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Entrevista a Jürgen Habermas (1929-2026)

 Entrevista a Jürgen Habermas: la Modernitat, obsoleta?

Jürgen Habermas (1929-2026): el último filósofo de la modernidad

Entrevistas In Memoriam





Hoy publicamos la versión inédita de una de sus últimas grandes entrevistas —una defensa sin ilusiones de la Ilustración y de Europa—.


Daniel Steinmetz-Jenkins 14 de marzo de 2026, leGrandContinent

Esta entrevista es la versión íntegra de una entrevista publicada en The Nation el 7 de julio de 2025.


El título de su libro, Auch eine Geschichte der Philosophie (literalmente, «También una historia de la filosofía*»), despierta inmediatamente la curiosidad, sobre todo en cuanto a lo que puede significar ese «también». ¿Por qué eligió este título?

A primera vista, se trata simplemente de un gesto de modestia. Toda historia revela la perspectiva de su autor. ¡Necesito incluso la totalidad del primer volumen de la traducción inglesa en tres tomos para explicar mi perspectiva! Sin embargo, si se analiza más de cerca, mi enfoque de la historia de la filosofía occidental es totalmente distintivo —y quiero también llamar la atención sobre este punto—.


Quiero mostrar que «nuestra» comprensión moderna de la razón y la autonomía es el resultado de procesos de aprendizaje. Con este proyecto, me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.


¿Por qué?

Estamos asistiendo, y no sólo en Alemania, a una profusión de estudios, incluso entre mis colegas de las ciencias sociales, que dan por sentado el fin de la modernidad con cierta indiferencia —o incluso cierta dureza—.


Y, en efecto, existen numerosos indicios empíricos de que no sólo están amenazados los grandes logros políticos de la modernidad, sino también de que el estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza. Lo que más me llama la atención en estos rechazos, con un simple encogimiento de hombros, de toda una época, es la insensibilidad ante el hecho de que esta forma moderna de pensar se ha llevado a cabo de manera autocrítica desde el principio.


Un legado intelectual de este tipo, cuyo propio modo de transmisión implica una autotransformación, no puede ser indiferentemente dejado de lado, descartado y olvidado como un período pasado de la historia humana. Pero hoy resulta igualmente insuficiente limitarse a insistir una vez más en una tradición que en su día se afirmó contra todo lo que era pura tradición. Por eso emprendo la ambiciosa tarea de demostrar, a través de una filosofía de la historia, que nuestros conceptos autoritarios de razón y autonomía son el producto de largos procesos de aprendizaje. Si esto puede demostrarse, entonces estos conceptos poseen una resistencia muy diferente.


Lo que hemos adquirido mediante el aprendizaje sólo puede, en el mejor de los casos, ser superado por un aprendizaje posterior. Mientras no sea así, lo aprendido puede, como mucho, ser reprimido, pero no olvidado por completo. Al estar reprimido, no desaparece, sino que permanece activo como resistencia.


No es casualidad que mi libro concluya con capítulos dedicados a las condiciones de posibilidad de la investigación cooperativa y a las prácticas de la moralidad racional y la democracia constitucional. Dado que son el resultado de largos procesos de aprendizaje filosófico, tales logros pueden, en el peor de los casos, ser suprimidos, pero no sin dejar huellas en la historia a las que las generaciones futuras podrán volver.


Me opongo implícitamente a un desmantelamiento filosófico superficial de todo lo que, desde la reflexión de Hegel sobre la Ilustración, se denomina la autocomprensión crítica de la modernidad. Porque esta se encuentra hoy en peligro.

Jürgen Habermas


Usted adopta en la historia de la filosofía una posición más hegeliana de lo que sin duda había hecho nunca, al destacar una continuidad de preocupaciones desde los presocráticos hasta el siglo XIX. ¿Por qué este énfasis en la continuidad en lugar de en la ruptura —o al menos en la discontinuidad discursiva—?

Yo no veo las cosas así.


La impresión —que quizás tiene usted— de que mi exposición sigue la lógica interna de los problemas planteados de manera convencional se debe quizás al hecho de que me esfuerzo por sacar a la luz los procesos de aprendizaje. Ahora bien, a través de estos procesos de aprendizaje, la filosofía responde a los retos que se le plantean de manera más o menos contingente. Tal y como yo la concibo, la tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente el tipo de comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos a la que siempre nos enfrentamos en nuestro mundo vivido (Lebenswelt).


Esto es lo que significa la expectativa que se tiene de la filosofía: contribuir a «una mejor comprensión del mundo». La filosofía logra esto a la luz de los mejores conocimientos disponibles en la sociedad sobre el mundo. En su interpretación, se siente especialmente desafiada por los nuevos avances del conocimiento o por cambios históricos sorprendentes que devalúan o amplían la comprensión actual de uno mismo.


Entre los ejemplos contemporáneos se incluyen el papel de los descubrimientos biogenéticos en la medicina reproductiva, el papel de los procesos de inteligencia artificial en el mundo laboral o los cambios geopolíticos más profundos a raíz del declive de la superpotencia. El papel de la filosofía es ayudar a explicar lo que los descubrimientos revolucionarios o los cambios históricos significan en cada caso para nosotros como seres humanos, contemporáneos e individuos. En cualquier caso, la filosofía se distingue de la ciencia en sentido estricto por esta referencia reflexiva a la comprensión individual y colectiva de uno mismo y del mundo que se da en la sociedad. 


La filosofía es, sin duda, también una forma de pensamiento científico —y su modo de elaborar una comprensión de uno mismo iluminada por la ciencia requiere asimismo un enfoque científico para tratar los conocimientos científicos relevantes para el mundo vivido o para hacer frente a los cambios políticos invasivos—. Sin embargo, sería fácil confundir este papel particular de la filosofía con la ciencia en general, ya que la actividad científica se desarrolló en gran parte en el marco institucional de la filosofía hasta que surgió la ciencia natural moderna y adquirió su independencia.


Pero, en mi opinión, la filosofía se distingue como tal por su modo de elaborar una comprensión general de uno mismo en relación con todo lo que afecta al trasfondo de nuestro mundo vivido orientador.


En este sentido, la filosofía no es sólo una ciencia entre otras: articula nuestra comprensión de nosotros mismos respondiendo a los nuevos conocimientos y a las nuevas situaciones de la vida, en la medida en que estos perturban y amplían nuestra comprensión anterior del mundo y de nosotros mismos.


Así es como explico el inicio de la filosofía y, más ampliamente, la aparición de esas visiones del mundo axiales que caracterizo brevemente y comparo en el primer volumen de mi obra.


Estas visiones del mundo pueden vincularse al intento de explicar las disonancias cognitivas que debieron surgir cuando la comprensión mítica del mundo y el pensamiento mágico ya no podían explicar las sofisticadas observaciones cosmológicas, los experimentos médicos o las consideraciones matemáticas de las civilizaciones avanzadas de la Antigüedad. A lo largo de su historia, y sobre todo desde el advenimiento de la ciencia moderna, la filosofía ha respondido de manera similar al aumento de los conocimientos sobre los acontecimientos del mundo y, en un sentido más amplio, a los choques sufridos por nuestra comprensión de nosotros mismos.


La tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente la comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos.

Jürgen Habermas


Pero más allá de su función interpretativa, ¿no tiene la filosofía también verdaderos objetos científicos y no produce sus propios conocimientos?

Sí, en este sentido, el campo de investigación propio de la filosofía comprende naturalmente las condiciones de la percepción y de todo conocimiento posible en general, así como el análisis de las condiciones de la acción y de la comprensión lingüística.


