva de Max Weber es la de un sociólogo e historiador que ve la historia como un campo de batalla de sistemas de creencias rivales.


Hoy, la propia historia corrobora esta perspectiva, como lo demuestran ejemplos evidentes como el renovado conflicto entre las potencias nucleares que son la India y Pakistán. Por otra parte, Weber no tuvo que enfrentarse al contraejemplo que constituye el establecimiento de un orden internacional basado en los derechos humanos.


El hecho de que las Naciones Unidas surgieran de los horrores de la Segunda Guerra Mundial puede explicar por qué este sistema jurídico es reconocido por 193 Estados. En nuestro contexto, sin embargo, lo interesante es el hecho general de que las normas pueden pretender tener primacía sobre los valores particulares de sus diversos destinatarios, siempre que la validez de dichas normas se base en su reconocimiento general. Dicho consentimiento puede basarse en compromisos y, por lo tanto, en el acuerdo contingente de intereses diferentes. Sin embargo, se trata de una base frágil, ya que los intereses pueden cambiar en cualquier momento


Por esta razón, la validez de las normas jurídicas debe basarse, en principio, en razones de peso que resulten convincentes para todos sus destinatarios. Max Weber no reconoce la racionalidad que las normas reconocidas pueden reivindicar frente a las simples orientaciones de valor.


Por consiguiente, la cuestión de si será posible domesticar el belicismo de las grandes potencias sigue siendo, por el momento, una cuestión política abierta. La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundamentado en la naturaleza humana.


Los orígenes de la teoría crítica residen en el marxismo, el psicoanálisis y la crítica del poder, de la ideología y de la dominación. Estas ideas están menos presentes en su libro, aunque hayan desempeñado un papel fundamental en sus trabajos anteriores. ¿Cómo sitúa este trabajo en relación con la teoría crítica en sentido amplio?


En el prefacio de mi libro, también mencioné el ensayo de 1937 de Horkheimer y Marcuse, «Filosofía y teoría crítica» (Philosophie und Kritische Theorie), publicado en la Zeitschrift für Sozialforschung, que puede considerarse el documento fundacional de la Teoría Crítica. Sigo en deuda con esta fuente por las hipótesis teóricas sociales fundamentales que han constituido el trasfondo de mi historia de la filosofía tal y como he intentado esbozarla. 


Pero estas hipótesis en sí mismas no son el tema del libro.


Por otra parte, si me preguntan qué ha sido de la conexión con la tradición del marxismo occidental, recordaré que la investigación de la Teoría crítica se centró desde sus inicios en explicar la estabilidad del capitalismo a pesar de todas sus crisis. Y en lo que respecta a mi implicación en la política cotidiana de Alemania Occidental, debo confesar que, como hombre de izquierdas, me preocupaba principalmente la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, inicialmente, seguía profundamente apegada al régimen nazi.


En cuanto al desarrollo capitalista, una transformación revolucionaria del orden económico liberal establecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial ya no era, en cualquier caso, viable en las condiciones de la competencia sistémica con el régimen soviético. Desde el final de la Guerra Fría, la presión para una reforma radical del régimen del neocapitalismo mundial sólo podría haber venido, en el mejor de los casos, desde el interior de las democracias capitalistas. A partir del período de la posguerra, mi propio interés se orientó hacia las reformas del Estado del bienestar que, de haber sido lo suficientemente radicales, podrían haber cambiado las democracias capitalistas hasta hacerlas irreconocibles.


Sin embargo, a la sombra de una superpotencia en declive, asistimos actualmente al surgimiento de nuevos frentes con la infiltración de la extrema derecha en las democracias liberales, tanto a nivel nacional como mundial. En Estados Unidos, los grandes grupos mediáticos parecen estar aliándose para establecer un régimen económico libertario, autoritario y dirigido de forma tecnocrática. En la actualidad, nos conformaríamos con que nuestras democracias capitalistas pudieran defenderse del populismo de derecha, pero, al parecer, ni siquiera eso es ya posible sin amplias reformas del capitalismo.


El estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza.

Jürgen Habermas


¿Dónde sitúa usted su libro en su propio proceso de aprendizaje intelectual como filósofo, pensador político e intelectual en la esfera pública?