Sin embargo, su verdadero tema es más general: una elucidación guiada metódicamente de la comprensión general del mundo y de nosotros mismos, en la que nosotros y nuestros contemporáneos debemos apoyarnos siempre para orientarnos en el mundo vivido. La filosofía estudia generalmente la socialización comunicativa de los sujetos capaces de actuar como condiciones de posibilidad de la comprensión de sí mismo y del mundo propio del mundo vivido. Pero una historia de la filosofía también debe abordar los cambios que su papel sufre dentro de su propia sociedad. Su función más manifiesta es aportar contribuciones críticas a la legitimación de la forma respectiva de poder político. En nuestras sociedades occidentales modernas, sigue siendo una voz influyente en los debates sobre cuestiones constitucionales fundamentales.


El libro vincula el poder de la razón moderna con el desarrollo de las primeras religiones y las visiones antiguas del mundo.

A primera vista, puede parecer sorprendente que haga del discurso sobre la fe y el saber el tema de una historia de la filosofía occidental. Pero hay varias razones para ello. Karl Jaspers me convenció en primer lugar cuando sostuvo que la filosofía occidental pertenece a las visiones del mundo que surgieron durante lo que él denomina la «edad axial» (Achsenzeit), es decir, hacia mediados del primer milenio antes de nuestra era, en el marco de las cinco o seis civilizaciones más avanzadas de la época.


Por eso, antes de presentar la historia de la filosofía en sentido estricto, propuse primero una breve comparación de los orígenes del judaísmo, el budismo, el confucianismo y el taoísmo, así como de la filosofía griega clásica hasta Platón. Por un lado, esto al menos pone en perspectiva la historia de la filosofía occidental. Porque, a pesar de los ambiciosos discursos interculturales suscitados por ocasiones particulares, seguimos careciendo de una comparación suficientemente sistemática de las trayectorias históricas de las grandes tradiciones mencionadas, que se extienden hasta los discursos políticos contemporáneos. Los intereses conflictivos y las amenazas potenciales son una cosa. Pero las justificaciones que se les aportan constituyen la única moneda con la que los problemas acuciantes que deben negociarse en una sociedad mundial económicamente integrada pueden resolverse de manera cooperativa.


En nuestro contexto, el examen de la era axial nos recuerda además que la filosofía occidental moderna también surge de la combinación de dos visiones del mundo axiales con estructuras muy opuestas. 


La combinación del platonismo y las enseñanzas del cristianismo primitivo, que tuvo lugar bajo el Imperio romano, influyó en la filosofía occidental durante mil quinientos años. Me interesan especialmente las consecuencias decisivas que tuvo el legado bíblico al determinar el curso del desarrollo. Por un lado, moldeó los supuestos ontológicos de la ciencia natural moderna a través del nominalismo; por otro, determinó la historia del derecho natural europeo a través de la recepción del derecho romano.


Hoy, considero especialmente importante recordar cómo el desarrollo hacia el derecho natural racional moderno, acelerado por las guerras de religión, ya condujo a la idea kantiana de una «condición general del derecho» (allgemeiner Rechtszustand) vinculante para todos los Estados. Según esta idea, un sistema de leyes universales y estrictamente vinculantes, válido a escala mundial, debería garantizar que los ciudadanos de todos los países disfruten, en principio, de los mismos derechos individuales. El concepto actual de derechos humanos refleja los principios de la teoría moral de Kant: la universalidad, el carácter individualista y la validez vinculante de las normas justificadas.


Sin embargo, el contexto histórico, político y social en el que esta idea abstracta puede hacerse realidad fue tomado en serio por primera vez por Hegel y los grandes pensadores que le sucedieron, aunque en un sentido profundamente crítico. Feuerbach, Marx, Kierkegaard y los pragmatistas estadounidenses fueron los primeros en comprometerse simultáneamente con Kant y Hegel y su legado religioso, preparando así el terreno para la filosofía contemporánea.


Nunca he creído en la idea ingenua del fin de la historia. 

Jürgen Habermas


¿Pero no surgieron enfoques filosóficos totalmente diferentes a raíz de Hume?


Por supuesto. Y por eso, por cierto, mi construcción de la historia de la filosofía se basa en el debate entre Kant y Hume. 


El resultado de este debate determina también la forma en que se entiende la tarea de la filosofía en general y el tipo de filosofía que se desea practicar.


¿Es la filosofía una ciencia particular —una de las muchas disciplinas que utiliza sus herramientas de análisis conceptual para estudiar su propio objeto claramente delimitado—?. ¿O bien, más que una ciencia en sentido estricto, no es su función esencialmente la de un intérprete que se esfuerza por elucidar metódicamente la comprensión de uno mismo y del mundo en un momento dado a la luz de lo que se conoce del mundo?


Con Hume y Kant, estas dos vías de la filosofía moderna no divergen, naturalmente, de forma tan clara como para que los pensadores puedan asignarse siempre fácilmente a una u otra —y ciertamente no tan claramente como para que ambas partes no aprendan constantemente unas de otras. No obstante, es posible distinguir una comprensión estrecha, científicamente limitada, de la pretensión interpretativa más amplia de un discurso de la modernidad. Este último sigue la línea trazada por el idealismo alemán. Independientemente de los intercambios entre estas dos corrientes, esta distinción puede hacerse sin juicio de valor. En su propio trabajo, sin embargo, se tiende a alinearse con uno u otro lado.


Su crítica de la «racionalidad científica», formulada a finales de la década de 1960, la presenta como una ideología que legitima las sociedades capitalistas al reducir la racionalidad a la resolución de problemas, la política a la administración y el cambio social a la eficacia. En su libro, el cientificismo funciona como una respuesta a la pérdida de la seguridad metafísica, comparable al literalismo de los cristianos fundamentalistas. Por otro lado, el falibilismo, como concepto claramente científico, define un núcleo esencial de su enfoque. ¿Cómo describiría su actitud hacia el conocimiento y la ciencia? ¿Ha cambiado esta actitud?


Nunca he criticado la racionalidad científica como tal. La filosofía también debe hacer uso de esta racionalidad. Tanto ayer como hoy, mis reservas nunca se han dirigido contra el esclarecimiento científico —y mucho menos contra las ciencias en sí mismas—, sino contra el «cientificismo» (Szientismus), que busca construir una «visión del mundo» sobre la base de los resultados de sentido común de las diversas ciencias.


Esta tendencia era más evidente en el positivismo lógico del Círculo de Viena, que volvió a cobrar influencia tras la Segunda Guerra Mundial gracias a los conocidos emigrados en Estados Unidos. Independientemente de su importante labor filosófica, es esta intención la que siempre me ha parecido engañosa. La idea de una «cosmovisión científica» pasa por alto la necesidad de conectarse con una comprensión de uno mismo y del mundo que la filosofía encuentra siempre ya en el mundo vivido. Pues incluso en la alusión a la naturaleza holística de una «imagen» del mundo en su conjunto contenida en el concepto de «cosmovisión», se refleja algo del carácter de esa comprensión de fondo ya presente y encontrada en «nuestro» mundo vivido —que nunca es plenamente objetivable y a través de la cual una persona se relaciona con algo en el mundo—.


El cientificismo no busca explicitar y, si es necesario, corregir el sentido común como tal mediante interpretaciones filosóficas, sino sustituirlo por una visión del mundo construida científicamente.


En la década de 1960, critiqué sobre todo las consecuencias políticas de esta idea, a saber, la desposesión de los ciudadanos de los Estados democráticos por parte de políticos que querían utilizar tal adoctrinamiento para promover un régimen tecnocrático supuestamente inevitable. En la América de Elon Musk, esto vuelve a resultar familiar… 


En la concepción de su historia de la filosofía, ¿en qué medida le ha influido Theodor W. Adorno, quien suponía que el contenido teológico se transformaría y migraría de algún modo al ámbito de lo secular?

Adorno se interesaba por las transformaciones que sufren los contenidos teológicos una vez que migran al ámbito secular y, es cierto, esta idea siempre me ha conmovido.


Ya fue determinante para mí cuando exploré la apropiación de los motivos teológicos en este sentido transformador en El discurso filosófico de la modernidad. En mi historia de la filosofía, sin embargo, quería trazar las etapas por las que el desarrollo mencionado del derecho natural cristiano hacia el derecho natural racional moderno conduce a una justificación discursiva de los derechos fundamentales y los derechos humanos. De este modo, la filosofía puede proporcionar una justificación razonable de los principios constitucionales del Estado de derecho democrático frente al creciente potencial de extremismo de derecha actual. Así, la filosofía puede aportar al Estado constitucional un apoyo de un orden totalmente distinto al de la visión jurídica positivista, que, en definitiva, fundamenta la pretensión de validez de una constitución no en la fuerza de las buenas razones, sino únicamente en la expresión de la voluntad del legislador.


La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundado en la naturaleza humana.

Jürgen Habermas


Adorno no sólo creía que el mito ya contenía la Ilustración; también parecía sugerir que la propia Ilustración se asemeja a un mito. ¿Está de acuerdo?


Adorno siguió a Horkheimer en esta línea de pensamiento en la Dialéctica de la razón, y no fue hasta la Dialéctica negativa cuando esta fue sustituida por una interpretación estrictamente adorniana. Peter Gordon lo ha explicado recientemente con gran claridad.


El punto de partida de Adorno es la idea de que el todo es falso (das Ganze ist das Unwahre). Pero entonces la dialéctica negativa muestra cómo, desde el interior de ese «todo falso» y en el resplandor de su violencia, podemos, no obstante, asegurarnos de retener fragmentos de felicidad. Aunque concebida en términos totalmente seculares, la radicalidad de esta idea delata su origen teológico. He intentado explicar por qué no puedo seguir esta idea en mi larga conversación con Stefan Müller-Doohm y Roman Yos, que acaba de publicarse en inglés.


Max Weber es bien conocido por su distinción entre hechos y valores, o entre ciencia y política. Según Weber, la ciencia puede producir conocimientos universales, pero no puede crear sentido. El sentido sólo puede surgir de la interpretación de los hechos a través de los valores. Si seguimos a Weber en esto, abandonamos el ámbito de la verdad universal y, al mismo tiempo, nos enfrentamos a «visiones del mundo racionalmente incompatibles». A diferencia de Weber, usted no comparte la visión pesimista de la historia que se deriva de su argumento.


La perspectiva de Max Weber es la de un sociólogo e historiador que ve la historia como un campo de batalla de sistemas de creencias rivales.


Hoy, la propia historia corrobora esta perspectiva, como lo demuestran ejemplos evidentes como el renovado conflicto entre las potencias nucleares que son la India y Pakistán. Por otra parte, Weber no tuvo que enfrentarse al contraejemplo que constituye el establecimiento de un orden internacional basado en los derechos humanos.


El hecho de que las Naciones Unidas surgieran de los horrores de la Segunda Guerra Mundial puede explicar por qué este sistema jurídico es reconocido por 193 Estados. En nuestro contexto, sin embargo, lo interesante es el hecho general de que las normas pueden pretender tener primacía sobre los valores particulares de sus diversos destinatarios, siempre que la validez de dichas normas se base en su reconocimiento general. Dicho consentimiento puede basarse en compromisos y, por lo tanto, en el acuerdo contingente de intereses diferentes. Sin embargo, se trata de una base frágil, ya que los intereses pueden cambiar en cualquier momento


Por esta razón, la validez de las normas jurídicas debe basarse, en principio, en razones de peso que resulten convincentes para todos sus destinatarios. Max Weber no reconoce la racionalidad que las normas reconocidas pueden reivindicar frente a las simples orientaciones de valor.


Por consiguiente, la cuestión de si será posible domesticar el belicismo de las grandes potencias sigue siendo, por el momento, una cuestión política abierta. La idea de que la historia del mundo fuera un matadero no es un hecho fundamentado en la naturaleza humana.


Los orígenes de la teoría crítica residen en el marxismo, el psicoanálisis y la crítica del poder, de la ideología y de la dominación. Estas ideas están menos presentes en su libro, aunque hayan desempeñado un papel fundamental en sus trabajos anteriores. ¿Cómo sitúa este trabajo en relación con la teoría crítica en sentido amplio?


En el prefacio de mi libro, también mencioné el ensayo de 1937 de Horkheimer y Marcuse, «Filosofía y teoría crítica» (Philosophie und Kritische Theorie), publicado en la Zeitschrift für Sozialforschung, que puede considerarse el documento fundacional de la Teoría Crítica. Sigo en deuda con esta fuente por las hipótesis teóricas sociales fundamentales que han constituido el trasfondo de mi historia de la filosofía tal y como he intentado esbozarla. 


Pero estas hipótesis en sí mismas no son el tema del libro.


Por otra parte, si me preguntan qué ha sido de la conexión con la tradición del marxismo occidental, recordaré que la investigación de la Teoría crítica se centró desde sus inicios en explicar la estabilidad del capitalismo a pesar de todas sus crisis. Y en lo que respecta a mi implicación en la política cotidiana de Alemania Occidental, debo confesar que, como hombre de izquierdas, me preocupaba principalmente la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, inicialmente, seguía profundamente apegada al régimen nazi.


En cuanto al desarrollo capitalista, una transformación revolucionaria del orden económico liberal establecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial ya no era, en cualquier caso, viable en las condiciones de la competencia sistémica con el régimen soviético. Desde el final de la Guerra Fría, la presión para una reforma radical del régimen del neocapitalismo mundial sólo podría haber venido, en el mejor de los casos, desde el interior de las democracias capitalistas. A partir del período de la posguerra, mi propio interés se orientó hacia las reformas del Estado del bienestar que, de haber sido lo suficientemente radicales, podrían haber cambiado las democracias capitalistas hasta hacerlas irreconocibles.


Sin embargo, a la sombra de una superpotencia en declive, asistimos actualmente al surgimiento de nuevos frentes con la infiltración de la extrema derecha en las democracias liberales, tanto a nivel nacional como mundial. En Estados Unidos, los grandes grupos mediáticos parecen estar aliándose para establecer un régimen económico libertario, autoritario y dirigido de forma tecnocrática. En la actualidad, nos conformaríamos con que nuestras democracias capitalistas pudieran defenderse del populismo de derecha, pero, al parecer, ni siquiera eso es ya posible sin amplias reformas del capitalismo.


El estado de ánimo intelectual se vuelve, en general, contra los propios motivos de la Ilustración de los que el Occidente político había sacado hasta ahora su fuerza.

Jürgen Habermas


¿Dónde sitúa usted su libro en su propio proceso de aprendizaje intelectual como filósofo, pensador político e intelectual en la esfera pública?


La perseverancia que exige esta ocupación en mi vejez ha creado cierta distancia entre mí y las teorías individuales a las que había contribuido anteriormente —como las cuestiones fundamentales de la teoría social, la filosofía del lenguaje, la teoría moral y jurídica, y la teoría democrática—. 