La perseverancia que exige esta ocupación en mi vejez ha creado cierta distancia entre mí y las teorías individuales a las que había contribuido anteriormente —como las cuestiones fundamentales de la teoría social, la filosofía del lenguaje, la teoría moral y jurídica, y la teoría democrática—. 


En este proceso, he tomado conciencia de lo que la filosofía en general puede —y debería— lograr.


Por último, me ha resultado sorprendentemente interesante conocer las circunstancias difíciles y a menudo políticamente complicadas en las que muchos de nuestros autores clásicos crearon sus obras, sobre todo en comparación con las circunstancias relativamente sin obstáculos que yo he conocido desde el final de la guerra. Es sorprendente ver cuántos de ellos llevaron una segunda vida pública marcada por las luchas —además de su vida como autores—.


Usted ha vivido una larga vida en la que ha sido testigo de la división de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, de su reunificación y del fin de la Guerra Fría, así como de su ascenso al rango de primera potencia político-económica liberal del continente europeo. ¿Podría haber imaginado los cambios actuales como una posibilidad en la década de 1990, en una época en la que muchos abrazaban una filosofía de la historia que sugería el advenimiento de su fin?


Nunca creí en la idea ingenua del fin de la historia.


Sin embargo, la abrupta ruptura actual con la historia del ascenso continuo de Alemania bajo la protección de Estados Unidos me ha tomado por sorpresa. Para mí, sin embargo, esto no significa una ruptura con una «filosofía de la historia» en el sentido habitual en que se entiende —el de una historia que progresaría hacia un objetivo—.


Al fin y al cabo, se trata de otra cuestión distinta a la que aborda este libro, que consiste en buscar el impulso de los procesos de aprendizaje alentadores en los que podemos apoyarnos, plenamente conscientes de las contingencias históricas —procesos de aprendizaje con los que sería prudente intentar retomar el contacto hoy—. La decisión de Trump de dar la espalda a la tradición política de Occidente ha dejado, evidentemente, a Alemania, y a Europa en su conjunto, en una situación bastante difícil.


Me preocupaba la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, en un principio, seguía profundamente apegada al régimen nazi.

Jürgen Habermas



Al igual que en Estados Unidos, la democracia liberal en Alemania parece hoy asediada. Alternativa para Alemania (AfD) parece haber entrado en la corriente dominante, como lo demuestra recientemente la creciente voluntad de los Demócratas Cristianos de cooperar con ella, especialmente en materia de políticas antiinmigración. ¿Le sorprende este crecimiento de la AfD?


Sí, el crecimiento continuo de un partido cuyos dirigentes están tan estrechamente vinculados a ideas fascistas —tan estrechamente que ni siquiera el partido de Marine Le Pen en Francia quiere tener nada que ver con ellos— es alarmante, sobre todo porque aún no hemos encontrado una explicación plausible a su constante crecimiento.


Si esta evolución se debe, en esencia, a que muchos votantes se sienten abrumados por la complejidad de los problemas a los que se enfrentan los gobiernos nacionales, lo que les lleva a buscar soluciones sencillas en marcos nacionales familiares, entonces no veo una salida políticamente defendible a la situación en la que nos encontramos.


Tras la deserción de Estados Unidos y la desintegración política de Occidente, la Unión Europea no tiene más remedio que cambiar de rumbo respecto a su tímida política del statu quo y desarrollar una capacidad de actuar colectivamente en la política mundial. En primer lugar, la urgente necesidad de desarrollar una política de defensa europea común apunta hacia una integración europea reforzada. En un mundo sumido en fracturas geopolíticas, ¿cómo podrían los Estados europeos —incluso Alemania por sí sola— ser tomados en serio políticamente de otro modo? Por otra parte, el nuevo canciller, Friedrich Merz, sigue viviendo en el mundo de Wolfgang Schäuble y continúa considerando la cuestión europea únicamente desde la perspectiva de la política económica alemana.


Ante los cambios geopolíticos mundiales, no creo que el nuevo Gobierno alemán tenga la envergadura necesaria para hacer frente a los extraordinarios retos a los que se enfrenta.


Y parece poco probable que Europa sea capaz de escapar de la vorágine de la superpotencia en declive —y de los riesgos asociados a ella—.


 

Entrevista a Manuel Castells

  Pregunta. Hace unos meses estuvo en China. ¿Qué ocurre allí?  Respuesta . Un proceso de transformación tecnológico, económico y social com...