En este proceso, he tomado conciencia de lo que la filosofía en general puede —y debería— lograr.


Por último, me ha resultado sorprendentemente interesante conocer las circunstancias difíciles y a menudo políticamente complicadas en las que muchos de nuestros autores clásicos crearon sus obras, sobre todo en comparación con las circunstancias relativamente sin obstáculos que yo he conocido desde el final de la guerra. Es sorprendente ver cuántos de ellos llevaron una segunda vida pública marcada por las luchas —además de su vida como autores—.


Usted ha vivido una larga vida en la que ha sido testigo de la división de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, de su reunificación y del fin de la Guerra Fría, así como de su ascenso al rango de primera potencia político-económica liberal del continente europeo. ¿Podría haber imaginado los cambios actuales como una posibilidad en la década de 1990, en una época en la que muchos abrazaban una filosofía de la historia que sugería el advenimiento de su fin?


Nunca creí en la idea ingenua del fin de la historia.


Sin embargo, la abrupta ruptura actual con la historia del ascenso continuo de Alemania bajo la protección de Estados Unidos me ha tomado por sorpresa. Para mí, sin embargo, esto no significa una ruptura con una «filosofía de la historia» en el sentido habitual en que se entiende —el de una historia que progresaría hacia un objetivo—.


Al fin y al cabo, se trata de otra cuestión distinta a la que aborda este libro, que consiste en buscar el impulso de los procesos de aprendizaje alentadores en los que podemos apoyarnos, plenamente conscientes de las contingencias históricas —procesos de aprendizaje con los que sería prudente intentar retomar el contacto hoy—. La decisión de Trump de dar la espalda a la tradición política de Occidente ha dejado, evidentemente, a Alemania, y a Europa en su conjunto, en una situación bastante difícil.


Me preocupaba la lucha por liberalizar la mentalidad política de una población que, en un principio, seguía profundamente apegada al régimen nazi.

Jürgen Habermas



Al igual que en Estados Unidos, la democracia liberal en Alemania parece hoy asediada. Alternativa para Alemania (AfD) parece haber entrado en la corriente dominante, como lo demuestra recientemente la creciente voluntad de los Demócratas Cristianos de cooperar con ella, especialmente en materia de políticas antiinmigración. ¿Le sorprende este crecimiento de la AfD?


Sí, el crecimiento continuo de un partido cuyos dirigentes están tan estrechamente vinculados a ideas fascistas —tan estrechamente que ni siquiera el partido de Marine Le Pen en Francia quiere tener nada que ver con ellos— es alarmante, sobre todo porque aún no hemos encontrado una explicación plausible a su constante crecimiento.


Si esta evolución se debe, en esencia, a que muchos votantes se sienten abrumados por la complejidad de los problemas a los que se enfrentan los gobiernos nacionales, lo que les lleva a buscar soluciones sencillas en marcos nacionales familiares, entonces no veo una salida políticamente defendible a la situación en la que nos encontramos.


Tras la deserción de Estados Unidos y la desintegración política de Occidente, la Unión Europea no tiene más remedio que cambiar de rumbo respecto a su tímida política del statu quo y desarrollar una capacidad de actuar colectivamente en la política mundial. En primer lugar, la urgente necesidad de desarrollar una política de defensa europea común apunta hacia una integración europea reforzada. En un mundo sumido en fracturas geopolíticas, ¿cómo podrían los Estados europeos —incluso Alemania por sí sola— ser tomados en serio políticamente de otro modo? Por otra parte, el nuevo canciller, Friedrich Merz, sigue viviendo en el mundo de Wolfgang Schäuble y continúa considerando la cuestión europea únicamente desde la perspectiva de la política económica alemana.


Ante los cambios geopolíticos mundiales, no creo que el nuevo Gobierno alemán tenga la envergadura necesaria para hacer frente a los extraordinarios retos a los que se enfrenta.


Y parece poco probable que Europa sea capaz de escapar de la vorágine de la superpotencia en declive —y de los riesgos asociados a ella—.


 

Ressenya: El marxismo como moral




El llibre El marxismo como moral,  és del 1968, la 4ª edició és del 1980. Diu a la introducció:

“Publicar en la España del año 1967 un libro sobre marxismo que no sea convencional, está muy lejos de ser una tarea fácil.” Una de les paraules clau d’aquells temps, és la paraula ‘compromés’. Aranguren és un intelectual compromés. Això no vol dir que sigui militant, sinó “mantenerse solidariamente solitario y solidariamente solidario*” (pág.12).

Aranguren, era una de les figures –hi havia molt poques veus discordants contra el règim- eminents de la intel·lectualitat dels anys 60. Una bona part de intel·lectuals eren de filiació marxista, i per ells, la clandestinitat era de rigor. Havia publicat un llibre cabdal en l’àmbit de la ètica, el títol Ètica** (1958, 1979, 1981). Un llibre què per primera vegada anava més enllà del neotomisme i recollia totes les corrents que en aquells moments parlaven d’ètica. Així, copsant l'índex d’autors, podies trobar a Aristòtil, Bergson, Bultmann, Broad, Camus, Ciceró, Comte, Croce, Descartes, Dewey, Díez-Alegría, Fichte, Hartman, Hegel, Heidegger, Kant, Kierkeggard, Laín Entralgo, Lutero, J.Marías, Moore, Nietzsche, Ortega y Gasset, Plató, Reiner, Sartre, Scheler, Seneca, Sòcrates, Tomàs d’Aquino, Wittgenstein, Zubiri.   

Potser aquesta nomina, avui dia, no dir res d’especial, però al any de la seva publicació era una autèntica revolució en l’orbita nacional-catòlica. Hi havia representada els clàssics del pensament antic i medieval, però també i molt especialment, les corrents contemporànies, filosofia analítica,  l’existencialisme, pensament teològic protestant. 

En el llibre “marxismo como moral”, planteja la idea que Marx, plantejava un repta moral, malgrat que en els seus escrits, no hi ha un llibre dedicat a l’ètica. I malgrat tot, Aranguren el vol rescatar per la causa de l’ètica. Per què què és sinó la revolució, com a motor d’un món més humà? No és això una qüestió ètica?

Cal tenir en compte, la idea que la historia és lluita de classe. A cada època, hi ha hagut uns valors de les classes dominants que han fixat els valors que representaven els ideals de la societat (ideologia). Aquest relativisme, dona peu a Marx, da llançar a la paperera de la història els valor burgesos enfront de la nova classe com és el proletariat.   

Quan parla de compromís, una de les idees fortes és que el diàleg entre marxisme i cristianisme. No vol una mena de totum revolutum, perquè  ambdós, son massa diferents, malgrat les possibles comparacions. El diàleg té que situar-se en el compromís social, tant de l’església catòlica com la corrent marxista. 

La distancia entre la publicació del llibre i avui, sembla una distància sideral. L’antiga URSS ha desaparegut, les corrents marxistes, és baten en retirada davant l’onada del neocapitalisme bàrbar, Marx ja no és el que era com a referent ideològic, així com l’església tocada per les onades de dessacralització del món actual. 

Sembla que tot el potencial que hi havia en aquells moments, s’ha esvaït de manera irreparable. El pensament únic ho vol envair tot. La consigna: “Això és el que hi ha”, “No hi ha cap altre camí”, son el mantra de l’onada neoconservadora. Parlar de diàleg, sembla avui un anatema en els temps actuals, on l’única raó que preval, és la violència. De fet si que necessiten un nou compromís on la qüestió social sigui un altre cop posada sobre la taula. Llibres com el que estem comentant, donen fe que avui és tant necessari com en el seu temps.


Ressenya: Byung-Chul Han, Sobre Déu. Pensar amb Simone Weil




Ressenya del llibre de Byung-Chul Han, Sobre Déu. Pensar amb Simone Weil. 


Un llibre on Han segueix a Simone Weil. Una obra singular, premonitòria dels temps actuals. On Weil fa una apologia a la religió, al catolicisme, a les cerimònies. On el silenci obra el camí a Déu. Per què utilitza Han una autora tan inactual com és Weil? Potser Han s’ha tornat catòlic i fa un homenatge a una santa laica com va ser Weil. Va voler lluitar contra el feixisme a les brigades internacionals. La seva condició física li varen impedir lluitar com ella volia. 

El silenci com a cura que porta a contemplació, mirar les coses com elles son. El jo vol posseir les coses, però paradoxalment, s’allunya d’ella. El jo vol conquerir el món, i per això necessita de la imaginació. Tot queda sota els dominis de l’home, però fent això, s’aparta irremeiablement de Déu i de la transcendència. 

Contemplar les coses sense cap desig de voler fer-nos amb elles, dona la possibilitat d’accedir a la bellesa. La bellesa de natura és una expressió de Déu, qui mira la seva obra mira també a Déu. Però el món està trastocat. Weil pertany com diu Han a una societat sòlida, disciplinaria (Foucault), on el cos i l’ànima van separades. On l’home es converteix en un engranatge del sistema econòmic i on el diners son el criteri de veritat. Per Weil, qui volgui perdre’s no més cal que si fiqui de cap amb aquesta lògica. Un món desproveït de transcendència, de Déu, un món sense sentit.

Potser perquè no troben sentit en el món actual, és la raó de la nostre necessitat de fer soroll. Tenim pànic al silenci. A tothora necessitem un soroll de fons, per apaivagar les nostres inquietuds, però el mercat dona succedanis per oblidar-nos d’aquestes angoixes que patim. Per Weil, el silenci i el dolor son les vies d’accés a Déu. I això és precisament, anatema en el món actual. 

La vida de Weil (1909-1943), el món on va viure, no es el nostre, almenys en la superfície,  va viure en un món de guerres catastròfiques i malgrat això no va voler defugir el seu compromís amb els febles. L’experiència religiosa no és privativa de ningú, qualsevol pot experimentar-la. Cal fe. El món hi ha foscor i violència. Però cal reintegrar-la a la llum i la claredat. Diu Weil: “El propòsit de la vida humana és el de bastir una arquitectura dins de l’ànima*”. Aquesta arquitectura s’ha esvaït amb l’acceleració cap a el no res. Com construir aquesta arquitectura? La resposta de Weil és la religió, la comunitat. Però precisament, aquestes dues estructura o institucions socials, estan en decliu, per l’embat furibund del sistema capitalisme-global. Avui tots son “empresaris de la nostre vida”. No hi ha espai per la religió ni per la comunitat. Totes dues, son obstacles perquè destorben l’objectiu d’aquest empresari que som nosaltres. Només hi ha una realitat: el jo. Aquest necessita alliberar-se de qualsevol rèmora del passat. L’únic objectiu que compta és l’augment del compte corrent. L’únic criteri de mesura és la riquesa que dona els diners. La resta és negligible. Això és una lluita de tots contra tots, no queda espai per la ficció de la societat. 

Davant d’això, l’esperit ha desaparegut, la transcendència s’ha volatilitzat, el desert del real impera en aquest món digital i global. Diu Han, “L’observació de Weil sobre els diners, la mecanització i l’àlgebra necessita una actualització. Els tres monstres de la civilització actual són el capital, la digitalització i la intel•ligència artificial*.” De fet, la diferència de vocabulari no amaga el fet fonamental de allò que el vell Marx expressava amb la paraula alienació.  Som esclaus al servei d’aquesta nova religió que implica un nou subjecte, els mil milionaris. Tot un món al servei d’aquesta elit que és caracteritza per la seva gegantina voracitat, on mai s'és massa ric, ni massa poderós i on gràcies al xivarri de les xarxes socials, l’ànima s’ha transformat en un avatar rialler i on la teva participació (imaginaria) al món digital (irreal) és posar un like on ells volen. 


La teoria crítica segons Horkheimer (II)




Horkheimer explica la transició entre la teoria crítica d'abans i la d'avui. Aquesta transició es possible perquè hi ha una esmena a la totalitat del marxisme: 1) Marx s'equivoca, tant per la qüestió de la revolució, que anteriorment, semblava la resposta a totes les qüestions plantejades per el feixisme i el nacionalsocialisme. Ni la pauperització del proletariat, ni les crisis econòmiques ni el triomf del proletariat creant una societat més justa (socialisme o comunisme). 2) Les crisis econòmiques son cada vegada menys greus i això és pot fer per les intervencions estatals. 3) Per Marx, llibertat i justícia son els ingredients de la "societat correcta", però aquest binomi no va a la par perquè si hi ha més justícia hi haurà menys llibertat i al inrevés.

La teoria crítica seguint les línies de Max Weber, la societat va cap a un "món administrat totalitàriament "(1). Aquesta tendència no és conjuntural, sinó "una tendència immanent en el desenvolupament de la humanitat(2)". I malgrat tot, aquest desenvolupament, pot ser interromput per catàstrofes. Més enllà de les que son naturals, les de naturalesa terrorista, així, Hitler i Stalin son símptomes d'això. Aquestes catàstrofes "son ocasionades per la competència, la qual ha passat dels individus els Estats i finalment els blocs, i condueixen a guerres que interrompen por complet tot el desenvolupament(3)." 

La nova teoria crítica no defensa la revolució, perquè per les experiències històriques, "la revolució es convertiria de nou en un terrorisme(4)". Ara, es tractaria més be de conservar allò que és positiu, com per exemple, l'autonomia de la persona individual, certs factors culturals sense oposar-se el progrés(5).

Parla de la difícil relació entre Universitat i la joventut. En el transfon, el maig del 68, i la crisi d'autoritat, tant en l'ordre universitari, com amb àmbit que semblen més allunyats com la teologia i la religió. Horkheimer salva l'anhel que porta la religió com espai d'utopia, espais on no hi ha demostracions com a la ciència. Afirmarà que "el dubte en la religió constitueix un factor de la salvació d'aquesta última" (6).

Aquest anhel, implica el concepte de la infinitud que ha desenvolupat la religió. Un anhel de fonamentació teològica en clau profana, la utopia com espai  contra la "gàbia de ferro" de la que parlava Weber.



La teoria crítica segons Horkheimer (I)

 


Max Horkheimer en parla de la teoria crítica. Ho fa en una conferència a Venècia l'any 1969. La conferència comença recordant al seu amic de l'ànima, T.W.Adorno va va morir sobtadament el sis d'agost d'aquell any. 

Parla de les influències al començament de la teoria crítica, anomena a Schopenhauer i Marx, una barreja sorprenen. Fa un reconeixement al professor de filosofia Hans Cornelius -Horkhemeir com Adorno van ser alumnes seus- i la seva visió holística que cal tenir per la filosofia envers d'una especialització que rebutjava. 

La teoria crítica es va formar a través del Institut de Investigacions Social (1922) a Frankfurt. Aquesta institució va ser possible per la donació que va fer Herman Weil. La institució no volia ser una extensió acadèmica, sinó un lloc independent, volia aspirar a ser "important per la societat en el moment històric actual" (pàg.57)

La Institució va tindrà que migrar a causa del ascens del nacionalsocialisme dels anys 20. Van marxar d'Alemanya i posteriorment, els EE.UU, en concret a Califòrnia.

Horkheimer estableix una distinció entre teoria tradicional i teoria crítica. Fa una definició de la ciència de forma peculiar: "la ciència és l'ordre dels fets de la nostre consciència que finalment permet esperar trobar lo correcta en el lloc correcte del espai i del temps". Si el coneixement científic és imprescindible, la "ciència mateixa no sap per què ella ordena precisament en una direcció els fets i es troba  en determinats objectes i no en altres. La ciència li manca d'autoreflexió per  conèixer els motius socials que la impulsen cap un cantó." (pàg.56) La teoria crítica pot afirmar que "per a esser vertadera, la ciència deuria conduir-se críticament para si mateixa i per a la societat que ella produeix" (pàg.57) Una ciència sense autoreflexió porta directament allò que anomenaran raó instrumental

La teoria crítica va néixer amb vocació de possibilitar una societat millor. Una societat que genera el nacionalsocialisme o el comunisme assassí, no era la societat que aspiràvem. Què feia que la societat abracés aquestes ideologies? El psicoanàlisi era una eina per explorar la psique d'homes o dones enlluernats per relats que portaven al crim i a la mort. Com era possible allò? En aquestes ideologies totalitàries la voluntat dels homes quedava engolida per la figura del líder: la dinàmica dominadors/dominats feia que trencar aquesta dinàmica no podia ser més que a través de la revolució. Una revolució imaginada per Marx, per construir una "societat correcta", pensaven que era la solució. Va quedar clar que no podíem determinar a priori com devia ser una "societat correcta". És més fàcil dir allò que no funciona, allò dolent, però no el que hauria de ser. Calia "treballar per perquè lo dolent desaparèixer finalment." (pàg.57-8)

En definitiva, l'antiga teoria crítica hi ha havia dos idees bàsiques: 1) Una societat que havia generat el feixisme i el nacionalsocialisme, que havia generat un sofriment terrible a la societat, calia transformar-la, i "nosaltres teníem esperança en la revolució, perquè en la guerra no ens atrevíem a pensar llavors." 2) Una societat correcta pot establir  la condició per un pensar vertader, "perquè no estaria condicionada per factors coactius de la societat dolenta."(pàg.58)


Horkheimer parla de Marx

 


Llegint l’article de Max Horkheimer, Marx, en la actualidad* (1968), t’ha adones dels canvis profunds en les nostres societats. Una de les conseqüències de la revolució neoliberal – Thatcherisme, Reagan-, és a dir, desregulacions generalitzades de l’economia seguint els postulats de les tesis segons les quals, la millor forma de regular el mercat és que sigui el mercat qui ho reguli, mentre l’Estat, externalitza totes les antigues funcions al mercat –educació, sanitat, transports, energia, etc.,- així com deixar la redistribució i transferències dels més rics els més pobres. Allò que va ser un contracte implícit desprès de la Segona Guerra Mundial, el capital no tindria que lluitar contra la revolució, almenys en els països capitalistes, aquesta contracte es va trencar cap a els anys 70-80 del segle passat. 

Les tesis marxistes no és van acomplir: la depauperació del proletariat no va tenir lloc, la revolució no va tindrà lloc a Occident, l’Estat del Benestar –socialdemocràcia-, era el garant d’aquesta opció per la estabilitat. Curiosament, els EEUU i el Regne Unit va estripar aquest contracte. La resta de països, a través de la construcció europea, va navegar cap a aquest horitzó, però hi havia inèrcies molt poderosos que feien que aquests canvis no fossin com els que volien portar els capdavanter en la lluita contra la socialdemocràcia.

La teoria marxista havia dit que el subjecte revolucionari era la classe treballadora. La consciencia de classe, que durant molt de temps, va existir, es va anant esvaint, a mesura que aquella classe pujava esglaons mitjançant la meritocràcia i les cobertures del Estat del benestar. L’existència del comunisme frenava les derives més ultraliberals. 

El desenvolupament econòmic, la concentració del capital i el canvi tecnològic semblaven que la nostres  societats, almenys a l'Occident, podía donar un salt qualitatiu en el desenvolupament humà. Per què no “la solidaridad de los seres humanos como seres finitos, amenazados por el dolor y la muerte, que quieren una vida más bella, más alegre y más larga, una solidaridad que finalmente pudiera extenderse a todas las criaturas”? (pág.53) Si tenim els mitjans per fer-ho, perquè seguim amb l’egoisme, el dolor i la mort (les guerres, la fam, la pobresa) per què vivim en un món on tanta gent malviu sense esperança ni horitzó? Quina mena de institució política podria portar a terme aquest desideràtum?

PD: La data del text, permet copsar fins a quin punt les esperances en un nou món van acabar sent sepultades per tones d'un capitalisme monopolístic sense precedents. Ajudats per les xarxes socials, a l'únic que podem aspirar avui, és a posar un like allà on volen que ho posis. Benvingut al desert del reial!


Frases que es converteixen en humor negre (I)

 



"(...), considérese el análisis que ofrece Adam Ulam del concepto de capitalismo de Marx: "No se puede condenar a un observador de aquel tiempo como Marx por su convencimiento de que el fanatismo industrial y el fariseísmo eran las características imborrables del capitalista. Que el capitalista se haría más humano, que cejaría en su incesante búsqueda de acumulación y expansión, no eran impresiones que pudiera preverse fácilmente en el clima social inglés de los años 180 y 1850*". 

Hi ha analistes que volen ser mesurats, parlant fins i tot de Marx!. Però dir que els capitalistes seran més humans, més assenyats, que  el capitalisme no busca l'acumulació ni l'expansió expressa meridianament el tarannà d'un experts que donen per finalitzar l'era de les ideologies. 

Hi ha dades accessibles a tothom que desmenteix de manera flagrant la bonhomia del capitalisme. L'any 1994, el home més ric del món tenia 226 mil milions de $. A la cinquena posició es trobava Bill Gates amb 8,2 mil milions de $. Al 2024, Elon Musk tenia 435 mil milions de $. En Bill Gates 128 mil milions de $.  La lògica del capital és precisament l'acumulació i la circulació de capital, generant en cada moviment més capital. Això està al Llibre I, de Marx.


Ortega i Gasset parla de Hegel i Amèrica (III)

 


"Si consideramos este espectáculo de las pasiones y fijamos nuestros ojos en las consecuencias históricas de su violencia, de la irreflexión que acompaña, no solo a ellas, sino también, y aún preferentemente, a los buenos propósitos y rectos fines; si consideramos el mal, la perversidad y la decadencia de los más florecientes imperios que el espíritu humano ha producido; si miramos a los individuos con la más honda piedad por su indecible miseria, hemos de acabar lamentando con dolor esta caducidad y —ya que esta decadencia no es solo obra de la naturaleza, sino de la voluntad humana— con dolor también moral, con la indignación del buen espíritu, si tal existe en nosotros. Sin exageración retórica, recopilando simplemente con exactitud las desgracias que han sufrido las creaciones nacionales y políticas y las virtudes privadas más excelsas o, por lo menos, la inocencia, podríamos pintar el cuadro más pavoroso y exaltar el sentimiento hasta el duelo más profundo e inconsolable, que ningún resultado compensador sería capaz de contrapesar. Para fortificarnos contra ese duelo o escapar de él, cabría pensar: así ha sido, es un sino, no se pueden cambiar las cosas. Y para olvidar el disgusto que esta dolorosa reflexión pudiera causarnos, nos refugiaríamos acaso en nuestro sentimiento vital, en el presente de nuestros fines e intereses, que exigen de nosotros no el duelo por lo pasado, sino la mayor actividad. También podríamos recluirnos en el egoísmo, que permanece en la playa tranquila, y contemplar seguros el lejano espectáculo de las confusas ruinas. Pero aun cuando consideremos la historia como el ara [altar] ante la cual han sido sacrificadas la dicha de los pueblos, la sabiduría de los Estados y la virtud de los individuos, siempre surge al pensamiento necesariamente la pregunta: ¿a quién, a qué fin último ha sido ofrecido este enorme sacrificio?*" (págs.100-1)


La descripció que fa Hegel de la historia no sembla massa optimista, de fet: 

"Suele aconsejarse a los gobernantes, a los políticos, a los pueblos, que vayan a la escuela de la experiencia en la historia. Pero lo que la experiencia y la historia enseñan es que jamás pueblo ni gobierno alguno han aprendido de la historia ni ha actuado según doctrinas sacadas de la historia." (pág.223)


S'ha fet un filosofema de Hegel la afirmació: "Lo que es racional, eso es efectivamente real; y lo que es efectivamente real, eso es racional**." Aquesta afirmació ha donat lloc a una hermenèutica que val tant per expressar una apologètica del present, però el text inicial, desmenteix aquesta visió, així com el fet que la historia funciona pel costat fosc, allò del treball de la negativitat, propi del pensament dialèctic.

El fet que la historia sigui catastròfica, Hegel albira la llibertat. Segons Hegel, el procés comença al antic Orient, on un sol home és lliure, l'autòcrata. A la antiga Grècia, en el segon estadi, alguns homes son lliures, perquè també hi ha esclaus que no ho son. Al món modern, s'estableix el següent estadi, on tots els homes son lliures, o " el home en quant home és lliure.***" Una fórmula que Marx no estarà gens d'acord. 

Cal preguntar-se si la llibertat s'albira a Amèrica. Hegel pensa que el sentiment de llibertat no apareix a les tribus indígenes, en canvi, si apareix amb els criolls, però la raó és que l'origen és europeu. Estableix una comparació on el sud surt malparada amb comparació els veïns del nord. Hegel veu els habitants de Nord-Amèrica obsessionats per el benefici en detriment d'una legalitat sense substància. En l'ordre polític, el caràcter federatiu i republicà, al parer de Hegel, els invalida per constituir un veritable Estat, ell està pensant en l'Estat prussià, per això pensa què Amèrica del Nord, encara li queda camí que recorre. Perquè "Norteamérica está todavía en el caso de roturar la tierra. Únicamente cuando, como en Europa, no pueden ya aumentarse a voluntad los agricultores, los habitantes, en vez de extenderse en busca de nuevos terrenos, tendrán que condensarse en la industria y en el tráfico urbano, formando un sistema compacto de sociedad civil, y llegarán a experimentar las necesidades de un Estado orgánico. Es, por tanto, imposible comparar los Estados norteamericanos con los países europeos; pues en Europa no existe semejante salida natural para la población. Si hubieran existido aún los bosques de Germania, no se habría producido la Revolución francesa. Norteamérica solo podrá ser comparada con Europa cuando el espacio inmenso que ofrece esté lleno y la sociedad se haya concentrado en sí misma*."(pág.253)

Ortega i Gasset fa una lectura interessant d'aquesta exposició de Hegel. Segons Ortega i Gasset, "la historia o espiritualización del Universo es función de la densidad de población. (...) Sometida a presión, la humanidad comienza a rezumar espiritualidad y la aventura propiamente histórica se inicia. Sólo ante dificultades en la vida "natural", cuya medida hallamos en la holgura de territorio, se dispara el proceso cultural". 

Per això, veu a Amèrica del Nord, immersa dins de la natura, l'espai encara ho governa tot i per això l'esperit no pot madurar. I malgrat això Ortega i Gasset fa algunes consideracions forçà interesants. Les contractarem en el següent capítol de la sèrie. 



Karl Marx (II): Materialismo histórico

 IV.- El Materialismo histórico.





El concepto, materialismo histórico se ha convertido en un filosofema canónico en el pensamiento marxista. Sin embargo, en la obra de Marx no hay un texto sistemático que hable de dicho concepto. Lo que hay es una rapsodia de textos que posteriormente fueron canonizados por Engels.  


 A diferencia de Hegel,Marx no entiende la historia como el despliegue de la Idea, sino como resultado de la interacción natural o material entre el ser humano y la naturaleza. No es idealista sino naturalista o materialista. El hombre como ser natural con necesidades naturales, tiene una simbiosis con su entorno.La historia hay que entenderla a partir de este planteamiento.  


El sujeto de la historia, por otra parte,será el hombre, pero no simplemente el individuo, sino el hombre social, los grupos humanos,las clases. "Toda la historia hasta nuestros días no es más que la historia de la lucha de clases".   


La "dialéctica del amo y el esclavo" de Hegel era una contradicción ideal que apuntaba a la idea de libertad como resultado y reconciliación de contrarios. Para Marx la lucha de clases será un conflicto real de intereses opuestos que brotan de los esfuerzos de unos y otros en la lucha por la vida. 


Marxistas posteriores calificaron la concepción filosófica de Marx como materialismo dialéctico,porque recogen algunas nociones hegelianas: que la historia forma un todo, una evolución unitaria, que es producto de la interacción entre individuos y sociedad; que todo está en movimiento, en constante transformación, que no hay regímenes políticos eternos; que la historia avanza a través de contradicciones. El mismo Marx decía que la dialéctica, en el pensamiento de Hegel, caminaba de cabeza abajo,y que él había hecho sostenerla sobre los pies. 


La concepción marxista de la historia se conoce con el nombre de materialismo histórico y su filosofía en general (que comprende reflexiones sobre las ciencias naturales) se conoce con el nombre de materialismo dialéctico. 


1. materialismo histórico.


La simbiosis hombre/naturaleza comienza en la esfera de la producción material o economía.Por esto la ciencia económica es la base de las ciencias sociales e históricas. 


Una sociedad vista desde el punto de vista económico,se puede caracterizar como un modo de producción, donde hay que distinguir fuerzas productivas (recursos, herramientas o máquinas, capacidad tecnológica y mano de obra humana) y relaciones de producción (las que se establecen entre los grupos humanos o clases sociales en su actividad productiva). Las relaciones de producción equivalen a "relaciones de propiedad" es decir, aquellas que regulan el acceso de los individuos a los recursos. 


Las fuerzas productivas incluyen: la mano de obra (con sus capacidades técnicas y científicas) y los medios de producción (que se subdividen en: medios de trabajos -herramientas o máquinas- y materias primas). 


Fuerzas productivas y relaciones de producción están íntimamente ligadas.Hay una correspondencia: "Al molino de agua le corresponde la sociedad feudal, mientras que a la máquina de vapor le corresponde la sociedad capitalista". Las que mandan son las fuerzas productivas;la inteligencia humana se aplica a mejorar las técnicas,de manera que las fuerzas productivas evolucionan. En etapas de estabilidad,las relaciones de producción se adaptan a las exigencias de las fuerzas productivas,pero llega un momento que las nuevas fuerzas de producción en expansión ya no corresponden a las viejas fuerzas de producción: se hace necesario el cambio. Entonces se abre "un período de revolución social" que substituirá las viejas relaciones de producción por unas nuevas, adecuadas al nivel alcanzado por las fuerzas productivas. 


Marx enumera los siguientes modos de producción a lo largo de la historia conocida: comunismo primitivo, despotismo asiático, esclavismo, feudalismo, capitalismo. Para Marx la historia evoluciona hacia un dominio creciente de la naturaleza por el hombre,y ha de desembocar en un dominio más alto del hombre sobre sus propias fuerzas (versión materialista de la Autoconciencia hegeliana). Este estadio superior de la historia será el comunismo:la sociedad sin clases. En vez del comunismo de la pobreza y la ignorancia, propias de unos seres atemorizados por unas fuerzas naturales que los superan,tendrán el comunismo de la abundancia,en una sociedad científica. La historia tendrá un sentido pero un sentido que podemos descubrir en el transcurso empíricamente verificable de la interacción hombre/naturaleza. 


Finalmente,¿ cómo interpreta Marx el papel de las ideas y de la cultura en la historia? Dice: "No es la consciencia de los hombres aquello que determina su ser, sino su ser social aquello que determina su conciencia". Utiliza una imagen arquitectónica: las relaciones materiales de los hombres entre ellos y con la naturaleza son la base sobre la cual se erige el conjunto de formas y expresiones ideales (ideas religiosas, artísticas, filosóficas, morales.y formas políticas y jurídicas) que constituyen la superestructura de la sociedad. La base -infraestructura- determinada o condiciona la superestructura: la Ilíada no se puede entender fuera de la primitiva sociedad aristocrática griega, ni el derecho romano fuera de la sociedad esclavista y mercantil del Imperio romano. Las formas culturales se suceden a lo largo de la historia al ritmo de la evolución de los modos de producción. 


Pero la relación base (infraestructura)-superestructura no es simple., implican un proceso dialéctico. La cultura y las ideas no son solamente un resultado, sino también un factor activo que puede influir sobre la base económica y modificarla: la relación es dialéctica. 


Es característico del hombre que su consciencia refleja su vida material. Pero ocurre que los hombres se equivocan o se engañan sobre lo que son y lo que hacen. Las sociedades divididas en clases provocan una falsa conciencia: el rico considera natural e inalienable el derecho de herencia que lo hace rico desde que nace; el hombre cree que el trabajo doméstico es propio de la mujer; el burgués cree que con el salario paga el estricto valor del trabajo del obrero, etc.No se trata de un engaño consciente, sino del hecho de que cada sociedad escindida no permite superar unos determinados horizontes de conciencia. (Por ello insiste que hay que juzgar a los hombres por lo que hacen,y no por lo que dicen o piensan que hacen).  


Félix Duque Pajuelo, filòsof (I)

 Breve autobiografía intelectual*





"La filosofía ha repetido de muchas maneras, incesantemente, que el individuo es lo desechable, el residuo de la lógica y la ley” (Filosofía para el fin de los tiempos). Sigo dándole vueltas a eso desde siempre (o al menos, desde mis tempranos escarceos con Hume, el “tragatórtolas”), de modo que mi quehacer de 40 años con la filosofía supone una indisoluble relación de amor-odio.  Amor, porque sin la asimilación (al principio indigesta) de los grandes sistemas filosóficos (enseño mis cartas: Platón, Aristóteles, Spinoza, Leibniz, Hume, Hegel, Nietzsche, Heidegger) me sería imposible pensar la vida a derechas (no por la derecha); es más, para tipos como yo, sería seguramente imposible la propia vida sin filosofía. Pero recuérdese el adagio escolástico: quidquid recipitur recipitur ad modum recipientis (1), y de ahí viene también mi peculiar “odio” a la filosofía: desde luego y sobre todo a la “grande”, incluyendo  a Nietzsche. Y ello, por lo dicho al inicio. Entiendo, por ejemplo, que el lenguaje sea más verdadero que lo sensible: pero eso no significa que lo entregado suo modo en lo sensible pueda ser desechado, sin más (claro, que Hegel me insinúa al punto en la oreja que, leyendo sus textos a contrapelo, se advierte como “eso” que está en lo sensible va resurgiendo y espesándose tácitamente hasta lo insoportable, según va ascendiendo el Espíritu en su supuesta marcha triunfal). Entiendo, también, que para salir como un basilisco del nihilismo sea necesario pasar por él: pero no a costa de “inflar” al ultrahombre hasta que la voluntad se combe en voluntad de voluntad (platonismo invertido, llamó a eso Heidegger). Y puedo entender, en fin, que hayamos pasado la “línea fronteriza” de la metafísica. Pero no veo por qué hayamos de esperar otro inicio ni un nuevo dios, en vez de aprender a vivir en la intemperie. Por esa mi desconfianza me ejercité –y sigo haciéndolo, a mi modo- en un proceder (que no “método”) al que llamó “desmantelamiento” de los textos. No se trata de “deconstruccionismo”, porque no creo en ningún “arché”, aunque esté sutilmente disimulado bajo la archiécriture y la différance; las ideas rectoras de un sistema, como los eventos en la historia, surgen de manera abrupta e imprevista (y en ambos casos, más de las tripas que de la cabeza), obligando en consecuencia post festum a remodelar los acontecimientos y sucesos transcritos en las narraciones anteriores (haciéndolos pasar luego subrepticiamente por “causas” del acontecimiento): no hay pues “origen” (tampoco, desde luego, desplazado u oculto en la escritura). Pero tampoco hay “compartimentos estancos”, a manera de Weltanschauungen, sino recomposiciones en función de una Idea-motriz (destilada, más o menos interesadamente, a partir del evento triunfante), lo cual hace que, como en los grandes movimientos tectónicos, autores tenidos por un “perro muerto” renazcan al calor de un evento y comiencen a engendrar interpretaciones impensadas (baste parar mientes en los presocráticos con Heidegger, en Spinoza con Jacobi y Hegel y luego con autores franceses contemporáneos, o en el Marx “lacaniano-leninista” de Zizek). Según esto, “desmantelar” un texto clásico significaría buscar las trazas -superpuestas y aun borrosas, como un palimpsesto- que las interpretaciones y los avatares sociopolíticos y científicos han dejado en él, desde el territorio actual de nuestros cambiantes prejuicios (reconozco cierta deuda al respecto con la “fusión de horizontes” gadameriana, pero sin hacerme la menor ilusión de que la serie de interpretaciones vayan a conseguir un Zuwachs an Sein (2)). Sólo que ahora empiezo a darme cuenta de que eso que yo llamaba “individuo” (mi querido “Yo”) está constituido-destituido también por las trazas que me han ido con-(des)figurando –al igual que pasa con los textos filosóficos-; de modo que eso que está al margen, de sobra, no soy “yo” (último refugio del sustancialismo), sino las trazas móviles mismas. A la acción de recoger y ensamblar en lo posible esos residuos de vida lo llamó la piedad del pensar. Y ello me obliga a replantearme también mis pesquisas en arte (buscando el “grado cero de la sensación”, siendo así que ese grado viene suscitado por el asco) y en política, como si bastara distribuir mejor las riquezas de una nación para que sus “habitantes” fueran felices; atención: no digo que no deba tenderse a ello; lo que digo es que la “felicidad” no va por ahí, o más bien que la filosofía no sirve para eso –no ha servido nunca, salvo que fuera ideología-, sino más bien para entristecer.**"



Hegel: Tenir un fill il·legítim (I)

  "Ella menysprera l'enteniment i la ciència, els dons suprems de l'home. Ella s'ha lliurat al diable i s'ha de perdre ...